Tras cerca de 250 años desde la creación de los primeros trenes, luego de varias muertes y resucitamientos en los países latinoamericanos, el citado medio de transporte no deja de fascinar, crear conflictos y provocar sueños y pesadillas tanto a empresarios como a gobernantes. En Sudamérica, el Corredor Ferroviario Bioceánico Central (CFBC) es el más reciente episodio de esta historia.

Se trata de una traza que uniría el puerto de Santos, en la costa atlántica de Brasil, con el puerto peruano de Ilo. Fuera de esto, no hay nada que sea seguro. Mientras que desde Perú se considera deseable un trayecto que evite el paso por Bolivia, en este último país consideran una estupidez no aprovechar, aunque haya que hacer todo de nuevo, la ruta ya existente Santos-Puerto Suárez y Puerto Suárez-Santa Cruz, el otrora mítico “Tren de la Muerte”, que cruza Matto Grosso do Sul.

Una cosa es segura, la ruta –que luego se mete al altiplano– resulta 1.250 kilómetros más corta que la que evita a Bolivia. Pero, claro, está el altiplano. Hasta ahora los interesados eran inversores chinos. El punto con estos megaproyectos es que no sólo buscan un retorno natural a la inversión por el servicio prestado, sino que además se usan para impulsar la industria exportadora del país que se lo adjudica o financia. Visto así, la aparición de Alemania, tras invitación de Evo Morales, en esta danza posee tintes tan interesantes como ambivalentes. De allí que la visita, en enero, de una delegación germana para discutir el tema en Santa Cruz, resulta exploratoria. ¿Podrán los alemanes ser socios de los chinos? ¿Los reemplazarán? Viendo el pasado, no sería raro que ambos proyectos se comenzaran y... no se terminaran.