El presentador y comentarista televisivo Fernando Mitre lo sintetizó apenas se supo la noticia: “Es el mayor comunicador de nuestros políticos, amenazado allí donde está su instrumento fundamental, la voz, el soporte de su carisma”.

Y que esa voz campechana, que dosifica humor, sabiduría popular y pragmatismo, ha sido durante los últimos ocho años la principal mediadora al interior de la clase política brasileña. Especialmente a la hora de nombrar cargos y zanjar candidaturas, calmando las distintas sensibilidades del oficialismo y sus aliados. Un rol que desde el principio de su mandato la presidenta Dilma Rousseff se ha negado a asumir. No es su carácter ni su estilo.

En 2012 habrá elecciones para renovar los 5.567 municipios del país y ya hay inquietud por la negociación de las candidaturas para las plazas más emblemáticas. Un ejemplo: antes de enfermar, Lula había logrado ordenar al oficialismo por la apetecida alcaldía de São Paulo, bajando las ambiciones de Marta Suplicy (que fue alcaldesa en 2005 y ha perdido en dos ocasiones) y perfilar al ministro de Educación Fernando Haddad. “Creemos que cualquiera con el poder político y la influencia de él intentaría abortar peleas previas y reivindicar para sí las decisiones. Es una actitud normal, y creemos que la retomará apenas termine su tratamiento”, dice Paulo Teixeira, líder petista en la Cámara de Diputados.

Sin Lula como árbitro, el partido de gobierno está recibiendo golpes de todos lados. En ciudades importantes como Belo Horizonte o Recife las costuras de Lula están cediendo y hay señales de rebeldía en aliados. “Lula siempre buscó la unidad y creo que el desafío ahora es encontrarla”, dice André Vargas, secretario de comunicación del PR (centroderechista aliado al PT). Para él bastaría “con un gesto de apoyo” del ex mandatario.

Lula sigue recibiendo visitas y operando tras bambalinas.

El ex presidente resolvía conflictos con su verbosidad y unas cuantas promesas. En el PT no hay nadie con esa capacidad, como reconocen al interior del partido. Por ello hay quienes piden revivir el mecanismo de decisiones colegiadas que aplicó el partido mientras estuvo en la oposición y durante la exitosa campaña de 2002. Lo integraban, entre otros, el entonces presidente del partido José Dirceu y Antonio Palocci, ministro de la casa civil hasta hace pocos meses. Pero ambos cayeron en desgracia por escándalos de corrupción.

En Venezuela el cáncer (aparentemente mucho más grave) de Hugo Chávez tiene en ascuas a partidarios y detractores. En Brasil la situación no llega a tanto, pero complica al oficialismo en un año de decisiones complejas como las que podría requerir la evolución de la crisis financiera internacional. Las últimas cifras divulgadas por el IBGE ratifican que la economía se viene desacelerando durante los últimos meses. El crecimiento económico acumulado a 12 meses en octubre es de 3,7%, mientras que en los primeros nueve de 2011 cae a 3,2% y a cero en el tercer trimestre del año.

Podría ser un contexto interesante para hacer algo que en ningún país resulta fácil: pasar del personalismo a formas más institucionales de renovación de liderazgos y ofertas políticas. Uno de los pocos ejemplos recientes en América Latina fue la coalición centroizquierdista que gobernó Chile entre 1990 y 2010. En cada elección presidencial sus cuadros supieron cambiar de rostro y adaptarse a los cambios en la percepción. El Frente Amplio uruguayo podría ir por ese camino.

Tal vez exageran los petistas en sus aprensiones. Lula estará convaleciente pero no inactivo. Desde que comenzó su tratamiento sigue recibiendo visitas de políticos de distintos partidos, manteniendo conversaciones sobre alianzas y posteando informaciones en su sitio web acerca de su estado de salud. De su recuperación depende la supervivencia de ministros y funcionarios apadrinados por él durante los últimos años. “Contamos con el regreso de Lula al escenario después de carnaval”, dice Enrique Eduardo Alves, líder del PMDB en la Cámara. “Estamos optimistas de que volverá a actuar plenamente”.

Alves es un ejemplo de aquellos que necesitan de los oficios del ex presidente. Sin ellos el PT podría privarlo de la presidencia de la Cámara en 2013. Allí el bloque parlamentario “lulista” suma 311 de los 513 diputados, pero repartidos en un conjunto heterogéneo de 10 partidos, incluyendo el centroderechista Partido da República y al Partido Comunista de Brasil. Otros 48 escaños corresponden a partidos “lulistas” fuera de la coalición.

Para el comentarista político Paulo Vannucchi, el problema radica en que los sucesivos gobiernos democráticos desde 1985 han institucionalizado la práctica de repartir ministerios para asegurar sus mayorías parlamentarias. Y muchos partidos son en realidad alianzas de intereses locales. Por ejemplo el Partido de la República (PR), que tiene senadores como Blairo Maggi, el rey de la soja, el líder evangélico Magno Malta (que pasó por cuatro partidos antes de aterrizar en el PL) y entre sus diputados al payaso Tiririca,

Tiririca es un ejemplo de los vicios del sistema electoral. Sacó 1,3 millón de votos de los 30 millones que sufraga São Paulo: suficientes para llevar al Parlamento a dos compañeros de lista tan pintorescos como él. Para The Economist, el sistema electoral brasileño es una “rareza global”: se trata un sistema de lista abierta donde cualquier candidato que pase de cierto “cociente electoral” (total de votos emitidos dividido por número de cargos a elegir) verá este excedente de votos repartirse entre sus compañeros de lista. Lo bueno es que la representación de los partidos refleja mejor su caudal electoral. Lo malo es la presencia de los “jaladores” (puxadores) de votos como Tiririca.

Hacia 2014. Las municipales del próximo año son vistas como un adelanto del tablero político con miras a las presidenciales. En las anteriores de 2008 el PT sacó 16,5 millones de votos, prácticamente los mismos que obtuvo en las parlamentarias de 2010. ¿Cómo podría Dilma ordenar la carrera presidencial dentro del oficialismo si ni siquiera se inmiscuye en las candidaturas a alcalde? Si la salud de Lula empeora, será un tema.

Eso explicaría que ya se estén posicionando políticos como Ciro Gomes o Eduardo Campos, ambos del Partido Socialista (PSB). Campos fue ministro de Ciencia y Tecnología durante el gobierno de Lula y, como si fuera poco, logró que su madre fuese elegida por la Cámara como ministra del Tribunal de Cuentas de la Unión.

En la oposición el nuevo escenario también ha acelerado las cosas. “En este momento estamos trabajando para fortalecer al partido en los municipios”, dice Aécio Neves, senador del PSDB. Desde noviembre Neves está recorriendo el país para “coordinar”, aunque lo que más se habla en sus reuniones con los caciques locales es de su propia candidatura a las presidenciales. Cuenta con el apoyo de la plana mayor para cerrar de una vez la página de José Serra.

Falta ver lo que hará el todavía poderoso PMDB, el partido centrista que transitó desde la administración de Fernando Henrique Cardoso a la de Lula, ministerios mediante.