En 2008 sorteamos la hecatombe financiera por poco, pero las fallas sistémicas siguen amenazando el futuro. Es el diagnóstico de Nouriel Roubini, el principal sismólogo del capitalismo globalizado.

Es una más entre las muchas acusaciones de este libro-denuncia contra los responsables de la crisis y los partidarios de un statu quo que podría provocar otra mayor en el futuro. Para Roubini son los adalides de la “innovación financiera”, aquella alquimia que permitió a un grupo de magos sacar miles de millones de dólares en activos riesgosos de los balances bancarios, y dispersarlos como una infección por todo el planeta.

Muchos lectores no encontrarán nada muy novedoso en las acusaciones de Roubini contra las autoridades monetarias, los banqueros codiciosos, los reguladores indolentes y un sistema político que, en conjunto, contribuyeron a sacar al genio de la botella. El principal atractivo del libro es la mirada a futuro, donde Roubini identifica las líneas de falla de una economía mundial expuesta a cataclismos aún mayores, de no mediar una reforma profunda de las instituciones como el G-20, el Fondo Monetario Internacional y las regulaciones financieras en EE.UU.

“La situación actual es insostenible y peligrosa, y sin las reformas necesarias, acabará por descubrirse”, dice el autor. Particularmente nocivos, en la visión de Roubini, son los megaconglomerados financieros como Citicorp, “demasiado grandes para quebrar”. En este sentido, EE.UU. opera con la misma lógica: demasiado grande para quebrar como una economía emergente, aunque se comporta como tal, salvándose por su capacidad de emitir deuda en su propia moneda y un historial que aún no conoce la palabra default. A pesar del título, el libro entrega un recetario más bien escueto de soluciones. Ya en el momento en que fue escrito (a mediados de 2010), las voces que pedían reformas al sistema se habían ido desvaneciendo.

Ahora que Volcker ha dado un paso al lado, el Tea-Party domina en el Congreso y Obama ha adoptado una línea centrista, todo parece indicar que no se hará nada por desarticular los grandes conglomerados financieros ni rebajar las escandalosas compensaciones de sus ejecutivos.

Nacido en Istambul, hijo de judíos iraníes, formado en Italia y en Harvard, Roubini alcanzó la celebridad entre los economistas pronosticando la crisis. Este “nómade global” ha seguido pescando en las aguas revueltas de la incertidumbre. Pero hay que reconocerle el talento y los argumentos para entrar al establishment demoliéndolo con golpes al mentón como: “Deberíamos arrojar por la borda nuestra fe en la estabilidad inherente, la eficiencia y a la resistencia de los mercados no regulados”.