Sonia Montaño es socióloga y una de las figuras más reconocibles de la lucha por la igualdad de género en la historia contemporánea de Bolivia. Su carrera comenzó en 1983, nada más vuelta la democracia al país, como fundadora  y directora del Centro de Información y Desarrollo de la Mujer (Cidem). En 1989, formuló la primera propuesta de políticas públicas en un impulso transgresor, ya que hasta entonces la violencia de género no estaba contemplada de ninguna manera por las leyes del Estado. Fue subsecretaria de Asuntos de Género del Ministerio de Desarrollo Humano de Bolivia, entre 1993 y 1995. Los últimos 15 años estuvo a cargo de la División de Asuntos de Género de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal, Naciones Unidas).

América Economía tuvo la oportunidad de hablar con ella aprovechando una breve visita que hizo a la ciudad de La Paz, tras jubilarse de su puesto en la Cepal hace un par de meses.
 

-Cuando hablamos de esta oficina, ¿qué está dejando atrás?
-En términos de gente, ya contamos con un equipo fijo de siete personas. Lo que es un éxito, y tenemos un equipo de colaboradores que oscila entre las 12 y 15 personas. Yo creo que lo más importante que hemos dejado es que vinculamos todos los temas de género con todos los temas de población. Se ha articulado mucho con el tema de TICS, ha sido un nexo muy interesante porque antes los temas tecnología, innovación y desarrollo productivo eran para expertos en desarrollo, no había ni el más mínimo enfoque de género. Ahora sí, la división de desarrollo productivo y empresarial ha hecho un cambio importante y sobre todo en materia de TICS. El otro punto donde  se ha avanzado es en el de comercio, digamos que en todo los aspectos  de las cadenas productivas. Creo que eso es lo más importante, hemos dejado una agenda social y política de las mujeres. Hemos logrado que el aborto deje de ser un tabú en la Cepal y la Cepal ahora puede preciarse de tener estudios serios sobre la interrupción del embarazo, la legislación y tener resoluciones que son consideradas por el movimiento feminista como emblemáticas.


-Es evidente el avance en el tema género a nivel legislativo en América Latina, pero al mismo tiempo es perceptible un retroceso social o al menos una inmovilidad en los números de violencia contra la mujer. En algunas cátedras de antropología se discute en la actualidad, sobre todo en Europa, si América Latina efectivamente pertenece a la civilización occidental o por sus cifras de violencia, en especial por sus cifras de violencia hacia la mujer, en realidad hablamos de otra cultura, de una no cristiana o de una precristiana. ¿Cómo ve usted eso, cree que hemos avanzado o que hemos retrocedido en términos prácticos?
-Sacamos hace poco, fue el último informe que me tocó coordinar, una evaluación de Beijing. Acabamos de hacer un informe específico sobre violencia y es muy difícil, al no haber líneas de base, decir que hay más o menos violencia que hace 20 años. Primero porque hay un déficit de información, pero lo que sí se puede decir es que hay una percepción generalizada de que el mundo es más violento. Que el círculo de la violencia, como se denomina en los estudios clásicos de violencia contra la mujer, que  antes  podía ser largo en términos temporales, se está acortando. Yo sostengo que esto es una especie de reacción, una especie de ensañamiento patriarcal machista a la emancipación de la mujer, es decir, al no haber logrado en la mayoría de nuestros países instituciones serias, políticas públicas, ni recursos para implementarlas, pero a la vez las mujeres consiguieron niveles de libertad más grandes, derechos adquiridos y ganas de ejercerlos, de ahí el odio y el ensañamiento. Este es un debate que empezó cuando tuvimos las primeras historias de mujeres muertas en Juárez, México. Entonces las mujeres de Juárez eran probablemente el emblema del capitalismo salvaje, eran chicas que venían del sur de México y luego se iban al norte del país a trabajar en la maquila. Ahí empezó el tema, así como la violencia y lo que diferenciaba a esa violencia en el caso de México o de Colombia o de Guatemala, en este momento de Honduras, es que no se trata de violencia familiar sino que es una violencia en el ámbito público. Probablemente solo vamos a entender esto, no en términos de si las mujeres están mejor o peor, sino de su acción en sociedades que están disgregadas completamente por el narcotráfico y la crisis económica. Hay una articulación pienso yo, entre los avances jurídicos, la debilidad institucional y una cultura de odio y de machismo que no hemos logrado eliminar.

-Pero ¿y el encubrimiento por parte de los Estados? México es el primer país occidental que tiene incluso una sentencia en una corte internacional porque el Estado no tiene ninguna reacción frente a los crímenes en ciudad Juárez y en general frente a la violencia institucionalizada contra la mujer. Se puede apreciar una tendencia parecida en Bolivia, por ejemplo, dónde tenemos más de 305 mujeres muertas desde 2013 y sólo ocho sentencias ejecutoriadas.

-En los 30 años de democracia que tiene la región, han habido cambios jurídicos y se ha logrado una cierta estabilidad política electoral, pero el déficit grande que tiene América Latina es institucional. Es el caso de Bolivia como bien dices,  pero a diferencia del Brasil donde yo creo que hay una diferencia marcada con nuestro país, aquí las mujeres que van a trabajar a las brigadas de familia o a los slims van castigadas. Reciben salarios mínimos, no tienen recursos y terminan en un estado de desesperación, porque, claro, hay una ley que como bien dices no se cumple y cuando se cumple, se cumple mal. Hay unos costos asociados al cumplimiento de la ley que son inaceptables, la mujer tiene que llevar al testigo y buscarlo desde Cochabamba y traerlo a la fiscalía de La Paz, eso es francamente deplorable pero no sé si eso es exclusivo a las mujeres o es la crisis del sistema judicial. Pasa lo mismo si te roban la cartera o te asaltan la casa, por eso a mí me cuesta decir que la impunidad es realmente fuerte con las mujeres, porque también lo es con los pobres, con la gente del área rural, con los indígenas. Vivimos con una cascara constitucional que es muy moderna. Sí, tenemos unas leyes y unas constituciones maravillosas, que en la práctica no cuentan con recursos para su implementación. Una de las cosas que salen en el informe de Beijing por ejemplo, es que todos los países  lamentan no haberle prestado más atención a los cambios culturales y educativos. Es algo que me llamó la atención y no sé si verlo como bueno o malo, porque el que un gobierno a través de su ministra de la mujer, de la encargada de género, reconozca que hay prejuicios sexistas que impiden la aplicación de la ley, por un lado me parece un logro, por el otro abre la pregunta de la asignación de presupuestos. Yo sigo viendo el vaso medio lleno y digo que esas mujeres o esas autoridades en los gobiernos actuales, están dando pelea en un territorio más fácil que el que tenían las mujeres hace 30 años.  

-En el último Informe Global de la Brecha de Género, presentado en 2006 por el Foro Económico Mundial, Bolivia ocupa el puesto 58 de 152 países, por encima de Brasil, de Argentina, debido a la representatividad parlamentaria. Pero si nos fijamos en la inversión en educación o en la participación de la mujer en la educación superior, caemos al puesto 97. ¿Cuán efectiva es esa representatividad para superar los problemas de género que tenemos?

-Yo creo que objetivamente no está mal, desde el punto de vista democrático, que haya más mujeres  es cualitativamente distinto a que sólo haya hombres. Ahora bien, las mujeres que llegan al poder pueden tener una agenda democrática, de cambio o una agenda autoritaria, que estén en el gobierno no implica que como mujer me representen. Creo que uno de los errores estratégicos cometido por el movimiento de mujeres fue alejarse del pensamiento crítico feminista profundo y creer que la representación automáticamente iba a dar solución a nuestros problemas. La paridad es aritmética, tenemos que ser la mitad porque somos la mitad de la población y punto,  no es que debemos ser la mitad porque así garantizaremos que el mundo sea mejor. Pienso que han tenido más suerte, entre comillas, los grupos de mujeres que están gobernando y que han abordado el tema desde una perspectiva tecnocrática. En un artículo que publiqué recientemente en Página Siete me refería al caso de las Bartolinas en  Bolivia. Ellas han logrado lo que ningún movimiento feminista ha conseguido: la paridad. Un objetivo ante el que mueren de envidia muchas organizaciones, pero lo han hecho al precio de perder su autonomía. Las Bartolinas han pasado a ser la mitad del mundo para levantar la mano según diga el jefe, es decir han perdido su independencia. Alguien debería estudiar la historia de las Bartolinas de los últimos diez años y compararla con la de hace 20, cuando ellas pelearon con la CSUTCB de los kataristas, incluso a golpes, para tener una organización campesina de mujeres independiente. En la memoria corta de las Bartolinas está esa historia de rebelión.

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-En líneas generales, ¿cómo ve el avance de la Agenda de Género fijada por los Objetivos del Milenio en el Continente, en especial en Bolivia?

-Como te decía, primero creo que hay que hablar de lo que es general y hubo un avance jurídico importante, una constitucionalización de derechos en la región,  ratificado por la Cepal, así que podemos presumir, entre comillas, de tener leyes muy importantes en materia de violencia contra la mujer, en materia de cuotas y de paridad. Comparativamente hablando América Latina en conjunto tiene la proporción más alta de participación de mujeres en los parlamentos, a nivel municipal es más dudosa la cosa. En este momento cuatro mujeres son presidentas de gobierno, eso significa que el 40% de la población del continente está gobernado por mujeres, la población ha votado por ellas, lo que hace una década era impensable. Luego hay procesos muy heterogéneos. Comparemos México, Brasil y Argentina, que son países con un desarrollo equiparable. La situación de las mujeres en Brasil, por lo menos las políticas brasileñas para las mujeres son de lejos superiores en recursos, en capacidad técnica, en consenso social. Las políticas públicas del Brasil para la prevención de la violencia harían a cualquiera palidecer de envidia, porque la Presidenta ha puesto todos los ceros que eran necesarios para que se cumpla con la implementación de las leyes. No es el caso de México y respecto a la Argentina no tenemos cifras, pero hay avances importantes aunque menores. Hay otro conjunto de países,  entre los que yo creo que esta el nuestro, que a pesar de tener una legislación, no han puesto en práctica políticas publicas ni inversión. Pertenecemos a un conjunto donde las leyes son muy buenas, pero la implementación y las políticas son pésimas y después están países como Chile, donde hay más recursos, más presupuesto, más estabilidad, algo muy importante, pero el aborto es ilegal, las cifras de desigualdad son muy elevadas, el embarazo adolescente inexplicablemente alto, más si se tiene en cuenta que sus cifras de mortalidad materna son de las más bajas en el Continente. Entonces hay una mixtura, pero puedo asegurarte que las jóvenes de hoy, inclusive las del área rural, viven mejor que sus madres.

-¿Cuál es el análisis que hace de las condiciones laborales de las mujeres en Bolivia específicamente? ¿Cree que hubo un progreso cuantitativo?

-Bolivia siempre ha tenido una gran participación laboral de las mujeres, marcada por los mismos rasgos comunes a los demás países. Siempre estuvo concentrada en los peores empleos, en los más precarios y en los menos remunerados. Esto no se ha modificado ni con el neoliberalismo ni con el actual Proceso de Cambio. En el sector formal son mayoritariamente maestras y enfermeras, las otras son principalmente trabajadoras domésticas, pequeñas comerciantes e informales. No hubo un cambio en la estructura laboral del país y por lo tanto las mujeres siguen, en su mayoría, sin acceso a crédito, que es otra forma digamos de facilitar el emprendimiento. Algo tremendamente injusto, porque a pesar de la bancarización vivida en los últimos 20 años, las mujeres pobres son las que más interés pagan porque no suelen tener garantías y sus dificultades de acceso al mercado de desarrollo productivo, al de innovación tecnológica, son enormes. Probablemente las trabajadoras del hogar son las que yo diría que han protagonizado un cambio más interesante,  por la legislación y porque ellas están peleando para que se cumpla la ley. Creo que a pesar de que siguen estando en lo más bajo de la escala salarial, son las que más han avanzado. Las profesionales no han cambiado su condición, conviven con un fuerte acoso laboral en las empresas, no están organizadas y ni antes ni ahora fueron representadas por los sindicatos. Cuando la COB era independiente, tampoco el tema era parte de su agenda, como pasa en otros países.

-¿Cuáles son los temas clave para que las mujeres puedan avanzar en el sentido de una autonomía económica?

-Sin duda, el cuidado. La OIT ha hecho una nueva designación del trabajo, que está relacionada no solamente con toda actividad que genere ingresos, sino que también con la producción de bienes y servicios, pudiendo estos ser remunerados o no. Hay mucho trabajo asumido tácitamente por las mujeres que no recibe una retribución, pero que crea valor porque cría o cuida a seres humanos. Lo que ahora se llama Economía del Cuidado,  que no es el lado oscuro de la luna, sino que esta intrínsecamente vinculada al mercado laboral. Ya no hay forma de imaginar que las mujeres pobres  salgan a trabajar si no has resuelto este tema. Si no valorizas su esfuerzo, sino le pones valor al trabajo sobreentendido. Según las cuentas estimativas que se han hecho en Colombia, en México, el valor de ese trabajo corresponde aproximadamente al 23% del PIB. O sea, si le diéramos valor monetario al trabajo de las mujeres en el hogar, el resultado sería equiparable al de la producción de petróleo en México y aunque se trató de un ejercicio simbólico, el debate que desató la comparación en ese país fue interesantísimo. El otro tema fundamental es la democracia, sustantiva, en el sentido de que no solo es importante representar, lo fundamental es decidir.