Es junio de 2036 y en las afueras de Gualeguaychú los conductores de los autos que van a Buenos Aires no miran ya con curiosidad a las vacas enanas que pastorean en campos de maní forrajero. Es la misma especie leguminosa que, cientos de kilómetros al norte, comen otras vacas en el Pantanal de Brasil dentro de praderas que comparten con rebaños de ovejas mejoradas sin lana, las pelibuey. A esa misma hora, en la factoría de Vitagel que da vida a un pequeño pueblo del altillano de Colombia, empiezan a cargarse los camiones con los envases de gel rico en nutrientes, que ha revolucionado a la agricultura de ese país.

O no. Quizá los campos argentinos se han hecho antieconómicos por la pérdida de nutrientes por culpa de casi cinco décadas de monocultivo, mientras que en Brasil piquetes de la “policía exportadora” protegen los embarques de carne congelada de los comandos mafiosos que la roban y trafican en el mercado negro.

Con matices, ambos futuros son posibles frente a un hecho inevitable: en el próximo cuarto de siglo habrá que duplicar la producción de alimentos. Proeza a cumplir con las fronteras agropecuarias globales próximas a agotarse.

“Vueltos” de 80 millones de hás. En el próximo quinquenio, seguiremos viendo el avance de la frontera agropecuaria en América Latina. La forma habitual, como ocurre en Paraguay, Argentina y Brasil, será a costa de ecosistemas selváticos  o de praderas subtropicales. Pero hay otro recurso a la vista. “Brasil todavía tiene 80 millones de hectáreas disponibles sin tener que cortar un solo árbol más”, dice Miguel Santiago Campos, titular de la argentina MSC Bionegocios. Se trata de tierras hoy llamadas “marginales”, semi abandonadas y que deben ser usadas. “No debemos confiar en el avance de la frontera agropecuaria”, dice Campos. “La deforestación, en especial de tierras boscosas cálidas, genera la ilusión de tierras muy productivas en el corto plazo y muy degradadas en el largo”.

Expertos como Víctor M. Villalobos, director general del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), estiman que hay espacio para más avances de frontera, en el marco de “una agricultura sustentable y competitiva” que no mida sus rendimientos en toneladas por hectárea, sino en toneladas por metros cúbicos de agua usada. “No podemos seguir con una agricultura que estuvo ampliamente representada por la Revolución Verde”, dice.

Villalobos estima que el paquete tecnológico de semillas transgénicas más labranza cero tiende a favorecer a los pequeños productores  y que, siguiendo ese camino, a futuro la mayor oferta de alimentos provendrá de Norteamérica y Sudamérica, que podrá hacerlo sin dañar sus ecosistemas.

Desde Washington DC, en el World Watch Institute, Lester R. Brown recuerda que Brasil es un importador neto de cereales. “Es muy poco probable que EE.UU. pierda su primacía como exportador (global), por la simple razón de que no hay nadie más que haga el relevo. En soja, Brasil sí tiene un poder exportador, pero EE.UU. ha expandido la producción en base al rendimiento, no a la superficie”, dice.

De todas formas, Latinoamérica posee al menos otras tres cartas bajo la manga. Una es Bolivia. Si se pasara del actual modelo extensivo a uno semi-intensivo de ganadería, con una buena regulación para mitigar el deterioro del suelo, podría ser la gran sorpresa regional en producción de carne bovina. La otra es Perú. “Hay muchas tierras por explotar y muchas tecnologías que aún no se usan en el país que pueden permitir aumentar la productividad optimizando el espacio”, dice Laura Sánchez Piérola, coordinadora general de Promoción Comercial de la Cámara de Comercio de Lima.

Ante el cambio climático el gran ganador puede ser el Cono Sur, siempre que se haga algo con los suelos.

Pero la gran esperanza es Colombia. Según cifras del Incoder (Instituto Colombiano de Desarrollo Rural), de los 115 millones de hectáreas con las que cuenta el país, un 45% estarían catalogadas como aptas para la explotación de tipo agrícola. Esto es, unos 50 millones de hectáreas, en tanto que las cifras difundidas hablan de sólo 5 millones de hás dedicadas en este momento a la agricultura. En teoría, los colombianos podrían decuplicar su producción. Y algo de eso ya ha comenzado.

Alfredo Sarmiento Narváez, director de Desarrollo Rural del Ministerio de Agricultura de Colombia, lo explica: “Para  aumentos de productividad se trabaja intensamente para promover las actividades silvopastoriles que permitan un uso más productivo de la tierra, dejando atrás la cultura de la explotación ganadera en grandes áreas”. La idea es ir reduciendo el uso ganadero de tierra potencialmente agrícola.

¿Carne o lentejas? Más allá de lo anterior, el próximo cuarto de siglo pondrá a los latinoamericanos frente a un dilema: mantener o no la idealización de la dieta carnívora. Con los métodos actuales no hay campos suficientes para que todo el planeta coma carne vacuna como los argentinos. Ni siquiera como los chilenos o brasileños. El magnate de la soja de Argentina, Gustavo Grobocopatel, que produce también en Brasil y Paraguay, es claro al respecto: “Hay dos formas de abastecer de proteínas: a través de carnes o legumbres (…) creo que el mundo deberá comer menos pollo y menos bife y más lentejas”, dijo en una entrevista al diario La Nación de su país. Y agregó. “Acá en la Argentina dicen que la gente come carne y si le sacás la carne se muere, digo que no hay una única forma de comer. Es un tema cultural y las culturas se pueden modificar, espero que así sea porque hay conciencia y no porque hay escasez, porque ahí sí vamos a sufrir”.

Para que el sacrificio no sea tan terrible, Alberto Luis D’Andrea, coordinador de la Confederación Argentina de Biotecnología (CAB), recuerda que existen 26 razas de minivacas cuya altura es en promedio 80 cm. “A pesar de que su peso es de aprox. 270 kg, brindan un 60% de carne útil, significativamente mayor comparado con el 48% de una vaca normal de 450 kg”, dice. “En un terreno de cinco hectáreas, en el que se crían dos vacas, se pueden criar 10 minivacas. Cada hectárea tiene un rendimiento mayor por kg de carne. Al aumentar el rendimiento por superficie se necesita menos terreno para producir la misma cantidad de carne”.

Miguel Santiago Campos, de MSC Bionegocios, ve otra opción. “Necesitamos animales de tamaño metabólico más pequeño. Las ovejas pelibuey, que no tienen lana, desarrolladas en el trópico, podrían pasar a economías productivas”. Un trabajo dado a conocer en marzo pasado muestra que también se podrían mejorar los rendimientos en un 15%, y afectar menos el medio ambiente, si en Brasil se introdujera el pastoreo de rotación. “Los resultados de este estudio muestran una potencial situación win-win para los ranchos del Pantanal y el Cerrado y la vida silvestre”, dice el autor principal del estudio, Donald Parsons Eaton, de la Wildlife Conservation Society.

Reorganización ahora. Pero si la era de gloria de las vacas se ha ido, ¿qué podríamos agregar a la dieta? La oferta no es poca: quínoa, kiwicha, oca, mashua (o añu), maca y llakhum. Pero hoy, excepto la primera, nadie quiere arriesgarse a plantarlas masivamente. “El problema principal ha sido la falta de inversión hacia la agricultura de pequeña escala, que ha sido la que  más ha cultivado este tipo de productos”, dice Asier Hernando, coordinador de la campaña mundial CRECE de Oxfam en Sudamérica. Estudios de la entidad “demuestran que la inversión en agricultura de pequeña escala es mucho menor de la necesaria y está lejos de la destinada hace 20 años”.

Lo anterior es un indicio de un segundo dilema. Con los precios de los mercados mundiales de carne vacuna y granos creciendo cada vez más, todos quieren producir eso y no cultivos locales vistos irónicamente como “exóticos”. La tensión aumenta con la llegada de grandes fondos de inversión, pools de siembra y empresas estatales del Medio Oriente o China. Los dos primeros tienen objetivos de alta rentabilidad en el corto plazo y los dos segundos, menos de rentabilidad que de seguridad a largo plazo. Todos presionan los precios de las tierras al alza.

Los jugadores no son sólo extrarregionales. “Hay cifras significativas de inversión extranjera en el agro y han ido creciendo”, dice Marcos Mora, director del departamento de Economía Agraria (de la Facultad de Agronomía) de la Universidad de Chile. “Hace poco eran miles de hás las que estaba licitando el gobierno peruano. Tenemos allá un interés muy grande. Uno no sólo compra la tierra, sino que compra el clima o el agua”.

Pero la agricultura corporativa no es la solución. Es lo que afirma un manifiesto lanzado en EE.UU. por un centenar de científicos y expertos que llamaron a una reorganización total del sector, que recibe US$ 300.000 millones en subsidios, de los cuales el 73,8 % va a carnes y sólo el 0,4% a frutas y vegetales. “No hemos integrado conocimientos. Trabajamos linealmente. No pensar en la agricultura como un monocultivo que puede salvar a unos pocos”, dice Campos.

Ante el cambio climático (que anticipa fuertes sequías en el noroeste mexicano y la costa del Pacífico de Centroamérica) “el gran ganador puede ser el Cono Sur como nación fotosintética”, anticipa. Siempre que se haga algo con el deterioro de los suelos. Campos afirma que, en los últimos 20 años, la Pampa Húmeda ha perdido el 50% de fósforo, un nutriente clave para los sistemas biológicos. La solución es pensar como lo ha hecho Ian Sanders. “En la mayoría de los suelos tropicales las plantas tienen enormes dificultades para obtener fosfatos y los agricultores tienen que gastar mucho en fertilizantes”, dice este experto de la Universidad de Lausana (Suiza), que trabaja en Colombia y ha logrado aislar un hongo que crece en las leguminosas. Al aplicarlo mediante un gel en cultivos de papas, la necesidad de fertilizantes cae un 50%. “Podría ser aplicado en muchas otras zonas tropicales del mundo”, dice Sanders. Si queremos comer en 2036, habrá que recurrir a este tipo de herramientas.