El enojo que generó en la Casa Rosada el exabrupto del presidente uruguayo, José Mujica, por referirse a la presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, como “vieja” y “terca”, y al fallecido ex presidente Néstor Kirchner como “tuerto”, se ve reflejada más en el plano político y verbal que en acciones concretas que puedan afectar a Uruguay.

Es que ya nada que venga del otro lado del río puede complicar más de lo que ya complica la gestión del kirchnerismo.

La reacción argentina en este caso fue en el plano discursivo. Convocó al embajador uruguayo en Buenos Aires, Guillermo Pomi, para entregarle una nota de protesta. Allí, el canciller Héctor Timerman transmitió su “profundo malestar” y consideró los comentarios de Mujica como “inaceptables” y “denigrantes”. Fue duro, pero aseguró que Cristina no respondería y dejó claro que las “históricas relaciones” no “deberían ser afectadas”. Según publicó este viernes el diario La República, la redacción del comunicado fue corregido por la presidenta argentina. Timerman habría propuesto una respuesta mucho más radical, pero la mandataria se encargó personalmente de matizar la réplica.

El gobierno uruguayo ha tenido que acomodar el cuerpo desde el comienzo para poder mitigar el impacto de las decisiones tomadas por Buenos Aires. Pasó con el dragado del canal Martín García, con el monitoreo conjunto de la pastera de UPM (ex Botnia) en Fray Bentos, con el proteccionismo a las exportaciones y las medidas hacia el turismo, y pasó también cuando Uruguay quiso instalar una planta regasificadora.

En todos esos temas claves, el gobierno argentino puso palos en la rueda. Pero Mujica se tragó varios sapos. Toleró berrinches y represalias. En algunos casos, como en la obra para procesar gas en las costas de Montevideo, el presidente uruguayo decidió tomar un camino despegado de Argentina, que en última instancia le conviene más al país.

En otros cruces, sin embargo, sí estuvo en juego el interés comercial del país. Sucedió, por ejemplo, cuando la tensión en torno al dragado del canal Martín García estuvo a tope. Allí, ambas cancillerías intercambiaron notas diplomáticas con duros términos, reproches y amenazas de venganza. En ese momento, Argentina salió a trancar con la excusa de la denuncia de pedido de coima al entonces embajador uruguayo en Buenos Aires, Francisco Bustillo. Según había denunciado por escrito el funcionario al ministro Luis Almagro, un tercero en Argentina le dio a entender en un encuentro privado que una de las empresas dispuestas a dragar el canal Martín García ofrecería un soborno de US$ 1 millón a cambio de ser elegida.

Bustillo no dio lugar al ofrecimiento, pero enteró al gobierno uruguayo del episodio, que hasta mucho tiempo después quedó oculto. Una vez que fue público, se convirtió en excusa para que Argentina pusiera más y más palos en la rueda.

Hubo una semana en julio de 2012, en la que día tras día las cancillerías de Almagro y Timerman cruzaban comunicados. Del lado argentino se leían redacciones típicas del kirchnerismo, en tono de amenaza y desde una postura de víctima.

Uruguay, como parte débil del asunto, prefirió en el momento más caliente bajar la pelota. Fue así que, sabiendo que peor no se podía estar, eligió el camino del silencio.

El canal Martín García no es un mero capricho para Uruguay. Significa la posibilidad de que los barcos salgan cargados a tope con los productos a exportar desde el puerto de Montevideo o Colonia. Argentina, en cambio, corre con la ventaja de tener hacia sus costas el canal Mitre, que soporta un calado más profundo que el Martín García y, por lo tanto, permite a los barcos que salen de Buenos Aires ir hacia destinos del mundo con la bodega llena de productos.

En el tema del turismo es también sensible. A Uruguay poco le puede importar que Cristina le ponga cara fea o lo insulte, si en cambio no le pone trabas para que los argentinos puedan cruzar el charco para hacer playa en Punta del Este. Las entradas por el turismo son parte crucial de los ingresos genuinos del país, y con las medidas proteccionistas que no discriminan al vecino, Uruguay se perjudica. Así lo muestran los números de la última temporada, donde se notó una baja en la llegada de argentinos.

Habría más ejemplos para citar. La agenda bilateral presenta aun más temas en la lista de los pendientes, porque la política del abrazo de Mujica cuenta en el balance con más desencuentros que puntos a favor.