Kiev. El Maidán de Kiev, que hace apenas unas horas contaba por decenas los muertos y por centenares los heridos en la jornada más violenta de la historia contemporánea de Ucrania, llora este viernes a sus héroes en un ambiente de apacibilidad que en nada recuerda la tragedia de ayer.

Luce un sol radiante en la capital ucraniana y muchos manifestantes -aún ataviados con cascos, bates de béisbol y barras de hierro- pasean o charlan tranquilamente en la plaza de la Independencia, conocida como el Maidán, y en las calles que ayer arrebataron a los antidisturbios.

Incluso en las barricadas de la calle Institútskaya, donde la policía repelía ayer con fusiles de asalto Kaláshnikov el avance de los manifestantes y los francotiradores disparaban desde lo alto del hotel Ucrania, reina este viernes la tranquilidad y el buen ánimo.

Tras dos enormes barricadas se levanta otra aún más alta, última línea de defensa de la plaza en ese flanco, donde las llamadas autodefensas del Maidán incluso bromean con los periodistas, aunque advierten que más allá de su posición siguen actuando algunos francotiradores.

"Disparan indiscriminadamente", dice un manifestante, mientras que otro se sorprende de que la noche haya sido muy tranquila.

Aunque las noticias políticas apuntaban a esas horas a un acuerdo para poner fin no sólo a la violencia sino a la crisis que vive Ucrania desde hace tres meses, en el Maidán se conforman con la retirada de los antidisturbios y de los "titushki", como se conoce a los provocadores profesionales supuestamente a sueldo de los oficialistas para organizar desórdenes e intimidar a los opositores.

"Los 'titushki' se han ido y la policía ha desbloqueado los accesos a Kiev. La ciudad ha sido liberada", dice Vasili, que, sin embargo, no cree que el conflicto esté a punto de terminar.

Los políticos llevan semanas hablando de negociaciones y de acuerdos, "pero Yanukóvich sigue donde está", se quejan al unísono los compañeros de Vasili.

"Ya es hora de volver a casa, pero parece que Yanukóvich tiene miedo de irse. Aquí la gente cree que alguien le da órdenes", afirma otro, insinuando que la mano negra de Moscú está detrás de las acciones del presidente.

En las barricadas de la calle Grushevski, otro de los accesos a la zona ocupada por los manifestantes, mucho más amplia que la propia plaza de la Independencia, los autodefensas impiden el paso a la ultima barricada a la gente que va sin casco.

"Todavía es peligroso. Tememos nuevas provocaciones", comenta Ígor, mientras a sus espaldas se puede ver una desierta cuesta que sube hacia el edificio de la Rada Suprema (Parlamento), donde siguen reunidos los diputados para buscar una salida definitiva a una crisis que ya pocos recuerdan cómo empezó.

Desde el Maidán ha marchado hasta aquí una columna de jóvenes perfectamente organizados y pertrechados, protegidos con cascos color caqui y armados sobre todo con bates de béisbol, que forman al grito de "¡firmes!" a dos metros de la barricada.

"¡Estamos aquí para evitar las provocaciones de los 'titushki'!", les ordena su comandante, apenas unos años mayor que estos chicos que en el mejor de los casos acaban de superar la adolescencia, y que tras darles la orden de dispersarse, les conmina a no correr para no exaltar los ánimos.

En el Maidán, a primera hora de la mañana y aún con el húmedo frío matutino del invierno kievano calando hasta los huesos, miles de personas atienden una misa por las decenas de personas -al menos 80 según datos oficiales- fallecidas en los violentos disturbios que empezaron el pasado martes.

Instantes después, los manifestantes cantan el himno de Ucrania, con gesto solemne, muchos de ellos con la mano derecha en el corazón.

Precisamente hoy se cumplen tres meses de protestas antigubernamentales, que estallaron el pasado 21 de noviembre tras la decisión del Gobierno ucraniano de suspender la firma de un Acuerdo de Asociación con la Unión Europea.