Río de Janeiro. Desde el terremoto que sacudió Haití en 2010, cerca de 2.600 haitianos han llegado a Brasil a través de las fronteras con Perú y Bolivia, en busca de mejores condiciones de vida.

En Brasileia, ciudad del estado de Acre limítrofe con Bolivia y convertida en la puerta de entrada para la inmigración irregular a Brasil, 1.400 haitianos esperan resolver su situación en condiciones precarias.

A las siete de la mañana de cualquier día de la semana, centenares de haitianos se agolpan en la plaza Hugo Poli atraídos por el olor a café y a pan caliente que distribuyen gratuitamente en el Hotel Brasileia, el único lugar de referencia y hospedaje en la ciudad, para los haitianos recién llegados.

Para algunos, se trata del primer desayuno después de un largo viaje cuya ruta es conocida por la mayoría: República Dominicana, Panamá y Perú, seguido de un trayecto en autobús, en coche o a pie desde la capital peruana hasta Acre, ya en Brasil.

Más de medio millar de personas llegaron a Brasileia durante este año según las autoridades de la ciudad, que manifiestan su temor ante la posibilidad de que la situación se vuelva "insostenible".

El mismo itinerario se repite en cada historia con alguna variación. "Llegan muy cansados del viaje y casi siempre presentan algún tipo de dolencia. Nosotros contamos con una red de salud pero estamos desbordados, faltan equipamientos y medicinas. Estamos buscando ayuda del gobierno del estado para garantizar la atención" explica Luz Marina Menezes, portavoz del ayuntamiento de Brasileia.

La mayoría de los haitianos que buscan un futuro mejor en Brasil son profesionales cualificados como ingenieros, profesores y abogados. Su primera parada es Brasileia pero tienen en mente otras ciudades como Sao Paulo o Porto Velho (capital regional de Roraima, en el norte del país), según datos de la secretaria de Justicia de Derechos Humanos de Acre.

Es el caso de Tomas Etienne que llegó al país hace seis meses y consiguió viajar a Río de Janeiro donde se gana la vida vendiendo cuadros en el barrio bohemio de Santa Teresa.

"En Puerto Príncipe trabajaba de profesor, hablo con fluidez cuatro idiomas pero por motivos económicos  no me quedó otra opción que salir de mi país", explica a Xinhua.

Tomas Etienne aún se acuerda de los días en Brasileia. "Nos trataban como animales, yo vivía en una habitación del hotel de la ciudad que compartía con otras 13 personas".

Los haitianos que llegan a Brasil esperan unos 40 días hasta que consiguen el visado humanitario, ya que no pueden obtener el estatus de refugiado, puesto que no reúnen los requisitos del Comité Nacional para los Refugiados al no ser perseguidos por motivos políticos, de raza o religión en su país de origen.

Durante ese periodo la situación se torna dramática en una ciudad con apenas 22.000 habitantes que carece de la infraestructura necesaria. La aglomeración que sufre la ciudad y la escasez de medios se hace aún más visible al entrar en el hotel Brasileia.

"El hotel puede hospedar en torno a 100 personas y en estos momentos tiene más de 800. Hay personas por el suelo, en el medio del pasillo, en los baños, la gente tiene miedo de que pueda suceder algún susto", señala Luz Marina Menezes.

Desde el gobierno brasileño, el Consejo Nacional de Inmigración -vinculado al Ministerio de Trabajo- aprobó una nueva resolución que regula la entrada y salida de haitianos, en virtud de la cual pueden conceder hasta 100 visados al mes en la embajada brasileña de Puerto Príncipe, capital de Haití, sin la exigencia de tener un contrato previo de trabajo o cualquier requisito profesional.

La persona que consiga este permiso en Puerto Príncipe podrá quedarse durante cinco años en Brasil para regularizar definitivamente su situación y obtener empleo y residencia.

Esta medida fue justificada por el gobierno brasileño para impedir la proliferación de mafias que trafican con haitianos en el límite con Perú conocidas como "coyotes". En la misma línea se pronunció la presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso brasileño, Perpetua Almeida,  que instó a las autoridades peruanas el pasado 17 de septiembre a emplear "medidas conjuntas más fuertes" contra las mafias del tráfico de personas que "venden la ilusión" de que por Perú se ingresa fácil a Brasil.

El precio que cobran las mafias para entrar en Brasil oscila entre los US$2.000 y los US$5.000.

El paquete para entrar ilegalmente al país termina en Iñapari (Perú), a 113 kilómetros de Brasileia. Una vez allí, las promesas de un trabajo fácil chocan con la realidad, y con la incertidumbre de si la Policía Federal permitirá el acceso sin el visado que debería haberse emitido en Haití.