Gaza. Tras diez días de guerra, Samira, una joven madre palestina de mirada esquiva, escucha por fin un ruido que no le asusta: el camión del reparto de agua desalinizada entra en la calle sin asfaltar en la que vive con su marido y su hija y en menos de una hora podrá fregar los platos de la pila y lavar algo de ropa.

La tregua humanitaria permite rellenar el tanque negro en el techo en el que caben mil litros de agua y otro más pequeño con 250 para beber y que está colocado sobre dos bloques de cemento en el salón, junto al generador que proporciona la electricidad durante las 16 horas diarias de corte.

"Son 25 shekels (5 euros) y nos da para unos cuatro días. Ahora podremos tener un poco de vida normal", explica Samira a Efe sobre un bien común que los gazaties han aprendido a racionar hasta el extremo, sobre todo en tiempos de guerra.

Normalidad es un término diferente en la Franja, asediada por el Ejército israelí, bloqueada por el Gobierno egipcio y rehén de la retórica bélica y la inoperante gestión del movimiento islamista Hamas, donde cuatro de cada cinco personas viven bajo el umbral de la pobreza.

Normalidad significa obtener agua corriente de ínfima calidad una hora cada dos días, y además de la factura del Gobierno, tener que pagar por servicios como los que proporciona Mohamad, el dueño del camión cisterna que hoy volvió a las calles tras diez días encerrado por miedo a cohetes y misiles.

Con las fronteras selladas, encerrados por tierra, mar y aire por los intereses políticos de Egipto e Israel, a los gazatíes solo les quedan dos opciones: luchar contra los elementos y la miseria o echarse en brazos de Hamás y de su milicia armada.

Según datos de la Cruz Roja Internacional, la semana y media de bombardeos israelíes sobre la Franja han agravado una situación que ya estaba clasificada como de catástrofe humanitaria antes de que arrancara la ofensiva.

Los bombardeos israelíes no solo han destruido casas particulares y edificios públicos, si no también infraestructuras vitales como el alcantarillado y las escasas instalaciones de tratamiento de aguas residuales.

Junto a los miles de kilos de basura que se acumulan en las calles, los gazatíes deben eludir además decenas de riachuelos de agua hedionda que corren junto a las aceras en dirección al mar, o se estancan en los miles de socavones.

"Los misiles israelíes han dañado muchos de los pozos, bombas de aguas residuales y líneas de suministro de agua. Los equipos de técnicos y trabajadores no pueden llegar hasta las zonas afectadas, en su mayoría próximas a la frontera con el país", explicó a Efe el director de la Autoridad de Aguas en Gaza, Monzer Shublaq.

Algunos lo intentaron hoy, pero el estrecho margen de alto el fuego apenas si daba para evaluar de forma rápida la situación allí y tratar de buscar soluciones inmediatas para un problema enquistado por el asedio israelí y la deficiente gestión local.

Soluciones que, como la decisión de desviar el flujo de las depuradoras estropeadas al mar, solo hacen que agravar los desafíos futuros.

De acuerdo con un informe de la ONU, de seguir así la situación, Gaza será un lugar inhabitable en 2020. Sus acuíferos freáticos estarán exhaustos y su costa envenenada esparcirá la contaminación a sus vecinos, Israel y Egipto.

Pero normalidad también significa los altos índices de paro y clientelismo asociado a una situación de asedio y bloqueo que apenas deja espacio para la esperanza, y se torna en uno de los principales nutrientes del extremismo.

Con las fronteras selladas, encerrados por tierra, mar y aire por los intereses políticos de Egipto e Israel, a los gazatíes solo les quedan dos opciones: luchar contra los elementos y la miseria o echarse en brazos de Hamás y de su milicia armada.

Para quienes optan por lo segundo, la fidelidad y la implicación son un salvoconducto que facilita el acceso al trabajo y a las ayudas que generosamente entregaba el anterior gobierno de Ismail Haniye.

"Gaza no tiene solución, estamos atrapados", argumentaba esta mañana a Efe Rafiq, un funcionario que como otros miles de gazatíes se abalanzó hoy a los cajeros automáticos para tratar de lograr algo de dinero con el que poder almacenar agua, alimentos y gasolina.

Alejado de la masa, exhausto con su botín, se sienta en una sombra, mira hacia los lados y al fin susurra: "No podemos salir por ningún sitio. Y dentro estamos esposados. A todos les interesa que vivamos como animales enjaulados", explica.

Y de su palabras queda la sensación de que más allá de la miseria y de la crisis humanitaria perpetua, Gaza en verdad asemeja una gran cárcel, pero con varios y variados carceleros.