El 24 de junio por la mañana el “Solitario Jorge”, una tortuga gigante de más de 100 años que era un símbolo de las Islas Galápagos, no fue a recibir a su cuidador, Fausto Llerena, como siempre hacía, ni respondió a sus llamadas. Había muerto, aparentemente de camino al bebedero, en su corral del Centro de Reproducción y Crianza de Tortugas de la Isla Santa Cruz, su hogar desde 1972.

“Jorge” no era un galápago cualquiera, sino el último espécimen de la Chelonoidis abengdonii, una especie que solo habitó la pequeña isla Pinta. Con él se extinguió su linaje, o al menos eso se creyó entonces.

En realidad, su línea ancestral se mantiene, según han constatados los científicos, que han descubierto 17 ejemplares híbridos con sus genes, cuatro de ellos de primera generación, es decir, que uno de sus progenitores era un individuo puro de Chelonoidis abengdonii.

Lo mismo ha ocurrido con la Chelonoidis elephantopus, otra especie de tortuga gigante que los biólogos declararon extinta en la isla Floreana hace más de 150 años y cuyo ADN ahora han descubierto en 84 animales híbridos.

A todos los encontraron en el volcán Wolf, un lugar agreste y extenso que con 1.700 metros de altitud es el punto más elevado de la Isla Isabela, la mayor del archipiélago de Galápagos.

Los científicos sopesan establecer un programa de crianza en cautiverio de esos especímenes para cruzar los que tengan el mayor contenido de genes "puros" hasta recuperar las dos especies.

A LA BÚSQUEDA DE LOS HÍBRIDOS

"Se abre la posibilidad de resucitar una especie que oficialmente se extinguió el 24 de junio con la muerte del Solitario Jorge", dijo Washington Tapia, responsable del Departamento de Conservación y Desarrollo Sustentable del Parque Nacional Galápagos.

Con ello, el ser humano podría enmendar un entuerto, pues nosotros somos la causa de la desaparición de los congéneres de “Jorge” y de las tortugas de Floreana.

Sería un proceso muy largo, ya que los quelonios alcanzan su madurez sexual solo entre los 25 y 30 años. A esa edad una tortuga con alto contenido de ADN de las dos especies desaparecidas se debería aparear con otro individuo similar, y así sucesivamente hasta dar lugar en la tercera o cuarta generación a "individuos puros", explicó Tapia.

Otra posibilidad es encontrar especímenes íntegramente de las especies de Pinta y Floreana en el volcán Wolf, dado que algunos de los híbridos encontrados son de primera generación y que las tortugas gigantes pueden vivir más de un siglo.

El equipo de expertos estadounienses responsables del descubrimiento junto con el Parque Nacional Galápagos señalaron “que padres puros pueden todavía estar vivos y en edad reproductiva” en un artículo sobre el descubrimento para la revista científica Biological Conservation, en referencia específicamente a la especie de “Jorge”.

Todo comenzó con un híbrido de Pinta encontrado en un estudio genético de las tortugas de Galápagos llevado a cabo en la década de los 90. Ese hallazgo motivó una expedición realizada en 2008 en la que unas 60 personas, entre expertos de Estados Unidos y personal del Parque, se instalaron en ocho campamentos en las laderas del volcán Wolf y recogieron muestras de sangre de 1.667 tortugas.

Expertos de la Universidad de Yale analizaron ese material y descubrieron la presencia de genes de las especies desaparecidas.

2200

El parque tiene prevista otra expedición en 2013 para encontrar a esos individuos híbridos. Están marcados con un chip y se conoce su ubicación al momento del registro, lo que permitirá localizaros porque las tortugas normalmente permanecen en el mismo territorio, dijo Tapia.

La otra meta será obtener muestras de sangre de las tortugas no identificadas en 2008, que representan el 80% de la población del lugar, según el artículo de Biological Conservation.

Danielle Edwards, su autora principal, estima que podrían descubrir entre 60 y 70 híbridos adicionales de Chelonoidis abengdonii.

Pinta e Isabella están a una distancia de unos 60 kilómetros, pero es improbable que las corrientes marinas llevaran a los congéneres de Jorge al volcán Wolf, según Galápagos Conservancy, una organización no gubernamental que aportó financiación para el proyecto científico.

En lugar de hallarse en la costa este de Isabela, donde habrían llegado con las corrientes, los híbridos se concentran en la oeste, cerca de Banks Bay, un lugar en el que a principios del siglo XIX fondeaban barcos balleneros y piratas.

Los científicos especulan que los marineros, que recogían quelonios en diversas islas para su alimentación, tiraban al agua o dejaban en tierra en Wolf a los que ya no necesitaban o porque tenían sobrepeso, lo que explicaría la presencia allí de tortugas de otros lugares.

Existe constancia de ello en el cuaderno de bitácora del Capitán Porter, del barco estadounidense Essex, que vio hacerlo a balleneros británicos, según Galapagos Conservancy.  

Paradójicamente, esa práctica de los causantes del desastre natural que sufrieron las tortugas gigantes de las islas ha abierto la esperanza de salvar a dos especies.

Situado a unos mil kilómetros al oeste de las costas continentales de Ecuador, el archipiélago cuenta con un alto número de animales endémicos, que se desarrollaron en relativo aislamiento para adaptarse a las condiciones específicas de un pequeño ecosistema, como fue el caso de las tortugas de la isla Pinta y Floreana.

2201

INTENTANDO EVITAR LA EXTINCIÓN

Estas características tan particulares inspiraron al científico inglés Charles Darwin a elaborar su teoría sobre la selección natural y la evolución de las especies.

En las Galápagos aparecieron 14 especies de tortugas terrestres gigantes, que cumplían la función de “mega-hervívoros” que en el continente realizan mamíferos.

Solo quedan diez, tras la desaparición de los quelonios de la isla Fernandina por erupciones volcánicas y de los de Floreana, Santa Fe y Pinta por el impacto del ser humano.

En Pinta, por ejemplo, los familiares del Solitario Jorge se extinguieron por la caza y por la introducción de las cabras, que compitieron con ellos por la vegetación de su único hábitat, explicó Tapia.

A Jorge lo encontraron allí en 1971, cuando su expecie se creía extinguida, y tras trasladarlo a la Isla de Santa Cruz los biólogos intentaron que se reprodujera, pero sin éxito.

Inicialmente compartió el corral con dos hembras de la especie "Chelonoidis Becky", del volcán Wolf, que pusieron en total 16 huevos, que no germinaron. Otros estudios genéticos determinaron que era más similar a las tortugas de la de isla Española, por lo que durante los últimos dos años de vida compartió el corral con dos hembras de esa especie, aunque tampoco llegó a procrear con ellas.

Durante la autopsia de “Jorge”, los biólogos tomaron muestras de sus gónadas con la esperanza de encontrar esperma para realizar inseminación artificial, pero la idea tampoco resultó.

"No encontramos semen viable, con lo cual esa posibilidad está descartada", informó Tapia, lo que deja la vía abierta por el hallazgo del ADN como la única alternativa.

El Parque y científicos internacionales sí han evitado la extinción de las tortugas de Española, de las que quedaban tan solo 15 ejemplares en los años 60,  según Galapagos Conservancy, y han reintroducido sus descendientes y los de las otras especies a sus hábitat naturales gracias a un programa de crianza en cautiverio.

Tapia destacó que el Parque aspira no solo a revivir a  Chelonoidis abengdonii y Chelonoidis elephantopus, sino a recuperar su ecosistema.

En Pinta los congéneres del Solitario Jorge cumplían un papel de "ingenieros" ecológicos, pues al comerse la vegetación abrían áreas para el crecimiento de ciertas plantas, con sus movimientos preparaban el terreno para la reproducción de invertebrados y aves, y dispersaban semillas, explicó Tapia.

Desde 2010 hacen ese trabajo 39 quelonios que vivían como mascotas en los centros urbanos de las islas y que el Parque no pudo “repatriar” a su lugar de origen porque eran híbridos, a veces de tres especies diferentes. Los biólogos las esterilizaron y las llevaron a Pinta, hasta que un día quizá sus habitantes originales puedan reemplazarlas.

Mientras tanto, “Jorge” permanecerá embalsamado en un museo de la Isla Santa Cruz, como un recordatorio palpable de los efectos nocivos sobre el planeta de la actividad humana irresponsable.