“La victoria fue enorme”, dice el ministro de Agricultura de Brasil, Walter Rossi, en São Paulo. “Y sólo ocurrió con el apoyo y determinación de la presidenta Dilma Rousseff”. En Manaos, Philip M. Fearnside suelta una risa triste. El ministro, cual alquimista, quiere transformar el plomo en oro: “La gran mayoría de los diputados que supuestamente son de la bancada del gobierno votaron contra el gobierno” aprobando la ley, explica este investigador del Instituto Nacional de Pesquisas da Amazonia (INPE). Se refiere al nuevo Código Forestal, que contiene una amnistía para los deforestadores y una enmienda que transfiere competencia a los estados para legislar sobre producción en áreas de preservación permanente (APP) del bosque. Según Fearnside, si la aprobación es refrendada por el Senado, entre 40 y 60 millones de hectáreas de bosques serían liberadas para su explotación.

En 2009, otra ley posibilitó la legalización del uso de otros 67 millones de hectáreas. “El equivalente a la mitad del estado de Pará”. O a seis veces el total de la masa boscosa actual de Francia.

Sucede que en la inmensa zona amazónica, Brasil ha comenzado un juego de equilibrio peligrosísimo: por un lado, su estado central busca convertirse en líder mundial del desarrollo sustentable al apoyar acciones innovadoras de manejo de las selvas; pero, por otro, cede a las apetencias de políticos estaduales, empresarios agropecuarios y madereros cada vez más ricos y poderosos. Los que no advierten que su codicia puede convertir a su país en un estado fallido, cuando el ecosistema colapse y arrastre al resto de Sudamérica en la caída.

Aserrando el cielo. “Las simulaciones indican que, si sobre el 40% del bosque amazónico original fuera cortado y convertido en pasturas para ganado o campos de soja, la lluvia en el este de Amazonia podría declinar abruptamente”, explica Fearnside. En 2008, el 18% ya estaba deforestado. Y no es todo: “Esos cambios en las precipitaciones pueden llevar a la degradación de los restos de la selva en esta área”. Así “cada árbol que cae incrementa levemente la probabilidad de que feedbacks irreversibles se pongan en movimiento y destruyan el bosque remanente”.

¿Exageraciones a lo Pedrito y el Lobo? Para nada. Los datos disponibles son cada vez más ominosos. No obstante, una parte clave de la elite brasileña vive en un clima de negación, atrapada en lo que el filósofo Bertrand Russell llamó “El Problema del Pollo”: Un pollo es alimentado todas las mañanas por una familia. Día tras día. Mes tras mes. Se convence de que los humanos son infinitamente bondadosos, hasta que una tarde…le cortan la cabeza y se lo comen a la cena. En la mente de muchos políticos de la bancada ruralista favorable a la deforestación se repite el fenómeno: Si al destruir el Mato Atlántico, llenar de soja el Cerrado y crear el célebre “arco de la deforestación” no pasó nada muy grave, ¿por qué habría de ocurrir si, por ejemplo, se arrasa sólo la mitad del Amazonas?

La respuesta la encontró, el año pasado, un equipo del Instituto Max Planck de Química de Mainz (Alemania): el 85% de las partículas microscópicas llamadas aerosoles que permiten la formación de gotas y nubes sobre la Amazonia se origina en los bosques mismos. “Están hechas de aerosoles primariamente biológicos como esporas de hongos, polen y restos de plantas y son liberadas directamente al aire desde la selva húmeda”, dice Ulrich Pöschl, líder del grupo. El vapor de agua que se evapora desde la floresta las transporta hasta 18 kilómetros de altura, donde se forman las gotas líquidas, los cristales de hielo y aparecen las nubes. “Somos ahora capaces de decir que el número de gotas sobre la selva amazónica es aerosol-limitada, lo cual significa que su cantidad depende del número de partículas que son liberadas por el ecosistema”, explica. Al cortar el bosque, entonces, se cerrará la llave de la lluvia. Con el mecanismo de reciclamiento hídrico roto, las precipitaciones caerán entre un tercio y la mitad. “Se estima que entre el 30% y 50% de las precipitaciones pluviométricas de la cuenca amazónica consisten en evaporación reciclada”, dice el meteorólogo brasileño Carlos Nobre.

La única fuente de agua de una Amazonia convertida en pradera será la que los vientos traigan del Océano Atlántico Tropical. Los efectos de ello irán más allá de Brasil. “La humedad originada en la cuenca amazónica es transportada por los vientos hacia otras partes del continente y es considerada importante en la formación de precipitaciones en otras regiones distantes”, agrega el experto del Centro de Ciencia del Sistema Terrestre del INPE.

A lo anterior se suma una amenaza extra: los bosques extintos no sólo a) no capturarán más dióxido de carbono de la atmósfera, sino que b) liberarán el contenido en la inmensa cantidad de plantas muertas y c) también el que se encuentra en el suelo, bajo tierra. La suma de los tres fenómenos podría resultar fatal para los planes planetarios de mantener el total de ese gas, responsable por el calentamiento planetario bajo los 400 ppm (partes por millón), límite sobre el cual se anticipa un aumento promedio de temperatura de 2 ºC por sobre la era pre industrial. En 2010 la cifra llegó a 389,78 y en abril de este año estaba en 393,18.

“No todo es negativo. Hay cosas buenas que ocurren para defender la Amazonia. Hay más información y acción, pero la parte destructiva está aumentando mucho más”, dice Fearnside. Por ello “es importante no quedarse en el fatalismo: que todo esto se vea como una causa perdida y lleguemos a una profecía autocumplida”.

Una cosa concreta que se puede hacer es no hacer.

Brasil en Perú. ¿No hacer qué? Carreteras. “La gran causa de la deforestación son las carreteras que abren acceso al bosque y permiten el ingreso de una ola de inversionistas, colonos que cortan y siembran cultivos legales o ilegales”, dice el Dr. Richard Chase Smith, director del Instituto del Bien Común, en Lima. En el caso peruano, lo que se haga en este tema durante el próximo quinquenio definirá la sobrevivencia o no de su Amazonia. Es particularmente polémico el proyecto para que la carretera de Lima a Pucallpa se continúe hacia Cruzeiro de Sul en Brasil.

Tal camino es parte del sistema IIRSA (Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana) promovido por el BID y alguien que se opone a él es Marc Dourojeanni, ex primer jefe de la División de Medio Ambiente del mismo BID, asesor sénior del Banco Mundial y titular de la ONG ProNaturaleza. “Todos esos planes, muchos de ellos en plena ejecución, van a ocasionar un aumento enorme del ritmo de deforestación y degradación de bosques naturales”, dice.

Según un estudio del cual es coautor, con acciones como ésa “a 2041 la deforestación acumulada sería de no menos de 43 millones de hectáreas (56% de la Amazonia peruana) en el escenario más favorable”, aunque “podría alcanzar al 91% en el peor de los casos”. Se salvarían “apenas las áreas estrictamente protegidas, principalmente los parques nacionales que cubren casi el 10% de la región”.

Irónicamente, la mejor o peor supervivencia del área amazónica peruana depende de Brasil, según Dourojeanni. “La mayor parte de las inversiones previstas están vinculadas a intereses brasileños. Brasil se interesa especialmente en la energía hidráulica, habiendo firmado un convenio con Perú que le otorga posibilidades concretas de explotar cinco opciones de centrales hidroeléctricas que pueden generar casi 7.000 MW mediante  una inversión estimada en US$ 16.000 millones. Las dos opciones más avanzadas, Inambari y Paquitzapango, ya entraron en confrontación directa con los científicos y ambientalistas”.

Reinventar todo. En Brasil mismo, dice Fearnside, el peligro mayor reside en el proyecto de reconstrucción de la Rodovía BR-319, que va de Manaos a Porto Velho. Construida por el ejército entre 1973/74, fue abandonada en 1988 y hoy sólo opera como una traza por la que va una línea de fibra óptica de Embratel colgada de postes de madera. El científico augura que tal apertura “permitiría, inclusive, el flujo migratorio desde el arco de deforestación hacia la Amazonia Central”, hasta ahora relativamente intacta. ¿Se trata de una movida estratégica cuidadosamente planeada por el gobierno en Brasília? “El actual ministro de Transporte, Alfredo Nascimento, es ex alcalde de Manaos (96-04), él personalmente lo tiene como primera prioridad para su futuro político allí, pero la ruta no es económicamente viable: es más barato llevar los productos desde Manaos a São Paulo por vía marítima”.

Para Roberto Mangabeira Unger, ex ministro de Asuntos Estratégicos de Lula y actual coordinador del Plan de Desarrollo del estado de Rondônia, con más de 20 millones de personas viviendo en ella o sus bordes, “la Amazonia no se salvará por la policía, se salvará por la gente”. La idea “de que puede ser mantenida como un parque es totalmente irreal”. El objetivo posible, arguye, sería “crear un extractivismo contemporáneo compatible con la preservación del bosque”. El desafío es que “tenemos que hacer algo que nunca se hizo en la historia de la humanidad, porque no hay ningún ejemplo de desarrollo sustentable en los trópicos: tenemos que inventarlo todo”.

Lo anterior supone remunerar los servicios ambientales que proveen las florestas y sus habitantes e integrar la economía de la selva y la del complejo industrial urbano. “Es un esfuerzo revolucionario. No es el simple manejo de un parque como piensa la opinión extranjera”.

No obstante, la opinión extranjera se abisma ante el derroche de una economía que vive como si la Amazonia fuera infinita. Antonio Carlos Porto Araujo, consultor de Energía Renovable y Sustentabilidad de la Escuela de Negocios Trevisan, es uno de ellos: “Es inaceptable que se aproveche apenas el 45% de cada árbol cortado. El otro 55% es quemado. Y, peor, sin ningún tipo de aprovechamiento energético. Paso mucho por la carretera entre Cuiabá y Porto Velho, y es increíble la cantidad de hornos para la quema de este material que se ve”.

Lo doloroso, puntualiza Fernside, es que el 80% de todo el corte de madera sigue siendo ilegal. El dilema de Brasil es: O “gastarse la Amazonia”, como un nuevo rico, para establecer su grandeza en el mundo. O establecer su grandeza, ahorrándola.

* Con Fernando Chevarría en Lima.