La última década ha arrojado cifras e índices positivos para la región en materia de desarrollo económico, humano y calidad de vida. Si bien éstas aún están lejos de las del primer mundo, países como Uruguay y Chile han destacado a nivel latinoamericano por su sostenible avance.

Por ejemplo, Uruguay figura primero a nivel latinoamericano y 31° en el mundo en el Índice de Prosperidad de Legatum, liderando en seguridad y libertades personales. Chile, en tanto, aparece 34° en el mismo índice, con ventajas en economía y gobernabilidad. Sin embargo, estas cifras de bienestar social parecieran derrumbarse a la hora de considerar que estos dos países son a su vez líderes en suicidio juvenil.

Según la OCDE, Chile presenta la segunda tasa más alta en aumento de suicidios juveniles del mundo. En tanto, Uruguay es el segundo país de la región con la tasa más alta de este tipo de muertes, sólo detrás de Cuba; en el país oriental, uno de cada diez adolescentes intentó suicidarse en el último año, según la II Encuesta Nacional de Salud Adolescente.

Marco Antonio Campos es psicólogo psicoterapeuta, experto en salud mental y manejo de crisis, y preside la fundación Vínculos, especializada en el tratamiento del suicidio. Comenta que no es de extrañar situaciones como la de estos países que pudieran parecer paradójicas, pues muchos estudios demuestran que en los países en que ha habido un aumento sostenido del PIB (Producto Interno Bruto), también han aumentado las tasas de suicidio, situación que se refleja en la realidad de Chile y Uruguay.

Sin embargo, aunque se trate de un fenómenos ya conocido, intentar explicarlo a escala individual requiere de atender a “un número amplio de variables, por lo que actualmente, más que intentar desarrollar explicaciones causales únicas, los esfuerzos están dirigidos a conocer e identificar las variables asociadas a la conducta suicida y los factores de riesgo que aumentan la probabilidad de que se cometa un suicidio”.

Para estos efectos se debe distinguir entre los factores de riesgo y los precipitantes de un suicidio. Los primeros responden a circunstancias y antecedentes comunes previos, como por ejemplo: problemas de salud mental, consumo problemático de alcohol y drogas, o un historial de violencia familiar. En cambio, entre los factores precipitantes de un suicidio pueden incluirse el término de una relación amorosa, conflictos interpersonales con el núcleo cercano, pérdida de un ser querido y publicaciones noticiosas con detalles del suicidio.

Tratamiento y soluciones. En una mirada más sociológica, algo que sí puede contribuir al desarrollo de estos hechos son las perspectivas exitistas que pudieran existir en las sociedades. Es así como la presión escolar, y la exigencia académica y laboral pueden convertirse en patrones que favorezcan sentimientos negativos en las personas.

Para Marco Antonio Campos, la solución a estos problemas puede estar en “fortalecer los espacios de afecto, los grupos y círculos de contención y educación emocional de los jóvenes, abandonando esa perspectiva (exitista), pues el núcleo del problema está en los lazos emocionales de la persona”.
-¿Es posible encomendar este fortalecimiento y tratamiento de la salud mental a la sociedad o al Estado?
-Así como todos saben algo sobre cómo cuidar un resfrío, todos deberíamos saber sobre los factores de riesgo y prevención del suicidio. Se pueden realizar campañas de impacto general que ayuden a crear conciencia y a reconocer alertas que nos puedan estar brindando nuestros amigos, familiares o cercanos. En base a la experiencia, siempre es más rentable para un país invertir en prevención al suicidio que no hacerlo.

-¿Está realizando actualmente esta tarea el mundo político?
-No, existe una clara debilidad en este sentido. Faltan programas efectivos que traten el tema, lo aborden, lo den a conocer, instancias de conversación. Cuando se intenta conversar del suicidio, es más difícil que se concrete, y en general, lo que se hace es no conversar del tema. Sin embargo, existen modelos en el mundo, como en Reino Unido y en el ámbito militar de Estados Unidos, que pueden ser replicables.

-¿Se puede estimar o calcular cuánto se puede llegar a invertir para cumplir con estas propuestas?

-No es fácil hablar de cifras concretas, especialmente de manera global. Pero sí podemos detallar el programa con que se trabajó en Fundación Vínculos por un año (en Chile) en el cual se invirtieron cerca de 30 millones de pesos (US$16.000) para tratar, uno a uno, a cerca de 300 personas, el cual resultó bastante efectivo. Finalmente, por el alto costo, fue modificado y se buscó abordarlo mediante una campaña más general, que tratara de abarcar a más personas, generar impacto y crear conciencia.