Lima. Durante algo más de dos años, entre 2002 y 2005, seguí —acompañado de la productora Marcela Cúneo— a Mario Vargas Llosa, filmando simultáneamente dos documentales: uno sobre su vida y otro sobre la gestación de su novela Paraíso en la otra esquina. La filmación de este último fue el que me permitió —en lo posible, porque la literatura es un arte privado— vislumbrar, aunque fuera en parte, su proceso creativo.

La idea de filmar la investigación de Paraíso en la otra esquina surgió durante un descanso en el rodaje de la biografía. Estábamos en Ayacucho, una región que hasta hacía muy poco había sido el corazón sangriento de las actividades de Sendero Luminoso y adonde Vargas Llosa no había regresado desde que lideró una comisión para investigar el asesinato, brutal y ritualizado, de un grupo de periodistas a manos de indígenas que los habían confundido con guerrilleros.

Era un día candente en el que el sol canicular de alta sierra parecía más violento que el del desierto. Nos sentamos a la vera del camino para que Vargas Llosa y Patricia, su esposa, pudieran tomarse una Inka-Cola, esa bebida fluorescente como el neón que los peruanos, curiosamente, beben sin temor a la muerte. Entre sorbo y sorbo, me comentaron que en unos días estarían viajando a Tahití y a las Islas Marquesas, donde Mario (Vargas Llosa) pensaba visitar todos los lugares donde había vivido Gauguin, aprovechando que le habían otorgado un doctorado Honoris Causa en la Universidad de Papeete (si, así como lo oyen, la Universidad de Papeete. Por aquel entonces Vargas Llosa tenía diecinueve doctorados honoríficos; ahora, si mal no estoy, se han casi duplicado). Y, como si fuera lo más lógico del mundo, me invitaron a que los siguiera.

Pero era obvio que, por cinco minutos de documental, yo no podía viajar —acompañado por una productora, un camarógrafo, un sonidista y un asistente— hasta las Marquesas, el lugar más remoto de la tierra, el más alejado de cualquier masa continental.

Sin embargo, pensando que no tenía nada que perder, les dije que la única manera en que los podría seguir era si hacía otro documental, esta vez sobre la investigación para la novela. Y no sólo en Tahití y en las Marquesas, sino también en Francia, Inglaterra y Perú.

Patricia y Mario (Vargas Llosa) se miraron (o mejor Mario miró a Patricia, que es el verdadero jefe de la casa) y, para mi sorpresa, aceptaron.

Ahora faltaba lo más importante. Conseguir el dinero para el nuevo documental. Esa noche, aterrado, llamé al productor ejecutivo, Roberto Viana, un brasileño generoso hasta el delirio, que no sólo me aprobó que siguiéramos a Vargas Llosa, sino que ‘exigió’ que nos quedáramos en su mismo hotel para que no tuviéramos “ningún inconveniente práctico”.

No lo podía creer. Es verdad que tendríamos que trabajar duro, pero en el fondo yo sabía lo que este nuevo acuerdo con el productor implicaba: que iba a tener las vacaciones más extraordinarias de mi vida, en un edén exótico, en compañía de Mario Vargas y Patricia. No cabía la menor duda: debía estar soñando o, peor, alucinando.

Pero no lo estaba. El viaje hasta Tahití duró doce horas. Después de una breve parada en Papeete, partimos hacia Hiva Oa, la isla marquesina donde murió Gauguin, en un turbohélice de dudoso pedigrí. Volaba casi a ras del mar y gran parte de las cuatro horas de vuelo estuvimos saltando de ventana en ventana (el avión estaba semivacío) para no perdernos los atolones multicolores que se deslizaban bajo el fuselaje. Sólo Mario (Vargas Llosa), abstraído, como un místico, leía sin inmutarse un tratado feminista contra Gauguin.

Pero cuando empezamos a sobrevolar a Hiva Oa la exaltación dio paso al pánico. Empezamos a notar que las costas y los cerros se repetían con incomprensible regularidad y que sobrevolábamos una y otra vez una franja de concreto que no podía ser otra cosa sino el aeropuerto. La azafata, una bella maorí, también entraba y salía de la cabina del piloto sin cesar. Mario (Vargas Llosa), a quien el pánico había obligado a abandonar la diatriba feminista, se atrevió a preguntarle por qué nos demorábamos tanto en aterrizar. La respuesta fue tan sucinta como aterradora: “Es el ultimo viaje del piloto; le está diciendo adiós a la isla”. Mario (Vargas Llosa) la miró con una sonrisa espantada y apenas alcanzó a mascullar: “¡Y cree que con eso me tranquiliza!”.

Ya no nos quedó duda de que el piloto había decidido terminar su carrera estrellándose contra uno de los cerros de la isla. Nuestra reacción fue paradójica: estallamos en un delirio colectivo de humor negro, muy parecido a la histeria, mientras el avión se zangoloteaba como una cometa a merced de los vientos del Pacífico. Cuando por fin aterrizamos no podíamos creer que habíamos sobrevivido. Durante ese viaje fue donde conocí de veras a los Vargas Llosa. Y no había más remedio: teníamos que vivir juntos a diario y, en el caso de las Marquesas, prácticamente los unos sobre los otros. Era cuestión de odiarse o de hacerse amigos. Y, por fortuna, nos hicimos amigos.

El trabajo empezó casi de inmediato. Cuando llegamos a Hiva Oa, Vargas Llosa ya había compuesto un manuscrito basado en sus lecturas sobre Gauguin y Tristán. Es lo que él llama ‘investigación periodística’, un sistema que, como me dijo en una entrevista, no busca la verdad: “…es una ayuda para buscar referencias que me den un punto de partida para inventar, para fantasear. No es la verdad lo que busco; es el ambiente, el clima, es algo que me sirva de apoyo para inventar con mayor facilidad, con mayor seguridad, aquello que quiero contar. Leo periódicos, entrevisto personas, leo libros, hago fichas, pero digamos que es una investigación que tiene como objeto alimentar la imaginación, alimentar la fantasía. Desde luego en esas novelas los grandes lineamientos históricos los respeto, pero nunca los detalles, y me tomo tales libertades que creo que en todas esas novelas hay siempre, si hacemos un balance, más fantasía que memoria histórica”.

Pero ahora, que ya había superado esa etapa, quería comparar lo que había imaginado (y escrito) con ‘la realidad’, con los lugares donde Gauguin y Flora habían vivido, donde su huella de alguna manera permanecía viva. Y nadie iba a detenerlo, ni siquiera el calor y los mosquitos.

Vargas Llosa conserva todavía una energía apabullante. Todos los días trabajábamos largas horas bajo un sol calcinante, pero al regresar al hotel, aturdidos por el cansancio, sólo él tenía fuerza suficiente para encerrarse en su habitación para seguir “luchando contra el ángel”, como llama él al solitario oficio de escribir.

“Soy una persona que trabaja con mucha disciplina, porque es la única manera como consigo conjurar eso que llaman la inspiración, es decir, ese clima de exaltación, de entusiasmo, esos estados de ánimo que son los más propicios para la creación. Eso a mí no me viene naturalmente nunca, eso es algo que resulta luego de un esfuerzo, y a veces un esfuerzo sostenido de días, de meses. He tenido que crearme un sistema de trabajo que es muy rutinario, que tiene momentos de muchísimo aburrimiento e incluso de hartazgo. Pero como ahora ya sé que sólo así, perseverando, puedo escribir una novela, me resigno”.

Vargas Llosa sólo escribe en el computador sus columnas periodísticas, pero las novelas todavía salen directamente de su puño, como lo hacía hace cuarenta años, en sus comienzos. La razón, por lo visto, no es solamente práctica: “El mundo de un escritor esta hecho de manías, ¿no es verdad? Las manías son fundamentales: hay ciertos lugares, ciertas horas, ciertos ritos que son esenciales para ir creando el estado propicio para escribir. Para mí es el cuaderno, el cuaderno rayado —si además el cuaderno es bonito mucho mejor, porque si el cuaderno es feo yo siento que hay un elemento que obstruye, que obstaculiza enormemente mi trabajo—”.

Sin embargo, no es esta disciplina indomable ni las manías agoreras las que hacen a Vargas Llosa un gran escritor sino, creo yo, su curiosidad insaciable y la casi infantil capacidad de sorprenderse con todo lo que encuentra. Para él nada es trivial o contingente: todo es material propicio para el tratamiento literario. Y ese entusiasmo es, por fortuna, contagioso, de manera que nuestro trabajo, por arduo que fuera, resultó siempre un enorme placer.

Pero si las jornadas de trabajo eran una cadena de descubrimientos permanentes, lo verdaderamente fascinante eran las noches. Al atardecer nos reuníamos en la terraza del hotel, que era apenas una colección de seis u ocho cabañas que miraban al Pacífico, y nos tomábamos una solitaria copa (que rendíamos como si fuera un tesoro invaluable) de un precioso whisky de malta que, junto con la brisa del Pacífico, parecía llevar a Vargas Llosa a algo parecido al estado de gracia, mientras producía deliciosas anécdotas del costal sin fondo de su memoria y, tal vez, incluso de su imaginación.

Cuando dirigí esos dos documentales sobre Mario Vargas Llosa, el Premio Nobel parecía estar siempre —como el paraíso de la novela— a la vuelta de la esquina. Lo había estado, quizá, desde los años ochenta, y lo siguió estando hasta el jueves pasado, cuando por fin la Academia Sueca decidió que sus discrepancias políticas con Vargas Llosa no eran razón suficiente para seguir denegándole un premio merecido.

Desde que tuve la buena fortuna de trabajar con él y de hacerme su amigo, he visto sin falta —y en vivo— el anuncio del Premio Nobel de Literatura con la esperanza de por fin escuchar su nombre en medio del sueco incomprensible. Este año, sin embargo, me venció el sueño y no fui capaz de levantarme, pero no dejé que esa cruel ironía del destino me amargara un momento que había estado esperando desde aquellas noches inolvidables de Hiva Oa. Enhorabuena, Mario.

Mauricio Bonnett y sus pesquisas literarias. Este guionista, escritor y director colombiano se radicó en Inglaterra a finales de los años ochenta. Desde allá se ha involucrado en proyectos de ficción y de documental tanto en el Reino Unido, como en Canadá y España. También ha realizado  programas radiofónicos que se han transmitido en la cadena BBC de Londres.

Tras incursionar en el guión de ficción  del largometraje ‘Eisenstein’, trabajó en documentales sobre el boom literario latinoamericano de los años 60 y 70. Fue testigo del periplo del escritor y premio nobel de literatura 2010, Mario Vargas Llosa en su búsqueda por los rastros del pintor francés Paul Gauguin y su abuela Flora Tristán en el documental que tituló con el nombre de la novela ‘Paraíso en la otra esquina’. Un año después, en el 2004, elaboró un nuevo documental ‘Mario Vargas Llosa: la biografía’.

* Mauricio Bonnett / Especial para El Espectador