El mundo no se acabará el 21 de diciembre próximo. Es una buena noticia. La mala es que, en algunos lugares, ya se acabó. Dos de ellos son los distritos de Coporaque y Suykutambo, provincia de Espinar, en Cusco, Perú. Allí, al aumento de la radiación solar, de tormentas eléctricas y de nieve, se ha unido –en los últimos años– un adelanto de la temporada de lluvias y granizo, y fluctuaciones de temperatura que van de -12º C a 20º C en un mismo día. Como resultado, las cosechas de papas a veces se pierden por completo, nuevas enfermedades diezman los ganados, cae la producción láctea y los niños presentan erupciones cutáneas desconocidas. Eso, sin contar con la disminución de la fauna y flora salvajes a la que antes se podía recurrir en los años malos. Lo que ocurre en el ignoto Espinar podría ser, menos que una de esas fluctuaciones caprichosas de los climas locales, “el canario en la mina de carbón”. Esto es, una señal, la grieta en la represa que anuncia su derrumbe.

En junio pasado 22 científicos, en un trabajo en la revista Nature que hará historia, advirtieron que la humanidad está forzando una transición brusca, “con el potencial de llevar a la Tierra, rápida e irreversiblemente, a un estado desconocido para la experiencia humana”.

Cuentas regresivas

No es sólo el calentamiento global, cuya realidad es negada en varios sectores de la sociedad en países como EE.UU. y bienvenida, con cierta ingenuidad, en naciones como Rusia. Los investigadores hablan de una situación nueva, la cual emergerá por la caída de los “servicios de ecosistema”. Es decir, por la incapacidad del planeta para darnos la cantidad de agua, aire, fertilidad de los suelos y condiciones de temperatura aptos para sobrevivir. Así, lo que hoy sucede en comarcas naturalmente extremas como Espinar, que está a casi 4.000 metros de altura, se trasladaría a nivel global tan pronto como en 2025. En 13 años más. O en 2045. Un trabajo diferente, del Club de Roma, extiende a 2052 la fecha en la que el cambio será innegable.

No sabemos en qué punto un cambio global emergerá por el efecto sumado de la actividad humana en distintas áreas geográficas. O si requerirá, simplemente, de un único cambio a nivel planetario macro (un alza de temperatura o un cambio en la cobertura nubosa) que impactará en todos los lugares. Para el noruego Jorgen Randers, profesor de Estrategia Climática en la Escuela Noruega de Management (y coautor del célebre informe “Los límites del crecimiento” de 1972), sea cual fuere el momento, a estas alturas, “el proceso de adaptación de la humanidad a las limitaciones del planeta puede ser demasiado lento para detener el declive planetario”. ¿La razón? Hoy ya “la demanda humana sobre la biosfera excede la biocapacidad mundial en un 40%”. Eso significa que vivimos gastando recursos a cuenta del futuro. Para él, 2052 es la fecha. Luego de ese año el PIB planetario dejará de crecer, en parte debido a que “la participación de la inversión del PIB crecerá, a medida que la sociedad se vea obligada a manejar los problemas del agotamiento, la contaminación, la pérdida de biodiversidad, cambio climático y la inequidad”. Ello significará una desaceleración considerable en el crecimiento del consumo, “con la caída de la renta disponible en algunos lugares”.

Algunos temen que no quede tanto tiempo para preparar a las sociedades y economías para el aterrizaje forzoso y señalan un número crucial: 50%. Es la cantidad de la superficie terrestre que estará ocupada por ciudades, carreteras, represas, campos agrícolas y ganaderos en 2025. Este año ese número es de 43%. Alguien podría creer que no hay problema. Todavía queda el otro 50% de los continentes. Pero una gran parte se trata de montañas, desiertos y lugares ya inhóspitos donde se realizan los “servicios de ecosistema” (como la captura de CO2 de la atmósfera o moderación de los ciclos hídrico-fluviales). Avanzar sobre ellos es como demoler los baños y la cocina de una casa para hacer más habitaciones.

Podemos, ¿queremos?

Como si fuera poco, una evidencia creciente apoya la que se ha bautizado como “Hipótesis de la Reina Roja” (en referencia a una escena de Alicia en el País de las Maravillas), que dice que la energía disponible para una especie animal en una comunidad o ecosistema es un juego de suma cero: lo que gana una especie lo pierde otra u otras. Y con ello conecta el trabajo de Helmut Haberl, profesor asociado de Ecología Humana en el Instituto de Ecología Social (en la Universidad de Klagenfurt, Austria), quien ha medido la cantidad exacta de lo producido por los ecosistemas terrestres que el ser humano toma para sí: un 23,8%. Ésa es la cantidad de energía, vía alimentos, que la civilización actual captura para sostenernos. Apropiación neta vía producción primaria (HANPP (por sus siglas en inglés) no solamente reduce la cantidad de energía disponible para otras especies, también influencia la biodiversidad, el flujo de aguas, el flujo de carbón (vía CO2) entre la vegetación y la atmósfera, el flujo de energía entre las redes alimenticias y la provisión de servicios de ecosistema”, dice Haberl. En la visión de este científico europeo y los datos recabados, si alguien se come casi todo, pronto se quedará tarde o temprano muy solo.

Una opción sería lograr mayores rendimientos. Igual extensión, pero produciendo más energía que la actual e, idealmente, que cuando aquello era natural. “La producción agrícola va en aumento”, afirma Haberl. ¿Cuándo y en qué momento las consecuencias negativas de la intensificación, como la contaminación del agua, la degradación del suelo, etc. se traducirán en una disminución? Es incierto”.

El trabajo de este científico y su equipo mostró que América Latina es una de las tres regiones con menor HANPP (16%). Pero desde el año 2000 hemos visto, en países como Argentina, Brasil, Perú y Colombia un fuerte avance de la frontera agrícola y presiones para aumentarla todavía más. En Brasil, el sudoeste de la floresta Amazónica, hasta 2008, fue brutalmente desmontado por zonas para el ganado. ¿Algo inevitable? “En mi opinión, esto puede, debe y necesita ser cambiado. Se trata de una cuestión de políticas”, dice Haberl. “Por ejemplo, uno de nuestros informes demuestra que podemos alimentar a 9.000 millones de personas sin ningún tipo de deforestación. Incluso con mucho ‘mejor’ (o por lo menos costosas en términos ambientales, es decir, proteínas de origen animal ricos en las dietas). Por supuesto que es una cuestión de economía y de políticas”.

Dieta enfrentadas

Tal vez no sería tan complicado concertarlas sino fuese por dos elementos “externos”, ambos asociados a negocios e intereses gigantescos: los biocombustibles y la adicción a los alimentos. Ambos llevan rumbo de colisión. “Las dietas ‘ricas’ dejan poco espacio para las plantaciones de bioenergía, con independencia de los alimentos y el rendimiento de los cultivos”, escribe  Haberl en su último trabajo. Las dietas frugales, aun en el contexto de una agricultura orgánica, dejan más potencial para producir biocombustibles. A este respecto, es pesimista. Las sociedades ricas llevan los rendimientos agroganaderos a sus límites, precisamente para habilitar las “dietas ricas”. El tema posee un ángulo que de no poseer aristas trágicas resultaría cómico: la expansión conjunta de la población humana y la dieta occidental versión “USA”, podrían ser la gota que rebase el vaso hacia la inviabilidad de nuestro sistema. Un trabajo de la investigadora Sarah C. Walpole muestra que, con datos de 2005, el sobrepeso y la obesidad equivalían a 297 millones de personas extras en el planeta.

Cabe la posibilidad, no obstante, que el dilema dieta vs biocombustibles no llegue a ser álgido. Y que tampoco tengamos que esperar a que un cambio de estado de la biosfera general nos ponga en problemas. Graham Turner, miembro de la Commonwealth Scientific and Industrial Research Organization de Australia, vía el análisis de un modelo computacional plausible, advierte que en 2015, en tres años más, los costos de extraer petróleo de los campos no convencionales de alta profundidad, podrían ser lo suficientemente altos para que los países deban decidir entre gastar sus recursos en extraerlo o en invertir en mejorar la producción de más alimentos. Como el petróleo es esencial para el modelo actual de explotación agropecuaria, se optará por el petróleo. El comienzo de una ruta que tal vez obligue a dejar la carne para las grandes ocasiones. Porque, si la totalidad de lo que producen los 16 mayores alimentos cultivados se usara únicamente para alimentar personas, el número de calorías disponibles sería un 50% mayor.

El mundo que viene podría ser de vegetarianos a la fuerza. En Espinar, cuenta Lorena del Carpio, de Oxfam, ya hay sistemas para mitigar los daños. Uno de alerta temprana, por ejemplo. Así, “en caso de frío extremo, el sistema envía advertencias para que los pastores no lleven ganado a zonas lejanas”. Pero es ayuda que viene de “afuera”.