Es simple. Si los países latinoamericanos no cambian su enfoque respecto de las inversiones extranjeras directas (IED), los ingresos futuros de éstas tendrán un efecto casi nulo sobre el desarrollo de los países. Y eso que la región atrajo unos US$ 77.000 millones en 2009 y más de US$ 130.000 millones en 2008.

Con las agencias de inversiones y emprendedores privados haciendo esfuerzos a veces épicos por convencer a tal o cual empresa extranjera de instalar un call center, un centro de desarrollo de software, una maquila textil, unafábrica de motores o de que invierta en el desarrollo petrolero off-shore,carbonífero o de cobre, la afirmación puede resultar insultante. Pero no lo es. Por desgracia, gran parte de las inversiones que arriban a la región se dirigen a materias primas, a servicios destinados a mercados internos y a manufacturas en tecnologías mediabaja. El resultado es que, en general, no logran impulsar la productividad de manera decisiva.

No todas las inversiones extranjeras son buenas.

Ésta es la conclusión de un exhaustivo informe que publicó la Cepal hace unas semanas. “A dos décadas de la liberalización de la IED, la estructura productiva de América Latina y el Caribe sigue caracterizándose por su poca generación y su limitada difusión del conocimiento”, dice el documento.

“Diversos estudios muestran que no existe relación directa entre la IED y la productividad y crecimiento de las economías receptoras”. Según la Cepal, es casi ingenuo creer que la inversión extranjera “es por sí sola una panacea que transfiere tecnología y cambia la estructura productiva”.

Esto no significa que lo realizado hasta ahora por los distintos países dé lo mismo. Costa Rica es un ejemplo de ello. Con unos modestos US$ 1.323 millones en IED en 2009, posee una política de atraer inversiones en manufacturas de alta tecnología, artículos médicos y servicios exportables. El año pasado logró inversiones de Boston Scientific, Allergan, Hologic y Hospera y la llegada de Merrill’s Packaging. Así, en manufacturas ingresaron US$ 343 millones y en servicios US$ 893 millones.

Si se comparan esos números con los de Chile o de Colombia se advierten las diferencias en las estrategias de captar capital externo. En términos absolutos ambos países tuvieron más inversiones en 2009 en manufacturas, US$ 458 millones y US$ 536 millones, respectivamente. Pero al integrar la categoría de recursos naturales se aclara el enfoque distinto: Chile obtuvo US$ 1.040 millones y Colombia US$ 5.742 millones. ¿Costa Rica? US$ 76 millones.

No se trata sólo de que Costa Rica tenga, en comparación con Chile y Colombia, una dotación menor de recursos naturales. Ni Guatemala ni Honduras, ni Nicaragua recibieron inversión en manufacturas ni servicios comparables.

“Hay una fuerte presencia de inversiones extranjeras, que es determinante en el desarrollo económico, pero suele concentrarse en la explotación del mercado doméstico o de los recursos naturales”, dice el economista Bernardo Kosacoff, director académico del Centro de Empresa, Competitividad y Desarrollo (CECD). Para peor, en los recientes cambios de la economía global se observa “que hay transnacionales que comenzaron a relocalizar las tareas de tecnología en países menos desarrollados como India, China, Irlanda, y en nuestra región, salvo Brasil, participan muy poco”.

¿Por qué pasa esto? “Cuando en esas empresas se discute con las filiales dónde ir, les asignan esos recursos a las áreas del mundo que ofrecen mejores condiciones”. Esas “condiciones” son de distinto orden. Una, por ejemplo, es la calidad institucional respecto a las normas de propiedad industrial. Algo en lo que la región aún está atrasada.

Para Carlos Schwartzer, especialista argentino en economía industrial, esto también “tiene que ver con las decisiones de especialización que toma un país”. Las IED más valoradas y con mayor valor agregado son las que se centran en la investigación y el desarrollo (I+D). El punto es que no existe una I+D genérica. “Ninguna firma va a localizar una inversión en ámbitos donde esa tecnología no existe, porque ésta tiene que convertirse en rentabilidad”, afirma.

Ello explica por qué en los últimos seis años toda Latinoamérica recibió apenas 197 proyectos IED en áreas de investigación y desarrollo. Es decir, alta tecnología. Éstas tuvieron lugar en 10 países, pero se concentraron en Brasil (39%), México (28%), Argentina (11%), Chile (9%), Colombia (6%) y Costa Rica (3%). No por casualidad (sólo falta Uruguay) los países con los mejores centros educativos y abundancia relativa de investigadores en la región.

Para salir de esto, “los gobiernos deberían preocuparse por fortalecer su sistema de innovación y la IED es uno más entre los elementos que hay que coordinar”, dice José María Fanelli, del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (CEDES), con sede en Buenos Aires. Es posible que las IED sean una parte importante en el desarrollo real a largo plazo, pero los gobiernos, se deduce del informe de Cepal, deben entender que los inversionistas no arriesgan su dinero para desarrollar las economías receptoras. Lo arriesgan para ganar más dinero.