En estos días -cada vez con mayor insistencia- son muchos los dirigentes políticos que reiteran la imperiosa necesidad de contar con un gobierno universal, especialmente Barak Obama, algunos de los integrantes de su gabinete, como el ex vicepresidente estadounidense Al Gore, varios de los miembros de la Naciones Unidas y de otros organismos internacionales financiados con recursos detraídos coactivamente de los bolsillos de la gente.

Desde la perspectiva del liberalismo clásico, los gobiernos deben fraccionarse para atenuar y mitigar el poder. En esta línea de pensamiento, un gobierno universal representa el mayor de los peligros debido a la concentración de poder que esto implica. Esta es la razón central que esgrime esta corriente intelectual para la existencia de múltiples naciones que, a su vez, se dividen en provincias y, nuevamente se subdividen, en municipios.

En el caso de un gobierno universal no hay defensas frente al abuso del poder. Con todas las complicaciones del momento, la competencia que de hecho se presenta entre las diversas naciones se traduce en alguna escapatoria para las personas y sus propiedades y, asimismo, alguna posibilidad de comparación.

De lo dicho para nada se sigue que debamos tomarnos las fronteras como alambrados y cercos infranqueables. Muy por el contrario, la única misión de las fronteras es el referido reaseguro para las libertades individuales, puesto que se trata de artificios que en ningún caso deben bloquear el movimiento de personas ni el comercio libre.

Nada hay más repugnante que expresiones como “el ser nacional” y otros adefesios conceptuales, y nada más atractivo como la idea de “ciudadanos del mundo”. Los patrioterismos xenófobos constituyen probablemente la bazofia más hedionda de cuantas existen, pero de allí a eliminar las vallas de contención que implica el fraccionamiento del poder, hay un salto lógico inadmisible.

Los megalómanos de siempre están al acecho para encontrar una vía más efectiva para la expansión del Leviatán, y así clavar sus venenosas garras en la carne de los sufridos gobernados, y para ello nada más expeditivo y contundente como la idea de un gobierno universal, en cuyo contexto las personas no tienen escapatoria a las redadas feroces del monopolio de la fuerza instalado con carácter planetario.

En ese supuesto ya no habría que lidiar con comparaciones antipáticas entre signos monetarios de diverso origen, ni con fugas de capitales ni con expatriaciones que revelan disgustos con sus países de origen. En el supuesto del gobierno universal, la sombra tenebrosa y macabra de un monstruo gubernamental abarcaría y abrazaría cual oso hambriento todos los recovecos imaginables.

En el supuesto del gobierno universal se allanaría el camino para la expropiación a los ciudadanos de New York, para entregarles graciosamente el fruto del trabajo ajeno a los ciudadanos de Uganda y así sucesivamente. En ese supuesto, la kleptocracia planetaria disfrazada de democracia permitiría con más facilidad atropellos brutales a los derechos de las minorías. En ese supuesto, los burócratas consolidarían sus fechorías y se reservarían los mejores lugares del mundo para vivir fastuosamente sin que los corra pedidos de extraditación por parte de otros gobiernos. Como ha reiterado Edmund Burke, “The greater the power, the more dangerous the abuse”.

En este supuesto, se habrá eliminado de cuajo el único sentido de las fronteras, puesto que como ha puntualizado Aldus Huxley, no hay otro modo de definir a las naciones. En este sentido, escribe Huxley en La situación humana que “Ahora nos corresponde considerar brevemente esa pregunta ¿cómo se define un país? […] No podemos decir que un país sea una población que ocupa un área geográfica determinada, porque se dan casos de países que ocupan áreas vastamente separadas […] No podemos decir que un país está necesariamente relacionado con una sola lengua, porque hay muchos países en que la gente habla muchas lenguas […] Tenemos la definición de un país como algo compuesto de una sola estirpe racial, pero es harto evidente que esto resulta inadecuado; aun si pasamos por alto el hecho de que nadie conoce exactamente que es una raza […] Por último, la única definición que la antigua Liga de Naciones pudo encontrar para una nación (supongo que la misma ha sido ahora adoptada por las Naciones Unidas), era que una nación es una sociedad que posee los medios para hacer la guerra”.

Sin duda que el nacionalismo constituye un peligro superlativo -una vez escribí un largo ensayo titulado “Nacionalismo: cultura de la incultura” que se publicó en una revista académica chilena (Estudios Públicos)-, pero la eliminación de naciones para establecer un gobierno universal significaría el fin de las libertades individuales y la entronización de la tiranía planetaria con que sueñan los sicarios del poder ilimitado.

Esta columna fue publicada anteriormente por el centro de estudios públicos ElCato.org.