Valle de los Ríos Apurímac y Ene. Para los cientos de policías apostados en el llamado Valle de los Ríos Apurímac y Ene (VRAE), que con más de 17.000 hectáreas de cocales ha convertido a Perú en el mayor productor mundial del principal insumo en la elaboración de cocaína, la destrucción de pozas de maceración es la orden del día.

Diariamente exterminan hasta 20 pozas, mayormente construidas en las riberas de los ríos de la zona que también alberga a unos 200 remanentes del grupo guerrillero Sendero Luminoso y a las cuales llegan gracias a informantes o largas caminatas.

Su destrucción es clave en la lucha contra el narcotráfico en el país sudamericano, pues erradicar los cocales de la empobrecida zona encendería conflictos sociales para el gobierno del presidente Alan García.

Comumpiari es uno de los muchos centros poblados que salpican al VRAE y en el que existe una desconocida cifra de pozas de maceración.

Hallar esas pozas y a los rebeldes y narcotraficantes es como buscar una aguja en un pajar. La copiosa vegetación e irregular geografía dificultan rastrear las guaridas de los guerrilleros que en la década del '80 y '90 asolaron al país.

Y aunque ya no representan una amenaza inminente para la seguridad y estabilidad de Perú, la Policía y el Ejército no logran "pacificar" la zona.

En medio de la nada. A varios poblados del VRAE, algunos con escasos 1.000 pobladores, se llega sólo por aire o días de recorrido a pie.

En Canayre, en Ayacucho, la pobreza es sobrecogedora.

Los residentes viven en casas de delgados paneles de madera y calles empolvadas por las que prácticamente solo transitan pollos y perros.

Algunos dicen que la presencia del gobierno es nula. Ni tan siquiera los militares de la base adyacente visitan frecuentemente el minúsculo pueblo.

Pero en Canayre hay algo en abundancia: el temor.

En 1989, una columna de Sendero Luminoso entró al poblado horas después de que el Ejército abandonó la base que tenía allí y asesinó a machetazos a unas 40 personas, contó con voz entrecortada la pobladora Maribel Herrera, de 30 años, pero con un tostado y seco rostro que refleja varios más.

Su padre fue muerto por Sendero Luminoso en esa incursión.

Pese a que han pasado más de dos décadas, los pobladores piensan bastante antes de hablar de la matanza.

Herrera dijo, resguardada en su casa, que se debe a que los senderistas aún rondan la localidad ubicada en el Vizcatán, el corazón del VRAE.

En el poblado cusqueño de Pichari muchos se aferran a los cultivos de lo que consideran su hoja "sagrada" y principal sustento de vida. Hasta una decena de gigantescas hojas de coca adornan la plaza del pueblo, el único con agua potable en la zona.

Ello pese a que el gobierno peruano impulsa el desarrollo de cultivos alternativos, como el cacao y café, que pueden crecer fácilmente en la región de clima subtropical y son cada vez más cotizados en países tan lejanos como Suiza.

"Esos cultivos alternativos de cacao, café, ajonjolí nos dan solamente una vez al año (...) no es como la hoja de coca, ese cultivo es permanente", dijo Milquiades Ayala, un agricultor de 61 años.

También reconoció saber que parte de su coca va a parar al tráfico ilícito de drogas, pero dijo que con los cerca de 700 soles (unos US$250) que gana cada tres meses por su coca aún no le basta para alimentar y dar educación a sus hijos.