Tijuana. Héctor Aguilar es un estadounidense que estudia fotografía y trabaja en el condado de San Diego, pero tiene su hogar en la municipalidad mexicana de Tijuana. Casi diario cruza la protegida frontera de Estados Unidos y México con la naturalidad de quien cambia de acera en la calle.

El hombre de padres mexicanos cuenta que sus 32 años de vida los ha dividido entre los dos países: nació en Los Angeles, pasó su niñez en Tijuana y después residió en San Diego hasta que terminó el bachillerato.

Ya como adulto, Héctor eligió la ciudad en la esquina noroeste de México como casa porque dice que es más económica y entretenida. Su pasaporte es estadounidense igual que la línea de su móvil, pero él responde a quien le pregunte que es un mexicano.

"No hay nada mejor que decir que eres de Tijuana, porque decir de otra parte, como San Diego, se escucha aburrido", bromea.

Su biografía retrata la dinámica de integración que hay entre las dos ciudades que comparten la frontera más transitada del mundo, con 30 millones de cruces anuales.

Están divididas por una larga y custodiada valla con sólo tres puertas, pero forman una región con una población de 6,5 millones de habitantes y una economía de US$230.000 millones, según la cancillería mexicana.

Entre 70.000 y 100.000 personas se pasan de una ciudad a otra para estudiar o trabajar, tanto mexicanos como estadounidenses.

Entre 70.000 y 100.000 personas se pasan de una ciudad a otra para estudiar o trabajar, tanto mexicanos como estadounidenses, apunta en entrevista el delegado del Instituto Nacional de Migración (INM) en el estado de Baja California, Rodulfo Figueroa.

"Es una zona metropolitana que incluye a San Diego y Tijuana, y la frontera es un obstáculo adentro de la ciudad. No es una característica nada más de una frontera internacional, sino una parte integral de la vida cotidiana", explica el funcionario.

Héctor habita un confortable departamento en una céntrica calle de Tijuana con el prestigiado centro cultural local y un popular cine a una caminata de distancia. Paga US$300 de alquiler, una cuarta parte de lo que asegura que le costaría un lugar similar en San Diego.

También tiene cerca la garita peatonal El Chaparral-San Ysidro por la que cruza tres o cuatro días a la semana para cursar fotografía en el Colegio de la Ciudad de San Diego. Su tiempo allá lo combina con un empleo como repartidor de paquetería 12 horas semanales, el cual consiguió por internet.

El recorrido desde su hogar le toma más de una hora por los 10 minutos que tarda en atravesar la garita en la que muestra su pasaporte y los 45 que pasa en el tranvía que lo deja frente al campus, en el centro de la ciudad californiana, pero asegura que vivir en Tijuana lo vale.

Como amante del lente, la urbe mexicana donde contrasta la prosperidad de las industrias de servicios médicos o aeroespacial con la pobreza de barrios de migrantes deportados le ofrece, además, historias para captar en cualquier sitio.

"Puedo trabajar y estudiar en Estados Unidos sin pagar una inmensa renta, que es allá caro. Me siento más libre, siempre hay actividades", plantea y agrega: "No sé, es como un regalo".

Figueroa, el delegado del INM, señala que cualquier estadounidense o mexicano que vive legalmente en el país de enfrente puede cruzar todos los días la frontera, sin que eso sea una situación irregular.

Alejadas de las capitales de sus respectivos países, las alcaldías de San Diego y Tijuana han estrechado esfuerzos desde hace casi cinco años para fomentar negocios en la región, que llaman CaliBaja.

Impulsaron ante los gobiernos federales una mayor rapidez en los cruces de personas y mercancías, al grado que ahora un puente peatonal conecta el aeropuerto de Tijuana con San Diego.

"Es una consecuencia de nuestra vecindad y de la realidad fronteriza. Aquí en Baja California estuvimos más cerca de Estados Unidos durante décadas que del centro del país", agrega Figueroa.

A Hazell Sepúlveda le toma cinco minutos cruzar la garita de Otay para llegar a su empleo a las 4:30 de la madrugada en la cocina de un McDonald' s a 500 pasos de la frontera. Ella también es una estadounidense de padres mexicanos nacida en San Diego, donde sólo ha radicado dos de sus 26 años.

Prefiere vivir en el este de Tijuana y despertar a las 3:30 para recorrer los tres kilómetros de distancia entre su hogar y el restaurante con la frontera de por medio.

"Nunca me preguntan nada, nada más a dónde voy y si llevo algo de Tijuana", relata en cuanto a su diaria interacción con el agente migratorio en turno.

En su departamento a esa hora quedan aún en cama su esposo y su hija de cinco años, también nacida en San Diego. Él, un ingeniero mexicano, lleva por la mañana a la pequeña a la guardería y después también cruza la frontera para laborar en la manufactura.

Comenta que todos sus compañeros en el restaurante llevan la misma vida transfronteriza que ella. Preparan 1.000 hamburguesas al día en suelo estadounidense para costear gastos o escuela en Tijuana.

Habituada a ir y venir por "la línea", como la gente llama a la frontera, a la mujer le suena incongruente que el gobierno de Estados Unidos hable de levantar un muro, expulsar migrantes sin papeles de su país y endurecer controles migratorios.

"La dinámica entre Tijuana y San Diego es una dinámica que no puede echarse para atrás", señala el académico del Centro de Investigaciones Sobre América del Norte (CISAN) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Raúl Benítez Manaut.

"California es un estado santuario, las autoridades de los condados y del estado no están aplicando las políticas migratorias de Donald Trump", agrega.

 

Hazell admite que a veces le cansa levantarse de madrugada para preparar por ocho horas comida, pero difícilmente conseguiría en Tijuana un empleo donde le paguen los US$450 que gana a la semana porque sólo tiene estudios de bachillerato.

Saca cuentas y concluye que saldría mucho más caro vivir en suelo estadounidense porque el alquiler de una casa para su familia ronda los US$1.600 más el agua, electricidad, gas y gastos de la niña.

Además, cuando residió allí, a los 20 años, le pareció que la vida era aburrida porque dice que para ir a cualquier lugar hay que subir al automóvil o tomar autobús.

"Se me hacen muy tristes las calles, como muy solos los días... Vas a tu trabajo y regresas y prácticamente estás todo el día en tu casa porque no tienes nada que hacer, todo te queda muy lejos", opina.

Para las 2 de la tarde ya está de vuelta en el departamento que rentan por US$250 al mes, en cuyas paredes presume fotografías de su boda y vida familiar.

Los momentos en que pueden tomarse esas imágenes son normalmente los fines de semana, cuando hay tiempo para pasear juntos en el parque, comer en restaurantes o ir al cine con la frontera sólo como paisaje.