Brasil. Este 21 de marzo se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, fecha que pasa con poca repercusión en Brasil, donde el Día de la Conciencia Negra, celebrado el 20 de noviembre, recuerda las luchas de los líderes antiesclavistas que se rebelaron contra la opresión.

Los brasileños afrodescendientes constituyen la segunda mayor nación negra del mundo, atrás solamente de Nigeria, con cerca de 86 millones de afrodescendientes.

La población negra se encuentra distribuida en todos los estados brasileños, aunque se concentra proporcionalmente en algunos: en 18 de las 27 unidades federativas las comunidades afrodescendientes son mayoritarias, con más del 50% de personas que se declaran negras o pardas.

Brasil fue el último país de América en abolir la esclavitud, en 1888, y aún hoy la población negra sufre graves problemas de discriminación.

Para combatir la segregación heredada el gobierno implementa, desde inicios de este siglo, una serie de acciones afirmativas como la sanción del Estatuto de la Igualdad Racial en 2010, que creó el Sistema Nacional de Promoción de la Igualdad Racial (Sinapir), el cual articula las diferentes políticas para el combate a la discriminación y la intolerancia, incluyendo los niveles federal, estatal y municipal. También fueron creados órganos como la Secretaría de Promoción de la Igualdad Racial (Seppir), vinculada a la presidencia de la República, y todo un cuerpo legislativo para cumplir con eses objetivos.

Las acciones afirmativas apuntan a tres objetivos: revertir la representación negativa de los afrodescendientes, promover la igualdad de oportunidades, y combatir el prejuicio y el racismo. En especial, ganó relevancia la creación de un sistema de cuotas raciales en las universidades, facilitando el acceso de la población afrodescendiente a la enseñanza superior.

Aún existen prejuicios. Para Claudia, una joven afrodescendiente originaria de Goiás (centro oeste) y profesora de psicología en Brasilia, esas acciones son un "punto de partida" en un largo esfuerzo que aún debe ser sostenido.

"Existe prejuicio y hay muchas cosas para cambiar, pero también tuvimos algunos avances. El prejuicio aún existe y aquí en Brasil es de esa forma más velada, que a veces es difícil de definir pero que acaba restringiendo oportunidades de acceso, de empleo, de garantía de derechos", aseguró.

Entre los miembros de su familia, Claudia es una de las primeras en haber completado una formación universitaria, lo que atribuye a una mayor facilidad de acceso vinculada al programa Prouni, creado por el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010), que otorgó becas masivas a estudiantes de bajos recursos, con prioridad a los jóvenes afrodescendientes.

La resistencia de algunos sectores de la sociedad brasileña hizo que las acciones afirmativas llegaran a ser cuestionadas judicialmente, pero en 2012 el Supremo Tribunal Federal (STF) decidió que son constitucionales y esenciales para la reducción de las desigualdades y la discriminación.

Según Natalia Fontoura, especialista en políticas públicas y gestión del Instituto de Investigación Económica Aplicada, la desigualdad se percibe fuertemente en el área económica, donde es sentida sobre todo por las mujeres afrodescendientes, la mayoría de las veces jefas de familia.

"A pesar de algunos cambios importantes, sobre todo de la población ocupada, la jerarquía permanece en el mercado de trabajo: hombres blancos, mujeres blancas, hombres negros, mujeres negras. La desventaja de las mujeres negras se ve en muchos indicadores", afirmó.

"Si comparamos mujeres negras con mujeres blancas, el analfabetismo de las mujeres negras es más del doble", apuntó, mostrando que las políticas de Estado tienen un impacto, las diferencias de color y raza permanecen a la vista.

Entre 1995 y 2015 la población adulta blanca con 12 años o más de estudio pasó del 12,5 al 25,9%. En el mismo período, la población negra con ese nivel de escolaridad pasó de un 3,3 al 12%, un aumento de casi cuatro veces, pero que significa realmente que la población afrodescendiente sólo llegó hasta hace poco al nivel que la población blanca tenía veinte años atrás.

"Aquí en Brasil podemos decir que la pobreza tiene una cara, y esa cara es negra. Pobreza y cuestión racial mantienen una relación casi directa. El prejuicio determina no sólo la condición social y financiera. Por más que se diga que hay movilidad social, las personas comienzan a poder estudiar, pero con el mismo currículum que un blanco, el negro es dejado atrás", resaltó Claudia.