En 2015 ser viejo, o volverse uno, no está de moda. En 2050 lo estará. En prácticamente toda América Latina entre un 20% y un 35% de la población tendrá entonces más de 60 años. Tal panorama puede parecer depresivo: demasiadas cabezas grises o teñidas, con ideas “antiguas” dentro de ellas, gruñendo, quejándose y sufriendo todo tipo de achaques físicos, con el apocalipsis consiguiente de los sistemas de pensiones y salud. Nada más erróneo. En este caso, el pasado no es una buena guía sobre el futuro. Será un mundo nuevo y, según cómo la región se prepare, podría convertirse, incluso, en una edad dorada.

Para comenzar, el día a día mismo de esa generación será distinto al de los adultos mayores de hoy. Tanto, que anticipar su perfil de consumo, de 2025 en adelante, “es imaginarse gente que nunca ha existido en la Historia: van a demandar servicios que nunca se han pedido”, dice Esteban Calvo, investigador en el Robert N. Butler Columbia Aging Center de EE.UU. Y no se trata de una ironía para hablar de fármacos y terapias ahora en desarrollo para tratar enfermedades crónicas, sino de una afirmación literal. Sucede que “cada nueva generación de personas mayores que arriba a los 60 es la generación más educada que llega a esa edad en América Latina”, explica.

Y, por educada, con las variaciones estadísticas del caso, la que posee el coeficiente de inteligencia (CI) más alto. Si bien el momento de mayor potencial intelectual, en términos de esa medición, ocurre alrededor de los 24/25 años, dado el progreso observado ya desde el siglo XX, “en cuanto a CI, la gente de 60 de hoy día parece la de 20 de los años 80”.

No obstante, una transición suave y exitosa de sociedades centradas en el impacto de los “jóvenes” a sociedades donde el impacto o la estructura se organice alrededor de los “adultos mayores” no es segura. En México, hoy en día, la fecundidad en las ciudades ya está por debajo de la tasa de reemplazo (2,1 hijos por cada pareja). Y la estructura misma de las familias se aleja de lo convencional. Con el 65% de los hogares nucleares (marido, mujer y un hijo/a), los hogares unipersonales son el 9,5% y van creciendo. “Por la mayor expectativa de vida, hay muchas personas de 65 años o más que viven solas”, dice Carla Redezini, ex presidenta de la Asociación Mexicana de Demógrafos. Un ángulo novedoso aparece al consignar unos datos conexos más: casi 10% de todos los hogares son monoparentales. De esos 2,8 millones, un 85% se encuentra a cargo de mujeres. A la vez, el 10% de las personas nacidas en el país viven hoy en EE.UU. Y en el grupo de edad de varones de 15 a 25 años, la cifra se eleva al 20%, lo que explica por qué 3 millones de hogares en el país azteca reciben remesas. Se podría esperar que lo último fuera una ventaja: en dos décadas más esos jóvenes ayudarán a mantener a sus padres que envejecen. No a ambos: “Dependiendo del ciclo de la migración, las remesas dejan de fluir. Por ejemplo, si la madre muere, tienden a acabarse”, señala Redezini.

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¿Salud en crisis?

Un problema de envergadura para los adultos mayores mexicanos del mañana es que el sistema de salud opera “sobre la base de criterios laborales y no sobre la base de la universalidad”, asevera Miguel Ángel González, ejecutivo a cargo del Diseño de Política y Programas de Salud de PwC México. “Hoy el 71% de los adultos mayores mexicanos sufre alguna enfermedad crónica. En 2020 será el 78% y en 2030 subirá al 85%. Las consultas irán de 3,4 per cápita anuales a 7,1”, agrega. Para dar abasto, la infraestructura hospitalaria tendrá más que duplicarse.

La fractura entre quienes tienen acceso asegurado vías seguros privados de alta cobertura, los que tienen acceso mediante seguros estatales (completos o incompletos) y los que no tienen ningún acceso a tratamientos de enfermedades crónicas muestra el rezago regional frente a sociedades más ricas. “En promedio sólo el 60% de la población tiene cobertura de algún tipo para ellas. Y, en algunos países, esa cobertura no llega al 10% o 20%”, dice André Medici, economista sénior de Salud del Banco Mundial. La situación es grave “en los países  de ingresos más bajos de la región: Guatemala, Haití, El Salvador, Guyana y Bolivia. En otros países, Chile, de alguna forma Colombia, ya se están haciendo algunos esfuerzos para aumentarlas, pero aun así no es suficiente para una cobertura integral de estos factores de riesgo”.

Lo anterior se origina en que “lo que tenemos es una fragmentación desestructurada de los sistemas de salud, donde hay duplicaciones y falta de cobertura”. En busca de remediarlo “es importante que el pluralismo se integre a través de la acción reguladora del Estado, y que se tenga un continuo de la protección social de los distintos grupos”, pide el funcionario.

Volviendo a México, sin reformas muy importantes en el sistema de trabajo, pensiones y de salud, “nos vamos a volver de repente viejos todos y no vamos a tener los elementos económicos y de infraestructura para mantenernos”, anticipa Redezini, también académica de la U. Iberoamericana.

En Chile, los añosos también suman cada día más. Si el año 2000 un 10,2% de la población era mayor de 60 años, en 2050 la cifra ascenderá al 28,2%. Dentro de ella, los antiguos  “patriarcas” y “matriarcas” de más de 80 años crecerán, desde el 1,3% de 2000 a un respetable 6,9% a mediados de siglo.

“Vamos transitando de la pirámide al pilar” en cuanto a grupos etarios, expone Medici. O sea, la cantidad de viejos iguala o supera a la de jóvenes. “Y con gente mayor hay también un costo mayor”. Ello se grafica con el hecho de que en 2030 se proyecta que “el 74% de la carga de enfermedades de la población total va a estar asociada a las enfermedades crónicas”.

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Mujeres al poder

Donde las expectativas son mejores es en el de la relación entre los géneros. “En los últimos 10 años el ingreso disponible de la mujer es el que más ha crecido. Se ha duplicado”, dice Andrés Musalem, research asociate de Euromonitor en Chile. De ello pueden pronosticarse varios efectos. Un caso, actualmente, ocurre en las organizaciones de la sociedad civil, que tienden a estar lideradas por personas mayores. Al estar jubiladas tienen más tiempo, además de un sentimiento de preocupación por dejar un legado más solidario, pero “si se mira, los participantes en ellas suelen ser, en general, mujeres, pero los directivos son hombres”, expresa Calvo. Pero no por mucho tiempo más.

A partir de ahora, cada vez más mujeres que arriben a los 60/65 habrán sido toda su vida autónomas económicamente y, tanto o más importante, la principal proveedora de su hogar (en Chile, en 2014, 1.200.000 hogares eran de dos personas y 820.000 de una persona, en parte no menor sostenidos por mujeres). De hecho es el cambio en la mentalidad y posición de las mujeres en las sociedades latinoamericanas lo que ha permitido escapar de la explosión demográfica del siglo XX. “Ahora, la vasta mayoría de la generación joven, en la ciudad o el campo, usan métodos de anticoncepción”, revela la antropóloga Alison Speeding, en La Paz, Bolivia. “En una comunidad rural que conozco, hay algunos que siguen teniendo 11 o 12 hijos, pero son mal vistos y los critican”.

Junto a lo anterior, hay cada vez más familias donde la madre mantiene a los niños, por ausencia temporal o permanente del padre. “Para ellas prefiero la expresión ‘matrifocal’”, dice Speeding. En Bolivia, “muchas veces es más bien indicio de independencia femenina y cambio en las actitudes sociales”, señala. Paradojalmente, como en el país altiplánico “hace 50 años la mayoría de la población era campesina y las mujeres trabajaban mucho en el campo”, para las mujeres “es vergonzoso estar esperando dinero del marido”, entonces eso les facilita ser autónomas en el un marco urbano y mayor formalidad.

De todas formas, el envejecimiento en Bolivia será algo más lento que el de sus vecinos. Para 2025 se espera que el 12,7% (2,2 millones de personas) tengan más de 60 años, en tanto que sólo en 2050 se llegará a un 21,5% (7,7 millones de una población de 35,7 millones). Esto porque hoy mujeres con bajo nivel de educación todavía pueden tener, de promedio, 6 hijos; en cambio, las que poseen educación mediana o completa son las que tienen 2,1 hijos.

Impacto político

Pero lo que puede cambiar no es únicamente el progresivo movimiento tectónico de un nuevo equilibrio entre los géneros. ¿La política estatal y partidaria no se verá afectada por las demandas y peso de una población que envejece? Esteban Calvo no cree que tal variación sea de gran magnitud: “Las diferencias son derecha/izquierda y no joven/viejo”. Aun así, “en las personas mayores muchas veces hay un voto solidario, porque piensan en el mundo que dejarán a sus descendientes”.

Donde la experiencia indica que los adultos mayores sí votan como un grupo cohesionado, puntualiza, es a nivel local. “Un 40% de los que votan en los comi- cios municipales pertenece al grupo del adulto mayor, aunque como porcentaje del total son muchos menos”. Sucede que tienen un peso mayor allí, simplemente porque votan más y “no votan por ideología, sino por personas y por programas concretos”.

Habrá, de todas maneras, un impacto central de este envejecimiento en la agenda política, cuando se debatan las formas legales que tomará lo que se avizora como el proceso de “desjubilación”. “Ya ahora en EE.UU. un 30% de la fuerza de trabajo se jubila, el resto nunca se jubila o se jubila parcialmente, porque sigue trabajando”. Para el experto con adultos mayores bien educados y sanos“hace sentido que se mantengan involucrados en el mundo laboral”.

Esta reconexión con el trabajo no tiene por qué ser una mera extensión de la trayectoria laboral previa. Podría dar origen a un enfoque distinto ligado a una lógica de educación continua, que comience antes del arribo a los 60 años y permita que entre esa edad y los 70 o 75 haya un giro profesional y vocacional.

Lo anterior se imagina muy lindo, pero la verdad es que supone desafíos gravitantes para las próximas dos décadas. Es probable que las desigualdades sociales en la región impidan una “llegada” en estado óptimo de sectores importantes de la población. Para moderar estas inequidades que se acumulan durante la vida, “no hay una bala de plata: hay muchas políticas y cada una puede cambiar según el país y el contexto”, afirma Calvo. La más relevante es “hacerse cargo del riesgo de caer en la pobreza, al no poder trabajar”. Con la casi totalidad de familias no extendidas, muchas formadas por una sola persona, los parientes ya no estarán ahí para ayudar.

Visto así, la idea es prevenir desde ya. En salud, Medici, del Banco Mundial, indica que hay cosas muy concretas a realizar: “Se habla de que 2/3 de los gastos de bolsillo en salud son de medicamentos”, por eso “es necesario que los programas públicos o privados de aseguramiento tengan una forma de protección financiera para los medicamentos”. Luego, está el invertir en prevención. Disminuir la obesidad, el sedentarismo, los accidentes de tránsito y la polución. No parece muy glamoroso, pero podría ser vital. “Cada vez más necesitamos de personas sanas que vivan más tiempo para que el sistema (de salud) funcione y no colapse”, dice sobre el punto Joao Boaventura Branco de Matos, gerente de la Agencia Nacional de Salud (ANS) de Brasil.

Para los pesimistas, el envejecimiento masivo, la pérdida de puestos de trabajo debido a la robótica y el deterioro medioambiental pintan un escenario oscuro. “Se hacen estos pronósticos asumiendo que los comportamientos y las políticas son estáticas, pero no es así”, les responde Calvo. Las instituciones y sociedades se van a ir ajustando a estos cambios. En un mundo en que la vejez se vivirá con enfermedades crónicas bajo control; con una población que, gracias a ello, querrá seguir siendo laboralmente productiva, pero con un ingreso asegurado para no caer en la pobreza; y donde las formas de sociabilidad y sexualidad tendrán también mutaciones, debido a la educación y altos niveles de CI, “la edad cronológica comenzará a perder importancia”, reflexiona el investigador. Por ende, habrá más gente creativa disponible para buscar soluciones a los problemas e, igualmente, demandando bienes y servicios antes inexistentes.

Es cierto, aun así el momento de la juventud se mantendrá distinto al que nace del tener la experiencia de haber vivido, pero la última etapa de la vida no será más sinónimo de una larga invalidez y vergüenza inevitables.