Asunción. En entrevista con el diario ABC, el escritor y premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa analizó el escenario político de Paraguay. “La disyuntiva no es entre izquierda y derecha, sino entre libertad y autoritarismo. ¿Queremos un continente libre o un contintente totalitario?”

.–A usted se lo cataloga como un hombre de derecha, pero “El sueño del celta” es un libro de denuncia de la explotación colonialista

–Bueno, mire, cuando oigo descripciones de ese tipo, parece que la izquierda tuviera el monopolio de la sensibilidad social, del sentido de la justicia, de la libertad, y desde luego eso no es así. Hay mucha gente de centro y de derecha que tiene la misma y más emoción social, el mismo o mayor rechazo de la injusticia o la brutalidad.

–Pero, de alguna manera, no cuadra con la imagen que mucha gente de izquierda proyecta de usted.
–Yo creo que la violencia que se describe en el libro no está descripta de una manera ideológica, sino moral. Los crímenes terribles que se cometieron tanto en el Congo como en la Amazonía durante la época del caucho fueron crímenes contra la humanidad, fueron derechos humanos violentados, pisoteados, fundamentalmente por una razón de lucro, pero básicamente porque no había ningún tipo de freno o control, lo cual garantizaba la impunidad absoluta para los asesinos, los torturadores, los explotadores, y creo que esa es la gran lección de los informes del señor Casement, que yo creo marcan realmente una época, una frontera, en la historia de la defensa de los derechos humanos.

–¿Tanto así?
–Yo creo que él fue uno de los primeros europeos que se atrevió realmente a combatir la idea de que la colonización era el instrumento de la civilización, de la prosperidad, de la modernización de los pueblos primitivos. El fue el primero en denunciar los horrores que acompañaron el colonialismo. Las cosas han cambiado desde entonces, por supuesto, pero cuando él hizo esa campaña era un solitario luchando contra fuerzas poderosísimas y contra una cultura que justificaba la colonización y que no quería ver lo que había detrás de esa imagen completamente ficticia, artificial, de lo que la colonización significaba.

–Las cosas han cambiado, pero a veces pareciera que no demasiado.

–Muchos de esos problemas que la novela describe son por desgracia muy actuales. Todavía hay unas formas de colonización en nuestro tiempo que provocan grandes tragedias. Buena parte de los problemas que vive el Africa, no solo el Congo, viene de la época de la colonización, que destruyó de tal manera las instituciones, la cultura de las unidades étnicas, y creó tal caos, tal anarquía, que nunca ha podido el Africa del todo salir de ese estado. Por lo tanto, sí, esa problemática no es una problemática histórica, es una problemática de gran actualidad. Los nacionalismos siguen haciendo estragos en el mundo, y ese es un problema que vivió el personaje de la novela desde adentro. Así que, aunque la novela tiene, digamos, un material histórico, yo creo que es una novela que tiene que ver mucho más con la actualidad que con el pasado.

–Volviendo a la primera pregunta, ¿se considera usted de derecha? ¿Cuál es realmente la posición política de Mario Vargas Llosa?

–Yo soy un liberal, alguien que cree en la libertad, cree que la libertad es indivisible, cree que la libertad en el campo político significa democracia, en el campo económico significa políticas de mercado; en el campo intelectual, literario, periodístico, significa libertad irrestricta para expresar lo que uno cree, lo que uno defiende, y también para criticar lo que le parece que debe ser criticado. Eso es lo que yo soy. Ahora, las etiquetas, pues bien, que las pongan quienes les gustan las etiquetas. La verdad, yo prefiero las ideas a las etiquetas.

–El debate que renace en América Latina, ¿es izquierda versus derecha o libertad versus autoritarismo?

–Yo creo que esa es la gran disyuntiva. Más que izquierda y derecha, es: ¿vamos a ser un continente de países libres o vamos a ser un continente de países autoritarios, totalitarios? ¿Vamos a tener un futuro de libertad o un futuro de dictaduras como las que hemos tenido en el pasado? Yo creo que esa es la gran disyuntiva y eso es lo que realmente hoy día divide a los latinoamericanos.

–Nos olvidamos rápido, nunca aprendemos la lección.

–Hay gente de derecha y gente de izquierda que está por la libertad, y hay mucha gente de derecha y de izquierda que está por la dictadura, que quiere dictadura. Creo que ese es el combate fundamental, y la lucha por la democracia a mí me parece absolutamente indispensable, porque si no tenemos ese marco de legalidad, de libertad, entonces todo lo que hagamos por el desarrollo tendrá pies de plomo, podrá desmoronarse como se ha desmoronado tantas veces el avance de la modernidad en América Latina.

–¿Qué se terminará imponiendo?

–Soy más optimista que pesimista. Creo que los modelos autoritarios han fracasado de una manera tan absolutamente garrafal que no pueden despertar ningún tipo de entusiasmo, salvo en grupos muy limitados de fanáticos. ¿Quién quiere para su país una Cuba, un país con 53 años sin libertad, que se está muriendo de hambre, donde el fracaso de las economías dirigistas, estatistas es tan flagrante?

–¿Y la Venezuela de Chávez?

–Venezuela, con los recursos petroleros que tiene, debería tener unos niveles de vida altísimos y, sin embargo, es una economía prácticamente en proceso de descomposición, con la inflación más alta de América Latina, una corrupción generalizada, un empobrecimiento del país verdaderamente catastrófico. Entonces, esos modelos yo creo que están dando las últimas boqueadas, que no tienen realmente futuro. Aunque haya cuatro o cinco países que más o menos se orienten en esa dirección, son muchos más los países abiertos, que tienen hoy día democracias, algunas más imperfectas, pero eso es normal, viniendo de donde venimos nosotros, sin mucha experiencia democrática. Pero creo que, toda vez que se deje elegir, hay un instinto que guía más a favor de la libertad que del autoritarismo.

–¿Cómo fue su ruptura con Castro?

–Bueno, fue un proceso, no fue un acto único, fue un proceso a partir de los años sesenta. Después de haber defendido mucho la revolución cubana, empecé a ver cosas que no eran aceptables, sobre todo a mediados de la década del sesenta. La creación, por ejemplo, de las UMAP, las Unidades de Movilización de Apoyo a la Producción, que eran un eufemismo para campos de concentración, donde fueron disidentes, criminales comunes y también homosexuales. Fue la gran persecución contra los homosexuales. Ahora ha dicho Fidel que aquello fue un gran error, pero claro, ¡qué fácil 50 años después reconocer errores!

–Y sin consecuencias posibles.

–Esa fue una medida de una gran brutalidad contra los derechos humanos. Desde entonces yo comencé a adoptar actitudes críticas, que se fueron, digamos, agravando a medida también que el mundo entero descubría el gran fracaso del socialismo con el testimonio de los disidentes de la Unión Soviética, de los países de Europa Oriental, hasta que, bueno, pues, el comunismo por putrefacción interna, diríamos, se desplomó, se acabó la Unión Soviética, China Popular se convirtió en un país capitalista, autoritario, pero capitalista, y en cierta forma el comunismo se extinguió, salvo pequeños países totalmente anacrónicos.

–¿No ve usted una revitalización del marxismo en América Latina?

–No, yo no lo veo. Si usted mira el mundo, el comunismo ya no es popular en absoluto. Quedan focos, quedan núcleos, es verdad que quedan sí en América Latina, pero es un anacronismo total. Quedan dos países comunistas en el mundo, Cuba y Corea del Norte, que pertenecen más a la arqueología política que a la realidad de nuestro tiempo.

–La izquierda se ha ido renovando también.

–Es verdad, hay una izquierda que va saliendo de los viejos dogmas, es un fenómeno muy interesante y muy importante. En América Latina hay una izquierda democrática, como la hemos visto en Chile, en la concertación; la vemos actualmente en el Brasil, en Uruguay; es una izquierda que ha evolucionado, que cree en la democracia política y en la economía de mercado.

–Antes eso era irreconciliable.

–La economía de mercado era la bestia negra de la izquierda antes. Querían estatización, un estado fuerte, intervencionista. Han comprendido que ese es el camino de la catástrofe económica, del empobrecimiento de los pueblos. Ahora aceptan la economía de mercado, aceptan la propiedad privada, aceptan la empresa privada. ¡Bueno, pues, en buena hora! Necesitamos izquierdas modernas si queremos progresar, así como necesitamos derechas modernas y democráticas.

–Al mismo tiempo, Chávez trata de expandir su “socialismo del siglo XXI”.

–Claro, claro. Chávez es el gran desestabilizador de la democracia en América Latina, sin ninguna duda; en eso gasta sumas extraordinarias. Pero, ¿cuál es el efecto? Si uno ve países como Bolivia, Ecuador, Nicaragua, que están dentro de la órbita de Chávez, ¿cuál es el estado de esos países? Catastrófico. Ahí vemos a Evo Morales en Bolivia. Los campesinos y los obreros, que se suponía eran su fuerza, hoy día le hacen huelgas, le hacen tomas, el gobierno está totalmente acorralado. ¿Por qué? Por el fracaso espectacular de sus políticas económicas, que han empobrecido a Bolivia. Toda la retórica con la que él justificaba su modelo ha fracasado estrepitosamente y ahora Bolivia es más pobre y está más crispada socialmente.

–¿Y Ecuador?

–El caso del Ecuador también es patético. ¿Cuál es la punta de lanza contra Correa? Los movimientos indígenas, que fueron su punta de lanza para llegar al poder. Hoy lo consideran un traidor, consideran que sus políticas van contra los intereses de los indígenas, y estamos hablando de políticas estatistas, populistas, que han tenido consecuencias económicas desastrosas para el Ecuador. Entonces, no digo que no haya populismo en América Latina y un izquierdismo completamente sectario y anacrónico; sí los hay. Pero, los resultados, ¿cuáles son? Los países que van bien en nuestro continente claramente son los que tienen democracia política y economía de mercado. Chile, que es el país que ha venido avanzado como una locomotora hacia el Primer Mundo, tiene eso: una democracia que funciona de manera cada vez más eficiente, con alternancia en el poder entre izquierda y derecha, una izquierda y una derecha igualmente democráticas, y una economía de mercado muy avanzada, muy liberal.

–Pero siguen surgiendo liderazgos que tienen cierta tentación de ir hacia el modelo Chávez. Por ejemplo, Ollanta Humala, que ganó la primera vuelta en el Perú, y puede ser también el caso de Lugo en Paraguay.

–Pues mi esperanza es que también esos sectores políticos se aparten del sectarismo que impide ver la realidad y sigan el modelo de las izquierdas modernas que hay hoy en día en América Latina, que son izquierdas democráticas y yo me atrevería hasta a llamarlas liberales en el campo económico. Eso sí está funcionando y está dando muy buenos resultados. Si esos políticos son pragmáticos, si no son dogmáticos, si no son tan incultos como para no ser capaces de entender las lecciones de la realidad, entonces hay esperanza.

–¿Qué piensa de Lugo?

–Lugo a mí me parecía mucho más sectario, izquierdista, dogmático cuando asumió el poder que ahora. Yo veo que ha hecho una rectificación discreta, pero importante. Ojalá esa evolución continúe y el Paraguay sea lo que es Chile o Brasil y no vaya a ser lo que es Venezuela, Ecuador o Bolivia, porque eso sería catastrófico para los paraguayos.