Anochece en el Distrito Federal y patrullas de guardias armados establecen perímetros de seguridad en torno a los centros de salud públicos y privados. Con escáneres en mano revisan a los vehículos que entran y salen. La epidemia así lo exige. Algunos de los enfermos sin tratar, agresivos, se reúnen al amparo de la oscuridad e intentan impedir el acceso a los pocos afortunados que pueden atenderse. Otros, pacifistas, marchan por la ciudad pidiendo la prohibición del azúcar. ¿El azúcar?

Esta escena, que podría ser sacada de una novela de José Saramago, no está tan lejos de la realidad.

América Latina está engordando a un ritmo tan alarmante, que los expertos consideran que los problemas fisiológicos y psicológicos consiguientes amenazan con hacer colapsar los sistemas de salud de la región en las próximas décadas. Además, como el problema amenaza con convertirse en una pandemia, muchos expertos también han comenzado a cuestionar fuertemente a la industria alimentaria.

La cantidad de hombres y mujeres con sobrepeso prácticamente se ha duplicado desde comienzos de esta década, con tasas que en algunos casos, como el de México, alcanzan sobre 40% de la población adulta, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Con ello, además de costos asociados -como adaptar la infraestructura al mayor peso de la población, Latinoamérica se lleva el premio de ser la región emergente que más gordos aporta al mundo.

En Brasil, varias estaciones de trenes subterráneos instalaron asientos especiales de color azul para sus pasajeros obesos. Soportan hasta 250 kilos sin quebrarse. Aerolíneas Argentinas, en tanto, anunció el año pasado que, en un futuro cercano, los obesos que necesiten dos asientos pagarán el doble en sus rutas internacionales.

La OMS define el sobrepeso como un Índice de Masa Corporal (IMC) igual o superior a 25, y la obesidad, como un IMC igual o superior a 30. Pero hay pruebas de que el riesgo de enfermedades crónicas en la población aumenta progresivamente a partir de un IMC de 21.

Y el futuro se ve más sombrío aún si uno mira las cifras de obesidad y sobrepeso infantil. En Argentina el sobrepeso afecta entre 20% y 30% de los niños, mientras que la obesidad infantil alcanza 15%. En Chile 18% de los escolares son obesos. Y México ocupa el primer lugar de los países de la OCDE en obesidad infantil. “Esta generación puede ser la primera en ser enterrada por sus padres”, advierte el Dr. Agustín Lara Esqueda, director del Programa de Salud del Adulto y Anciano de la Secretaría de Salud de México.

Costos gigantes. No es necesario proyectar cifras al futuro para darse cuenta de la magnitud de esta epidemia. Sólo en Puebla, México, 4,2 millones de personas enfrentan problemas de sobrepeso y obesidad, advierte Javier Cequera Hervert, encargado delegacional de Salud Pública del Instituto Mexicano del Seguro Social. Es decir, casi siete de cada 10 poblanos pasa potencialmente por una delicada situación de salud -como diabetes, hipertensión, problemas cardíacos- por el descontrol de su dieta.

En 1993, cerca de 7% de la población mexicana sufría de diabetes, afirma el Dr. Lara. En 2000, subió a 10%. Ahora ya es 15%. Y, según la Secretaría de Salud, en cinco años más 30% de la población sufrirá de algún tipo de diabetes. De acuerdo al Dr. Lara, un paciente diabético “estable” le cuesta al sistema de salud entre US$250 y US$500 al año. Si tiene complicaciones, el costo se puede elevar hasta US$1.500 al año. Y los casos graves, como cuando presentan insuficiencia renal, pueden tener un costo anual de US$24.400.

Lo mismo pasa con el colesterol. Hoy existen 13 millones de mexicanos mayores de 20 años con problemas de colesterol, cifra que se disparará a 57 millones en los próximos 15 años, según el Dr. Lara.

“A este ritmo, en 15 años más el sistema de salud del país, público y privado, habrá colapsado”, dice.

Un estudio de la Secretaría de Salud indica que el gasto médico asociado a la obesidad y el sobrepeso fue de casi US$4.400 millones en 2007, lo que equivale a 0,5 del Producto Interno Bruto (PIB) del país y a casi 11% del gasto total en salud. Tomando en cuenta la acelerada tasa de crecimiento de la obesidad, estos costos podrían triplicarse en los próximos cinco años, alcanzando más de US$13.300 millones.

Y el escenario no es mucho mejor en otros países. En Chile también se espera que los gastos médicos se disparen. “El alza en los costos de salud será exponencial”, dice la Dra. Paola Negrón Granzotto, nutrióloga del Centro de Tratamiento de la Obesidad de la Universidad Católica de Chile. “Se requerirán tratamientos crónicos para más de una enfermedad metabólica, aumento del riesgo cardiovascular, patología osteoarticular (como reemplazo de cadera o prótesis de rodillas), entre otros”, señala.

La paradoja nutricional. De que en todas partes de la región hay más gordos no cabe duda alguna. Tampoco de que en todas partes las enfermedades derivadas de esa gordura no dejan de aumentar. Resulta obvio que la mayoría de los latinoamericanos come más y más, aun a sabiendas de que ello les traerá problemas y les acortará la vida.

Uno de los problemas, cree el Dr. Lara, es que muchos aún creen que la obesidad sólo es un asunto de estética.

¿Pero qué pasa que en los últimos años las ganas de comer se han convertido de pronto en tan abrumadoras e indetenibles para muchos latinoamericanos? ¿Es sólo efecto del aumento de ingresos?

La antropóloga argentina Patricia Aguirre piensa que estas “ganas” provienen de un cambio profundo en cómo obtenemos los alimentos. “La agroindustria integrada a nivel planetario es la influencia más importante en el aumento de la obesidad, ya que produce y distribuye energía barata y micronutrientes caros”. Se trata de un cambio de largo aliento que llega a Latinoamérica, después de iniciarse en Estados Unidos y Europa. Según Aguirre, este fenómeno se origina en “el abandono de los patrones tradicionales (de alimentación) y la adopción de dietas industrializadas, desestacionalizadas y deslocalizadas”. Es decir, ahora ingerimos todos los meses del año comidas altas en grasas saturadas, azúcares y otros carbohidratos refinados, pero bajas en fibras y grasas poliinsaturadas (éstas ayudan a bajar el colesterol), explica la experta.

No se trata sólo de la dieta, sino también del sedentarismo. “El total de energía gastada por kilo de masa corporal de un estadounidense promedio es hoy 65% del de un hombre del paleolítico”, afirma Aguirre. “Un adulto urbano contemporáneo de 70 kilos necesita una caminata de 19 kilómetros al día para llegar a un nivel de actividad física equivalente”.

Insaciables. No sólo entra mucha más energía al cuerpo, sino que también se queda “dentro” porque no se gasta. Entonces, ¿por qué no bajamos nuestro consumo si usamos menos energía?

La respuesta es la “hiperalimentación condicionada”, propone David A. Kessler, ex comisionado de la agencia alimentaria del gobierno estadounidense y ex decano de medicina de las universidades de Harvard y de San Francisco.Kessler ha reunido un cuerpo de evidencia que muestra que gran parte de la industria alimentaria y restaurantes de comida rápida fabrican ex profeso alimentos que contienen una determinada mezcla de sal, azúcar y grasas. Se trata de comida de “alta palatabilidad”. ¿Su objetivo? Menos nutrir que ayudar a crear un “cableado” en el cerebro mediante el cual la mezcla señalada provoca una fuerte liberación de dopamina, sustancia que activa los centros del placer de una manera tal que los mecanismos normales de la saciedad son aminorados o neutralizados.

Kessler ha mencionado como ejemplo de esta estrategia la creación del frapuccino de Strawberries & Crème de la cadena de cafés Starbucks. Cada unidad de ese producto contiene más calorías, asegura, que una pizza de pimentón y queso tamaño individual y más azúcar que seis bolas de helado.

El Dr. Gaetano Di Chiara, neurocientista de la Universidad de Cagliari, en Italia, ha replicado este proceso en ratas. Para su sorpresa encontró que los animales sometidos a una dieta de este tipo se comportan frente a ella como frente a una droga: se vuelven adictos y no dejan de consumir.

Paul M. Johnson y Paul J. Kenny, del The Scripps Research Institute, un centro de investigación de ciencias biomédicas con sede en California, publicaron en marzo un trabajo en la edición online de la revista Nature Neuroscience donde afirman que este tipo de comidas puede inducir a conductas adictivas. “Encontramos que la sobre estimulación del sistema de recompensas del cerebro, a través del consumo excesivo de alimentos palatables y altamente calóricos, induce un estado profundo de hiposensibilidad de este sistema y el desarrollo de una conducta de alimentación compulsiva”, escriben.

O sea, es posible drogarse con un cóctel de grasa, azúcar y sal.

La Dra. Negrón Granzotto, de la Universidad Católica, cree que recién se está comenzando a entender que la alimentación actual tiene un efecto ansiolítico. “Al ser una enfermedad crónica, la obesidad no tiene que ver con la voluntad”, dice. “Lo que se altera con estos alimentos es la sensación de quedar bien con lo que se ha comido, lo que influye en el desarrollo de la obesidad. Pero no creo en demonizar un producto, pero sí debiera regularse su oferta”.

Para la antropóloga Aguirre la situación es más grave. “Algunos científicos, entre los que me cuento, atribuimos el problema de la obesidad a la conformación actual de la industria agro-alimentaria mundial. Por eso decimos: no hay que cambiar la manera de comer, hay que cambiar la sociedad que legitima esta manera de producir, distribuir y consumir”.

Para algunos, la industria de alimentos procesados podría enfrentar un escenario semejante al de la industria del tabaco. En marzo, el Ministerio Público de São Paulo pidió a la justicia que la empresa Brasil Refrigerantes informase de manera clara y destacada que su gaseosa Dolly contiene azúcar extra y que su consumo “puede perjudicar a la salud”.

Y a mediados de abril se aprobó una ley en México que prohíbe la venta de comida chatarra en las escuelas.

Es que hace rato que la gordura dejó de ser un problema de “esos kilitos de más”. Ahora es un problema de toda la sociedad.