Sí, el primer ministro británico David Cameron y el premier italiano Mario Monti optaron por Davos, y la poderosa Angela Merkel participó en ambas cumbres. La canciller alemana marcó presencia en la invernal ciudad alpina que una vez al año se convierte en la capital económica momentánea del planeta y de ahí tomó avión para la calurosa capital chilena.

En las dos cumbres hubo una marejada de discursos, entrevistas y declaraciones. En las dos se firmaron acuerdos. En ambas hubo eventos periféricos, oficiales y extraoficiales. En ambas hubo protestas -las de Davos fueron más coloridas con mujeres en topless- aprovechando la abundancia de cámaras y reporteros. Y en ambas se gastó dinero. Sólo la seguridad costó en Davos US$30 millones, con 3.300 soldados custodiando el evento y el espacio aéreo circundante completamente cerrado. En Santiago, se movilizaron 5.000 policías para proteger a los 2.500 asistentes, dos policías por cada invitado.

Davos reunió a más multimillonarios -asistió una docena de los hombres más ricos del mundo, partiendo por Bill Gates-, pero Santiago ganó en jefes de Estado. Aparte de varios mandatarios europeos, incluyendo a la Merkel y al presidente español, Mariano Rajoy, acudieron a la cita casi todos los presidentes de América Latina. En total, 60 países representados y 43 jefes de Estado de la región, partiendo por Dilma Rousseff, quien debió interrumpir la visita por causa de un incendio en su país que dejó más de 230 muertos.

En la cumbre de Santiago se firmaron cerca de 30 acuerdos económicos y comerciales, en su mayoría bilaterales, algunos de los cuales comenzarán a dar frutos después de implementarse. También se aceitaron los engranajes de la integración regional, y la propia Angela Merkel se reunió con las presidentas de Brasil y Argentina para acelerar las conversaciones de un tratado de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur, instando además a sus colegas latinoamericanos y europeos a abrir los mercados y establecer un tratado similar entre Europa y America Latina.

Pero acaso el mayor impacto político de la cumbre de Santiago haya sido la ausencia de Estados Unidos. El peso político, económico y militar que tiene la mayor potencia del mundo en estas reuniones presidenciales es tan grande, que su mera presencia dificulta o quita prioridad a las posibilidades de diálogo y encuentro entre los otros países participantes. Como dijo jocosa y certeramente el presidente uruguayo, José Mujica, “nos ha costado casi 80 años hacer una reunión sin Estados Unidos”.

Otro hecho relevante y controvertido de la Cumbre de Santiago fue que Cuba, representada en la reunión por su presidente, Raúl Castro, asumió por un año la presidencia de Celac.

Sumando y restando, la Cumbre de Santiago fue una buena noticia para la región. Chile se promocionó bien como la nación más abierta y próspera de América Latina y casi todos los países firmaron acuerdos que los benefician.

Sin embargo, lo más importante, como siempre sucede en las reuniones internacionales, ocurrió entre bambalinas. Los discursos, declaraciones y firmas de documentos son sólo el marco para que se produzca la red de contactos e intercambio de ideas que son el verdadero objetivo de las cumbres.

El público muchas veces se queda con la sensación de que las reuniones internacionales sirven poco porque nada sustancial emerge públicamente de ellas. Pero la sustancia de las cumbres es el diálogo que surge en ellas, las amistades que se forman, el conocimiento que se comparte, el aceite que lubrica las relaciones entre los países del mundo.