Al igual que una pareja divorciada, Cuba y EE.UU. están condenados a tratarse con una intimidad por el resto de sus vidas. Primero, están sus “hijos”: exactamente 2.013.155 en 2013. Es la cantidad, según la oficina del censo estadounidense, de cubano-estadounidenses.  No estarían allí si en La Habana no hubiera un régimen comunista. La geografía suele ser, al menos en parte, el destino.

También los une uno de esos bienes derivados del viejo “régimen ganancial” cuando Cuba era la “isla bonita” de los magnates, la fiesta y la corrupción, una que Washington mantiene con celo: la base militar de Guantánamo. Una ciudad verdadera en la que habitan cerca de 5.500 uniformados, con su respectivos McDonalds, Starbucks, Subway y unidades de detención y tortura de sospechosos de terrorismo.

Finalmente, los negocios: Los 11.167.000 habitantes de Cuba necesitan y demandan bienes y servicios que, potencialmente, pueden ser y serán abastecidos en gran medida por empresas de su vecino gigante.

Es por lo anterior que el fin de la hostilidad fría e imprecaciones mutuas entre ambas naciones, al que dan origen el último anuncio bilateral, es una buena noticia.

Algunos analistas respetados advierten que esto es un retroceso. Que ciertos medicamentos, maquinaria agrícola, remesas en dólares, visitas de turistas estadounidenses, mejoras en la infraestructura de Internet, uso de tarjetas de crédito, etc., no son más que oxígeno para una economía desfalleciente. Dan en el clavo, pero no en su cabeza. Más que desfalleciente, la economía ya está “fallecida”. Vive en un universo paralelo en el cual todos los excedentes se destinan a la renovación de la infraestructura energética y la mantención de la militar. Al igual que la “política” al interior del PC cubano, la economía se encuentra así en un estado de “stasis”, palabra griega que se refiere a una fase o “modo” de estabilidad en el cuál todas las fuerzas opuestas son iguales y “se cancelan unas a otras”. Nadie tiene demasiada energía (literalmente) ni capital para precipitar un proceso de cambio. Hasta cierto punto es bueno políticamente. Nada asegura que una caída abrupta del régimen vaya a ser una versión caribeña de la incruenta “Revolución de Terciopelo” que ocurrió en Checoeslovaquia, y menos que derive en una democracia multipartidaria. Es incluso más probable que un militar o ex jerarca menor del gobierno actual implante una dictadura o autocracia encubierta, lo cual sería trágico.

Cuba posee un activo gigantesco: un capital humano más sano y mejor educado que el de todos sus pares del Caribe, Centroamérica y gran parte de Sudamérica. Muchas de las miserias sanitarias y educativas del resto de la subregión están anuladas o moderadas. Ello es lo que abre la posibilidad de una explosión de actividad, desarrollo y prosperidad cuando Cuba se reconecte con el mundo en un entorno de libertades políticas y sus ciudadanos sientan a EE.UU. como un vecino y no como el “patrón” que fue antes de 1950.

Es por esto que las medidas de Obama van en la dirección correcta. Apuntan, en la práctica, a mejorar las libertades específicas de los ciudadanos cubanos de a pie. Son ellos los que deberán lograr cambios en las instituciones de su país. Porque lo que sostiene al gobierno que encabezan los hermanos Castro (aparte de un eficiente sistema de represión policial) no es la fe en los ideales de una sociedad comunista que fracasó. La argamasa que mantiene todo unido es una mezcla de la escasez dramática y nacionalismo.

Toda nueva riqueza que pueda crearse en la isla y beneficiar a sus habitantes debe ser bienvenida.