¿Nota el aire un poco más caliente desde hace unos meses? Probablemente no más que de costumbre. Lo que sí es seguro es que está más pesado. Sucede que la humanidad logró batir otra vez uno de sus récords: envió 36.400 millones de toneladas de CO2 (dióxido de carbono) a la atmósfera del planeta en 2010. La cifra más alta de la historia. Y tal peso lo sentirán este mes las cabezas de los delegados de más de 200 naciones reunidos en la ciudad de Durban, en Sudáfrica, para debatir si extender o no el Protocolo de Kyoto que vence a finales de 2012.

“Nosotros podemos solamente considerar un acuerdo que aplique igual fuerza legal a todas las economías grandes”, ha anticipado Jonathan Pershing, enviado especial de EE.UU., en lo que resulta el nudo que probablemente lleve al fracaso el encuentro. Ley pareja no es dura, propone Washington. Esto es, que no haya cuotas mayores de emisión neta de CO2 para las naciones neoindustriales, como India o China. Éstas, a su vez, arguyen que Europa y Norteamérica contaminaron sin límites por dos siglos, así que son esas economías las que deben disminuir más sus emisiones.

En los hechos, se trata de asegurar que, en 2020, la cantidad de CO2 en el aire no alcance niveles que empujen la temperatura a superar en 1,5-2 º C por sobre los promedios históricos. Según el grupo Climate Action Tracker (CAT) para ello no tenemos que emitir más de 40 a 44.000 millones de toneladas en ese momento. El asunto es que –como van las cosas– ese año vamos a estar lanzando 54.000 millones de toneladas. ¿Quién tiene que hacer el esfuerzo para que eso no pase?
Un enfoque ético que el resto de los países podría imitar es el de Australia y Corea del Sur. En este último caso, 366 empresas, lo que incluye a Samsung y Hyundai Steel, iniciaron un plan que podría cortar emisiones por 8,3 millones de toneladas en 2012. En tanto que la cámara de representantes de Australia aprobó un paquete de 19 leyes que crea, entre otras medidas, un impuesto a la emisión de carbono. En la región, lamentablemente, la preocupación parece nula y apta para “picardías”: En enero de 2010 Brasil se comprometió a un reducción del 36% al 39% de sus emisiones para 2020, pero no dijo desde qué “piso”. Ese dato lo reveló en abril pasado. Insólitamente “proyecta emisiones más grandes provenientes de deforestación y otras fuentes”, revela un informe de CAT. Y también “excluye los efectos (positivos) de políticas ya planeadas”. O sea, infla las cifras de emisión esperadas para hacer más fácil una “reducción” que no sería tal. Los burócratas de Brasília parecen no darse cuenta de que una cosa son los trucos de política municipal y otra desentenderse del destino de la humanidad.