El 21 de diciembre de 2000 el presidente argentino, Fernando de la Rúa, concurrió al popular programa de televisión Videomatch. La idea era disipar la imagen de personaje apagado e inactivo que pesaba sobre él. Le salió mal. En el set el presidente se encontró con su doble, un actor que imitaba su voz y sus gestos, y un joven salió del público a increparlo por la situación de unos presos políticos. Ante la parálisis de sus guardaespaldas, sólo la acción decidida del Oso Ruperto (otro actor disfrazado de oso hormiguero) impidió que la surrealista escena pasara a mayores.

Doce meses después De la Rúa pasó a la historia como el segundo presidente argentino desde el retorno de la democracia que no pudo terminar su mandato. En total 12 presidentes latinoamericanos debieron renunciar o fueron defenestrados legalmente por el Congreso en los últimos 25 años. A ello se suman tres golpes de Estado y 10 asonadas militares, algunas tan singulares como el autogolpe fallido del guatemalteco Jorge Serrano Elías, el “aprendiz de dictador” (sólo alcanzó a gobernar siete días después de disolver el Congreso).

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¿El eterno retorno del caos, o los dolores de parto de una nueva era para la región? “Formalmente hay una evolución democrática en América Latina”, dice Miguel Ángel Bastenier, director del diario El País. “No porque sea mentira, sino porque nos encontramos ante situaciones democráticas de débil densidad. Son democracias, sin duda, pero al nivel más precario posible y con el peligro de que se franqueen las divisiones entre lo democrático y lo que no lo es”.

Para el politólogo argentino Fabián Pressaco, de la Universidad Alberto Hurtado, en Santiago de Chile, la palabra que mejor define hoy a la región no es la estabilidad, sino la “durabilidad democrática”. El académico desestima el riesgo de recaída autoritaria, pues no existen actores con capacidad política para protagonizar aventuras ni apoyo externo para las dictaduras.  

Lo que sí han sufrido las democracias latinoamericanas es de un “escaso rendimiento” frente a  los problemas sociales, lo que ha abierto espacio a Hugo Chávez, Rafael Correa o Evo Morales. “El populismo pasa a llevar las instituciones, pero a veces apegándose al juego institucional los problemas socioeconómicos no se resuelven”, dice. “Las sociedades latinoamericanas están situadas en este dilema”.

 

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Constituyente a la una… “Creo que en América Latina hay mucho experimentalismo en el plano micro, lo que no se ha traducido en una agenda institucional fuerte”, dice Roberto Mangabeira Unger, profesor de la U. de Harvard y ex ministro de asuntos estratégicos durante el gobierno de Lula. “Queda muy claro en el sector de las innovaciones constitucionales”.

Los ejemplos sobran: Fujimori  derogó de facto la Constitución de 1979 y redactó otra que sigue vigente. En Chile se reformó cupularmente la draconiana Constitución pinochetista del 80. Chávez, Correa y Morales, por su parte, han dictado cartas a la medida. Sólo en Argentina y México rigen constituciones centenarias, aunque con reformas puntuales.

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“América Latina tiene un nivel de rotación de constituciones muy alto. Un hecho destacable y en parte preocupante”, dice Roberto Gargarella, profesor de derecho constitucional de la Universidad de Buenos Aires. Para el experto, un problema de las nuevas constituciones es que, en lugar de identificar un gran drama u objetivo, muchas veces han estado motivadas por temas de corto plazo, como la reelección presidencial. “Aunque eso no quita que haya razones de fondo”, agrega.

Uno de ellos es la incorporación de derechos sociales, económicos, medioambientales o de las etnias. En este sentido es significativo el caso de la Constitución colombiana de 1991. A diferencia de otras, nació de la sociedad civil y, entre sus aportes, el ex presidente de la Corte Constitucional de Colombia Alfredo Beltrán destaca “nuevos mecanismos de participación, como la iniciativa popular legislativa, la revocatoria del mandato para gobernadores y alcaldes y la elección popular del vicepresidente de la República”.

En esa línea, “justamente una de las constituciones más criticadas, como la de Bolivia, por cierto grado de improvisación, tiene la gran virtud de identificar un problema muy grave y que marcaba a la sociedad, como la exclusión étnica”, dice Roberto Gargarella.

Frente a los distintos grados de conservadurismo o experimentación constitucional se yergue el comportamiento cada vez menos predecible de los electores y el creciente debilitamiento de los partidos políticos. “Estamos ante sociedades que son más volátiles políticamente, que están disponibles para modificar su voto de una manera más fácil en base a las ofertas armadas para la ocasión y que luego desaparecen”, dice Pressaco.

Perú sería un caso paradigmático del fenómeno, y en el otro extremo se ubican países como Chile o  Brasil que han consolidado un sistema de partidos. El filósofo Renato Janine, profesor de ética política de la Universidad de São Paulo (USP), destaca el singular escenario post-dictatorial del gigante latinoamericano, con partidos como el PMBD, un ejemplo quizá único en el mundo: “Se desinteresó de competir por la presidencia, reúne un apoyo importante, está siempre cerca del poder (pero no del todo), y esto le da una fuerza curiosa”, dice.

El presidente soy yo. Lo que sí está claro es que América Latina seguirá siendo la tierra del presidencialismo, una figura que todos los especialistas consultados consideran muy arraigada en la cultura política de la región. Presidencialismos fuertes de derecha como Álvaro Uribe o de izquierda como Hugo Chávez. La novedad está en las nuevas figuras que hoy la encarnan: un indígena en Bolivia, un obrero en Brasil, una mujer divorciada y agnóstica en Chile o un ex guerrillero en Uruguay. “La autoridad está radicada en sujetos que parecen más del montón”, dice Pressaco. “En el fondo alguien puede decir el presidente es como yo, es uno de los míos”.

¿Suficiente para asegurar la gobernabilidad y el desarrollo? Mangabeira Unger considera que América Latina podría mantener el presidencialismo por sus virtudes, pero dándole al régimen los mecanismos para superar los impasses que cada cierto tiempo lo llevan al borde del precipicio. “Se podría permitir a cualquiera de los poderes (ejecutivo o legislativo) que convocase a elecciones anticipadas, de tal forma que el poder que ejercite esta prerrogativa tendría que pagar el precio político (si es derrotado) de correr el riesgo electoral”, dice.

Para el intelectual brasileño, el problema real es reorganizar la economía de mercado, para lo que es necesaria una economía de alta intensidad, cuya base política estaría en “la segunda clase media mestiza/morena de pequeños emprendedores y el deseo de la mayoría pobre de seguir a esa vanguardia”.Algo así habría permitido, tal vez, evitar la rotativa presidencial que padeció Ecuador, entre 1997 y 2005, o la polarización en Venezuela. Al final de su infausta aparición televisiva, Fernando de la Rúa se confundió, salió por el lado equivocado y se encontró con una puerta de utilería. Su figura torpe dando marcha atrás y desapareciendo en segundo plano detrás del animador Marcelo Tinelli fue quizá el momento más bajo, simbólicamente hablando, del presidencialismo argentino.