Han resultado premonitorias las palabras que el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado vaticano y número dos de la jerarquía católica, dijo unos días antes de que el Papa Francisco comenzara su visita a Chile y Perú: "No va a ser un viaje fácil”.

A la espera de ver cómo se desarrolla la estancia del obispo de Roma en tierras peruanas, puede afirmarse con rotundidad que los tres días pasados por Jorge Mario Bergoglio en Santiago, Temuco e Iquique han sido los más difíciles de todas sus estancias en América Latina.

Un Chile distinto. Nunca hasta ahora el Pontífice había estado en un país con un ambiente eclesial tan enrarecido, con continuas protestas, poco calor en las calles y escasa participación de fieles en las misas y ceremonias que presidió. Bergoglio viajaba a Chile para intentar revitalizar a la Iglesia local, en sus horas más bajas por los continuos escándalos de abusos sexuales a menores cometidos por religiosos, pero no está claro que su mensaje haya llegado más allá de los que ya estaban convencidos.

Chile se ha destapado estos días como el país más alejado de la fe de América Latina, acercándose a los niveles del gran bastión antieclesial de la región que siempre ha sido Uruguay.

Bergoglio ha encontrado una nación muy distinta a la que vio san Juan Pablo II en su visita en 1987, cuando la gente se echó a las calles con la esperanza de que propiciara el fin de la dictadura. Como dice Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales, los chilenos prefieren hoy "el centro comercial a la misa”, son "más individualizados y autónomos” y ya no están "heridos por la pobreza y la falta de libertades”. La mayor herida que vive hoy la población en su relación con la fe está motivada por los continuos casos de pederastia en la Iglesia y la incapacidad mostrada hasta ahora por la jerarquía para acabar con esta lacra y hacer que paguen los responsables.

El caso que provocó un antes y un después es el del sacerdote Fernando Karadima, condenado por pederastia y protegido supuestamente por el obispo de Osorno, Juan Barros. Francisco ha tenido varios gestos hacia las víctimas. Primero manifestó en el palacio presidencial de La Moneda su "dolor y vergüenza” ante el daño "irreparable” causado a los niños por los ministros de la Iglesia, pidiendo "perdón” por lo sucedido. Más tarde se reunió de forma privada con un grupo de víctimas de presbíteros pederastas. Estas iniciativas del Papa quedaron eclipsadas por la participación de Barros en todas las ceremonias religiosas. Las víctimas exigen su remoción, así como la de otros altos prelados que protegieron a depredadores sexuales. Pero Bergoglio ya había mostrado su apoyo en Roma a Barros y volvió a hacerlo en Chile, sin importarle lo impopular que resultara.

"No hay una sola prueba en contra. Todo es calumnia, ¿está claro?” comentó antes de comenzar la misa que presidió en Iquique, en la que pidió a los chilenos que sean "hospitalarios” con los inmigrantes. Fue el otro tema de la agenda del Papa en Chile, en la que ocupó un lugar destacado la defensa de los derechos y particularidades de los indígenas mapuches, aunque dejándoles claro que deben renunciar a la violencia para plantear sus justas reivindicaciones.