Caracas. Cada mañana, miembros de diferentes tribus cruzan un riachuelo en la selva desde sus casas de adobe y deambulan descalzos por la sabana habitada por boas constrictor para llegar a clase en la primera universidad indígena de Venezuela.

Residentes originales de las selvas, calas y llanuras pantanosas de Venezuela, decenas de grupos étnicos amerindios ahora representan apenas una fracción de los 29 millones de habitantes del país sudamericano dominado por la industria del petróleo.

Al igual que grupos similares en otras partes del mundo, su hábitat y su modo de vida en una vasta y olvidada región de selvas y canales alrededor del Río Orinoco están cada vez más amenazados por la minería ilegal, la ganadería y el cristianismo evangélico.

A esa mezcla de influencias hay que sumarle los programas de ayuda socialista del presidente Hugo Chávez, que ha consagrado la identidad indígena venezolana en el corazón de su revolución.

Muchos agradecen la ayuda, pero otros dicen que divide pueblos y los convierte en economías monetarias dominadas por personas que no son indígenas.

"Si me ofrecen un motor fuera de borda, yo tengo que trabajar para comprar la gasolina y el aceite que es carísimo", dijo Najiru, un estudiante de 23 años cuya tribu Warao vive en el delta de la desembocadura del Orinoco.

En un campus que se extiende desde una pradera hasta una espesa jungla, 100 estudiantes provenientes de muchas de las 44 tribus reconocidas del país luchan por preservar su identidad en una universidad donde aprenden costumbres ancestrales junto a leyes modernas y tecnología.

"Esta universidad indígena es la esperanza, la salvación de nuestra cultura", dijo Najiru, mientras trabajaba en su tesis de agricultura forestal en una computadora portátil en su choza con piso de tierra.

El objetivo es crear líderes que puedan defender los derechos de la tierra y evitar que una precipitada entrada a la modernidad destruya miles de años de conocimiento sobre la vida de la selva y el río.

Estudiantes y profesores también están intentando transcribir la sabiduría de los ancianos que ya no se está transmitiendo oralmente como en las generaciones pasadas y que podría desaparecer.

"Los ancianos son bibliotecas vivas", dijo Emjayumi Torres, un profesor e indígena Ye'kuana de 27 años y uno de los primeros graduados de la universidad.

A diferencia los estudiantes de otras universidades de Venezuela que a menudo cortan los vínculos con sus pueblos rurales, estos estudiantes no necesitan ropa de ciudad para ir a clase. Duermen en hamacas y cocinan al aire libre.

Fundada hace siete años, la Universidad Indígena de Venezuela sería incorporada al sistema educativo superior nacional este año. Eso les permitiría acceder a fondos para las aulas y los programas.

Pero también supone riesgos.

Torres, el profesor, traza una línea de tiempo sobre la historia de los indígenas venezolanos en el pizarrón de un salón. Una decena de estudiantes toma apuntes: algunos tienen las caras pintadas con símbolos tradicionales, mientras otros juguetean con sus teléfonos móviles.

"Se ha abierto la puerta para que el indígena participe al nivel del Estado", dijo Torres después de clase, vestido con una camiseta de Bob Marley. "Pero esta puerta también tiene su desventaja", advirtió, debido a que en su relación con el Gobierno "el indígena a veces se convierte en asistente".

Poco después de asumir en 1998, Chávez creó una nueva Constitución que por primera vez consagró los derechos indígenas, incluyendo históricos reclamos por la apropiación de sus tierras.

El apoyo de las tribus le otorga a Chávez, quien dice tener raíces indígenas, una identidad nacional para su revolución, junto con las ideas del héroe de la independencia Simón Bolívar.

Doce años después, la presencia del Gobierno es común hasta en el pueblo indígena más remoto del Amazonas, donde aviones Hércules y helicópteros entregan comida y medicamentos y transportan médicos.

Allí surge el problema. Si bien la asistencia y los empleos en el Gobierno son un alivio bienvenido frente a la dura realidad de la vida en la selva, muchos indígenas creen que el Estado está generando dependencia y está debilitando a los ancianos tradicionales con consejos comunitarios politizados.

"Se van a acabar en poco tiempo con estas culturas si no corrigen estas políticas", dijo José Korta, un cura jesuita de 81 años que fue fundador de la universidad.

Agregó que el dinero que llega a los pueblos a menudo se termina gastando en alcohol en tiendas de ganaderos no indígenas que han invadido su territorio, forzando a los pobladores originarios a refugiarse en pequeñas parcelas de tierra.

El engorroso tema del reconocimiento de la tierra tribal, mucha de la cual se extiende sobre las fronteras con Colombia y Brasil y es rica en minerales, está estancado debido a que Chávez está intentando equilibrar las prioridades económicas y temas de soberanía con las obligaciones en la Constitución.

Los miembros de la universidad están trazando un mapa del territorio usando dispositivos de GPS para demarcar las colinas y los ríos que los ancianos han identificado para sus tribus.

En los pueblos, muchos indígenas ansían algunas comodidades de la vida moderna, incluyendo la protección contra enfermedades prevenibles.

En Keipon, alrededor de 40 familias de la tribu Eñapa viven en chozas de adobe en una exuberante cadena de colinas cerca de un gran afluente del Orinoco. Los eñapa cazan aves y cultivan arroz, frutas y verduras en huertas familiares.

La mayoría allí cultiva la tierra, a diferencia de otras aldeas donde el dinero del Gobierno permite a muchos comprar comida subsidiada que puede causar problemas nutricionales, como pasta o harina, en reemplazo de los platos tradicionales.

Como la mayoría de los grupos indígenas, los eñapa hace mucho que están en contacto con el mundo exterior, pero ahora enfrentan un cambio más acelerado. El Gobierno, los evangélicos y los graduados universitarios se disputan la influencia sobre la tribu.

"Tenemos que tener la vida más cómoda", dijo Kushewa, el enfermero del pueblo ,dentro de una clínica de adobe en ruinas con un dispensario de escasos medicamentos. Las autoridades han aprobado fondos para construir una nueva clínica de ladrillo, pero hasta ahora sólo ha llegado el techo.

"No tenemos ningún transporte, cuando se presenta enfermedad no tenemos forma de llevarlo a algún lado", agregó.

El Gobierno también entregó laptops simples a una decena de alumnos en abril. Pero como no hay suministro de electricidad, las computadoras sólo pueden ser cargadas con un pequeño generador cuando los pobladores tienen gasolina de más.

Los fondos obtenidos por el consejo comunitario alineado con el Gobierno fueron usados para construir casas con techos de cinc en el centro del pueblo. Aunque ofrecen más protección contra las serpientes, en verano son tan calurosas que las familias se mudan a sus viejas casas con techos de palma.

Un hombre, Wiñe, regresó a Keipon después de graduarse en la universidad. Luego de consultar con los pobladores, ayudó a crear un sistema para transportar agua limpia de la montaña hasta las casas.

Ese es el tipo de enfoque que busca la universidad: cambios que puedan mejorar la vida de la gente sin destruir sus costumbres tradicionales y sin imposición.