Tal vez la canción de Bacilos sea una de las que más claramente refleja la importancia de la comunicación radial. Pero la radio no solo transmite música para alcanzar el éxito, o comerciales para vender jabones…

Estando en el Cusco subí a un taxi para llegar más rápidamente a la municipalidad. En la radio, el entrevistado del programa se despacha contra el proyecto Majes Sihuas (que busca represar las aguas de la cuenca del Apurimac, en la provincia cusqueña de Espinar, para trasladar el recurso hídrico a la región Arequipa). Se identifica como representante del Sutep y defiende a Patria Roja al tiempo que ataca al gobierno y a los chilenos ‘que se han apropiado del valle del Urubamba’ (en la mente popular, los chilenos se han convertido en los sucesores de los españoles en aquello de la conquista). Los cusqueños se oponen a Majes-Sihuas porque ‘dejará sin agua a Espinar’, y ‘se llevarán el agua a Chile’. ¿Cómo? Fácil: ‘ya hay construido un acueducto listo para hacerlo’. Supongo que para los descendientes de los constructores incas, esto no suena nada descabellado.

En la mayor parte de las ciudades del país, los taxistas escuchan radio. Todo el día. Todos los días. Sus pasajeros comparten por breves (e intensos) momentos las noticias y comentarios de los locutores, así como las opiniones vertidas por los entrevistados. La mayor parte de ellas muestran descontento (aunque ‘descontento’ es una palabra bastante pálida para llamar a las declaraciones incendiarias que muchas veces se escuchan), e invitan a la población a oponerse a las acciones del gobierno. Mientras eso ocurre, por el lado del gobierno… nada; salvo un ocasional mensaje que intenta tímida y, por supuesto, infructuosamente, mejorar la imagen del gobierno, sin consistencia ni secuencia.

No son de extrañar pues, los paros regionales, las marchas de protesta e incluso la toma de carreteras. Esta última, una expresión de violencia, de recorte de libertades de las demás personas, a la que ya ni siquiera damos importancia.

Una de las razones de esos levantamientos regionales es que las autoridades locales no han asumido que ellos ‘son gobierno’ y se sienten más cómodos sentados en la banca de la oposición, criticando y enfrentándose a casi cualquier proyecto. Producto y prueba de ello es la bajísima ejecución presupuestal de los recursos que les han sido puntual y abundantemente transferidos por concepto de canon y regalías. No se necesita demasiado para poner en evidencia a los presidentes regionales que, en lugar de hacer obra, se quedan en la más fácil protesta: están las cifras, están los reclamos, está la falta de infraestructura; todo listo para ser mostrado si es que se quiere. Pero ni eso se atina a hacer.

La otra explicación de muchos levantamientos es el desinterés del gobierno central por informar a la población. No se trata aquí de enviar documentos escritos, notas de prensa o comunicados. Tampoco basta con una entrevista aislada a alguna autoridad que por casualidad visita la región en conflicto. Como se dijo al principio, se está enfrentando campañas de todo el día, todos los días de la semana. Los mensajes aclaratorios, los mensajes con la información oficial, deben tener la misma fuerza porque, aunque duela, la credibilidad de los dirigentes regionales puede ser bastante mayor que la de un ministro.

Probablemente, una de las personas que mejor haya capitalizado el poder de la radio sea Hugo Chávez: su verborrea, que llega al extremo de diarrea verbal, es una de las herramientas que le han permitido perpetuarse en el poder. Todavía a nivel de aprendices de Chávez (afortunadamente), pero con el mismo enfoque, no son pocos los locutores radiales que han aprovechado este medio como plataforma política. Lo que no se entiende (otra vez) es por qué las comunicaciones son un área dejada de lado por el gobierno.

Manteniendo distancias, por supuesto, y solo para ilustrar el poder de la radio, recordemos Ruanda: la matanza de 800.000 personas, a machete, fue posible gracias a la convocatoria y organización realizada por radio que logró muy bien exacerbar el odio de una población en extrema pobreza.  

Ya vimos en Bagua una lamentable demostración de los extremos de violencia a los que puede llegar nuestra propia población, masacrando a personas rendidas… Como para pensarlo.