Apenas la presidenta Cristina Fernández reasumió sus funciones, después de su enfermedad, sucedió el esperado cambio de gabinete económico. Sólo permanecieron el director de la Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip), Ricardo Etchegaray, y el viceministro de Economía, Axel Kicillof, ascendido a ministro.

La oposición habló de un inminente ajuste económico; el gobierno lo negó. Entre las primeras medidas estuvo el recargo del 35% para compras con tarjetas en el exterior. El denominado “dólar tarjeta” se acercó a los $8,5 y se estrechó la brecha con el dólar blue, en ese momento en torno a los $9,5. Por otro lado, se dio a conocer el acuerdo del gobierno con Repsol por la expropiación de YPF por una suma de US$5.000 millones; en la misma línea el gobierno negociaba su deuda pública con el Ciadi y se preparaba para hacer lo mismo con el Club de París. 

Todo esto configuraba una Argentina abierta a recibir inversiones extranjeras directas. Inflación, atraso cambiario y pérdida de reservas pasaban a ser las prioridades del nuevo equipo económico. Este nuevo eje, sin embargo, se vio rápidamente enturbiado por el acuartelamiento de la policía de Córdoba en busca de mejoras salariales, que ocasionó una ola de saqueos y de demandas policiales a lo largo del país.

Pesimismo. Gustavo Genoni, economista y profesor de la Universidad Torcuato di Tella, es de la opinión que los cambios en el gabinete fueron muy pocos y llegaron muy tarde, aunque pone énfasis en la salida de Guillermo Moreno. “Es el cambio más notable porque limitaba la racionalidad de las políticas”. 

Genoni es pesimista respecto del futuro. “Las herramientas de política económica han sido destruidas por una década de necedad”, afirma. En otras palabras, la gente con altos ingresos se saca los pesos de encima lo más rápido posible, comprando autos, edificios, futuros viajes al exterior y dólares: “Hay un repudio de la moneda que Argentina ya vivió a principios de los 90”. 

En este contexto al gobierno no le quedan muchas alternativas, sobre todo porque la reducción de los subsidios a los servicios públicos o a los desempleados desataría una ola de protestas violentas. “En Argentina hay un importante porcentaje de la gente dispuesta a romper el orden institucional y entrar en la anarquía antes de sufrir otro ajuste”, afirma el académico.

Relato vs realidad. Agustín d’Atellis es del bando optimista. Afirma que el principal cambio es la nueva medición de la inflación que empezará a implementarse a partir de marzo. Reconoce que hay reformas estructurales pendientes, pero que hay medidas a corto plazo que ayudarán a enfrentar los dos problemas más graves además de la inflación: la pérdida de reservas del Banco Central y el problema cambiario. 

Para este economista de la agrupación La Gran Makro, afín al oficialismo, la inflación real de este año se va a ubicar en el 15%, lo que implicaría una disminución importante, porque de acuerdo a las cifras que maneja, la de 2013 osciló entre un 22% y 24%. Esta reducción debe hacerse “sin afectar el poder adquisitivo o la capacidad de consumo, y para eso hay que cambiar el paradigma de los subsidios, por unos más centrados en la demanda que en la oferta”. Asegura que el caso más sencillo es el del transporte, por la posibilidad de cruzar información. No lo es en el caso del gas, que podría “afectar la competitividad de las empresas y en el caso de las familias su poder adquisitivo”.

Achicar la distancia entre el dólar oficial y el dólar blue (US$6,2 vs US$9,5), por otra parte, es un objetivo que, según D’Atellis, deberá lidiar tanto con la especulación como con el hecho de que “no hay alternativa de ahorro en pesos”. Diariamente se transan entre US$10 y 15 millones en el mercado negro y US$300 millones en el oficial. Esta brecha no se va a eliminar mientras exista el cepo al dólar, pero D’Atellis cree que hay un recurso: “la idea es abrirse a las inversiones directas extranjeras y créditos de organismos multilaterales a tasas del 8%, y destinar ese dinero a infraestructura y no a gasto corriente como en los 90”. 

Esto permitiría refinanciar deuda que vence en el 2015 y aliviar la presión fiscal. Sin embargo, los acuartelamientos de la policía en varias provincias del interior llaman a tener mucho cuidado con las demandas salariales. 

Roberto Lavagna, ex ministro de Economía de Néstor Kirchner, cree que las medidas para acortar la brecha fiscal “no están generando un grado de confianza para que la gente frene el proceso de fuga de pesos al dólar” y considera que la medida, aparte de aislada, llega muy tarde. “Las cosas hechas de manera individual”, afirma, “fuera de contexto, sirven de poco; lo que importa son los resultados, y éstos nos indican que hay una salida de divisas de US$120 millones diarios desde que asumió el nuevo equipo económico”. 

Lavagna estima que el gobierno vivió y creyó su propio relato en el sentido de que su modelo funcionaba; sin embargo, “la realidad terminó imponiéndose”. Y coincide en parte con Gustavo Genoni en que 2014 será un año de bajo crecimiento y alta inflación, de tensión en el frente fiscal y en el frente externo.

¿Hay equipo? Cambiaron los nombres, pero no medidas como el cepo y el congelamiento de precios. Aún más, la segunda semana de diciembre se suspendieron temporalmente las compras por internet en el exterior. ¿A estas alturas, más allá de “los aplausos de algunos empresarios”, como señala Lavagna, se puede hablar de confianza en este equipo? 

Nicolás Tereschuk, politólogo y editor del blog arteypolitica.com, enfatiza que Axel Kicillof maneja ahora dos áreas, Economía y Secretaría de Comercio Interior, donde antes había tres protagonistas. Sin elecciones de por medio como en 2013 es una oportunidad para lograr una economía sin sobresaltos. 

El otro protagonista en este nuevo equipo económico será el nuevo presidente del Banco Central, Juan Carlos Fábrega, “a quien el Senado ha nombrado por seis años en su cargo, sin ningún voto en contra”. Por eso habrá que ver qué grado de coordinación habrá entre la autoridad monetaria y el Palacio de Hacienda. La idea claro es que “cuidar, las reservas no signifiquen una recesión”, ni una pérdida de puestos de trabajo. 

Lo que está claro es que, con Cristina Fernández, el viejo eslogan de Néstor Kirchner del presidente como ministro de Economía, parece estar abandonándose.