Guayaquil. Los que este jueves transitábamos a la hora de almuerzo por la Pedro Menéndez Gilbert, una de las vías principales que conducen al centro de Guayaquil, no dábamos crédito a las primeras noticias que llegaban de la paralización que ocurría en Quito.

Minutos antes, habíamos escuchado la sirena de la Policía Nacional y abrirse paso entre el tráfico al bus que habitualmente traslada a los presos desde la Penitenciaría del Litoral al Palacio de Justicia, donde concurren a sus respectivas audiencias. Nada que llamase la atención.

Pero poco a poco la ciudad fue enterándose de la insurrección policial que se estaba cuajando y las razones que la motivaban. La Ley de Servicio Civil, un burdo intento del Ejecutivo por rejuvenecer la democracia, les quitaba todos los beneficios por condecoraciones y ascensos, además de otras prebendas como canastas navideñas, juguetes y bonos especiales.

Eso fue lo que llevó al presidente Correa a reunirse en Quito con representantes de las policías, aunque con poco respeto a su investidura presidencial y descuidando el hecho de que recién había sido operado de la pierna, extremidad que le impedía movilizarse de buena manera. El presidente delegó en él mismo el ir a negociar con los enojados policías. Ahí vinieron los dimes y diretes, los gritos, las bombas lacrimógenas que se vieron en TV y un presidente que misteriosamente optó por ir al Hospital de la Policía, en vez de un hospital privado (el Metropolitano) que quedaba a dos cuadras del lugar de incidente.

El tema es que mientras muchos veían esas imágenes de TV, había otros que aprovecharon la ciudad sin resguardo policial. Cuando no habíamos llegado ni al mediodía empezaron los primeros reportes de asaltos en Guayaquil: al norte, la sucursal del Banco del Pichincha en el Mall del Sol; el Banco Bolivariano del centro comercial Unicentro; el Banco del Pacífico del Mall del Sur, y en el barrio de Urdesa otros dos bancos habían sido “visitados” también por los delincuentes.

En las afueras de la ciudad, en la Isla Trinitaria de la vía Perimetral, las noticias de saqueos alarmaban más a la población. Almacenes (locales de retail) de electrodomésticos como Jaher y La Ganga, así como las farmacias Cruz Azul y Sana Sana, eran blancos de los ladrones.

Y no sólo de ellos. Obreros, funcionarios, madres embarazadas y padres de familia, inclusive con sus hijos, se mezclaron con los delincuentes para llevarse hasta las góndolas de los locales y hasta romper con combos el cajero automático de uno de ellos.

En toda la ciudad, los llamados “cierre puertas”, comunes en las festividades de Navidad y Año Nuevo, no se hicieron esperar por parte de los propietarios de locales que trataban de protegerse de turbas que querían llevarse todo cuanto encontraban a su paso.

Carros estacionados en las afueras de los edificios fueron destrozados por grupos de diez a 20 delincuentes que rompían parabrisas para desmantelar los vehículos. Se escuchaban gritos de personas asaltadas en las calles, quienes se defendían como podían, pero difícilmente podían ser socorridas ante la ausencia de los uniformados.

Mientras gran cantidad de empresas daban la orden a su personal de retirarse a sus casas, en el interior de los bancos la decisión fue suspender el servicio de carros blindados y transacciones interbancarias. Nadie sabía qué podía pasar. El país estaba en caos.

El presidente de la República, secuestrado en el hospital policial en Quito, intentaba un diálogo infructuoso con los manifestantes, mientras la delincuencia ganaba terreno. Solo fue en horas de la tarde que un pronunciamiento del Jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, Ernesto González, anunciando el respaldo al régimen y la salida de los militares a las calles, retornó la tranquilidad a un país paralizado.

La salida victoriosa del presidente de la República, rescatado de manos de los uniformados, anunciaba el fin de la sublevación y reafirmaba el régimen democrático.

Este viernes se ven algunos policías en las calles, combinados con miembros del ejército cuidando la seguridad, en una ciudad que avanza a medias. Es cierto: Guayaquil volvió al trabajo. Pero el corto alzamiento (duró menos de 12 horas) y el caos generado por un día en la ciudad sin policías, nos recuerdan que la normalidad es un producto complejo del entramado social ecuatoriano. Su mantención es un bien al que todos debemos colaborar.