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La cultura de la dacha

Uno de los mayores placeres de la estación cálida de Rusia es la posibilidad de volver a conectar con la Madre Tierra y cultivar patatas, plantar parterres de flores y árboles frutales en un pequeño huerto. Los soviéticos asignaron terrenos a los habitantes de las ciudades para su descanso veraniego. Con su tradicional laboriosidad, los rusos conseguían cultivar una cantidad considerable de alimentos que duraban hasta el invierno.

Sería una gran iniciativa de salud pública si se permitiese que los habitantes de las ciudades latinoamericanas tuviesen sus propias dachas o pequeñas granjas en terrenos públicos. Además del ejercicio físico, ¿qué hay más satisfactorio y saludable que cultivar tu propia comida? Igual que quien tiene menta, hierbabuena, albahaca o perejil en el balcón, me encantaría poder ir a las afueras los fines de semana y convertirme en granjero a tiempo parcial.

El origen etimológico de la dacha se encuentra en la palabra dat, que significa “dar”. Las primeras apariciones en la literatura rusa tienen lugar en el siglo XVI cuando los príncipes rusos distribuían tierras a sus boyardos más fieles en recompensa por servicios prestados. A lo largo del siglo XVI la dacha se convertirá en un documento por el derecho de posesión de la tierra y en el siglo XIX en una parcela de tierra lejos de la ciudad, entregada o vendida por el zar o el gobierno y destinada a la construcción.

Las primeras dachas eran solo tierras sin límites territoriales, que estaban integradas en los pueblos. A partir de la segunda mitad del siglo XVI los nobles construirán allí su propiedad: la usadba, una residencia de arquitectura modesta, de madera y rodeada de pequeñas edificaciones para la explotación. El conjunto tenía pues una función puramente económica, como abastecimiento para los campesinos y los señores. El estilo era muy austero, a diferencia de las propiedades lujosas de los zares como Izmailovo o Kolómenskoye edificadas un siglo más tarde.

Alrededor de Moscú el modelo de usadba va a transformarse por completo con la llegada al poder de Pedro el Grande al principio del siglo XVIII, que influenciado por la modas extranjeras y especialmente por el modo de vida en Versalles, decidirá crear nuevos lugares de entretenimiento.

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La bania

Las banias (saunas) son una parte esencial de la vida rusa. Es un gran lugar para desintoxicarse al tiempo que te reúnes con los amigos.

Muchas de mis experiencias más audaces y dignas de recordar en Rusia han tenido relación con la bania. En invierno, es tradición saltar a la nieve recién caída tras calentarse en el vapor de la bania. Para los menos atrevidos, puede bastar un chapuzón en una piscina fresca, un río o un lago.

Con más saunas y a precios más asequibles, una visita semanal podría convertirse en una saludable costumbre para la clase media latinoamericana.

Hoy en día se puede conocer el ambiente y las tradiciones de las banias imperiales y las mylnias (nombre que proviene de la palabra rusa mylo, que significa jabón) de los siglos XVIII y XIX mediante una visita a las afueras de San Petersburgo. En el parque de Tsarskoe Seló, situado en la ciudad de Pushkin, se erigen tres edificios que reflejan a la perfección el asunto del que hablamos: se trata de los pabellones Verjniaya vanna y Nizhniaya vanna (este último se llamaba en el siglo XVIII Kavalerskaya mylnia), así como de las termas del arquitecto Charles Cameron, adyacentes al Palacio de Catalina y conocidas por los rusos como banias frías.

El parque bajo de Peterhof, otro de los arrabales palaciegos de San Petersburgo, acoge el palacio veraniego de Mon Plaisir; de su ala este sobresale un pabellón conocido como ‘el de los baños’ (en ruso Bannym).

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Conversaciones en la cocina

Desde la época soviética la gente se ha reunido en las cocinas para hablar de manera íntima y compartir secretos. La gente se sigue sentando alrededor de una mesa, con té y algunos dulces para tener dushévnie razgavori ("conversaciones del alma") e intercambiar secretos, intimidades, en definitiva, para cultivar la amistad.

Algunos dicen que debido a esta importancia de los lazos personales, el psicoanálisis no ha triunfado en Rusia: nadie tiene que ir donde un profesional a hablar de sus problemas, basta sentarse en la cocina con un buen amigo.

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