“Si ellos fueran a salir de la zona del euro, cosa que no van a hacer, eso los llevaría hacia la extrema pobreza y a más dificultades que ahora”. Hmmm… “Expulsada de la eurozona, Grecia podría demostrarse más peligrosa para el sistema de lo que era dentro de él, al proveer un modelo de recuperación exitosa”. ¿Ehhh? La primera frase fue dicha a The Economic Times de la India por Jean Lemierre, el principal negociador de los acreedores privados en el último plan de recorte de deuda de Grecia. La segunda en Forbes por Arvind Subramanian, investigador sénior del Peterson Institute for International Economics. Sería fácil decir que esto es una muestra más de que nadie realmente sabe cuáles son las implicancias de la crisis europea. Pero la verdad es más dura. Debajo de todas las grandes palabras y teorías lo que subyace es una puja sobre quién pagará, empobreciéndose, por la destrucción fenomenal de valor ya ocurrida en el Viejo Continente.

Y no se trata solamente de ese “quién paga la cuenta” tan conocido por los latinoamericanos. Es más grave. Una amnesia, interesada o no, afecta a los políticos, economistas y ciudadanos de Europa respecto de una realidad básica y central: una moneda común permite la asignación del capital nominado por ella en una misma geografía y hace solidarios a todos los que la usan de los errores derivados de tal actividad, porque –precisamente– la moneda común es un sistema de señales común. Sin embargo, en la práctica, que Alemania, Holanda, Luxemburgo y Finlandia se hayan convertido en refugios para el fligth to quality dentro de la zona económica europea muestra que, como resultado de la falta de integración fiscal e impositiva del continente, ya hay dos euros: uno fuerte, sobrevaluado, válido como reserva de valor que está depositado en el centro del sistema, y otro pálido y etéreo, que se usa como medio de medida y transacciones en el resto. ¿Cómo se llegó a esto? No sólo ni principalmente por la falta de integración, sino porque el continente no pudo crear mecanismos que unificaran su competitividad. Si de algo son responsables los Estados y no los mercados es de no haber obligado a estos últimos a invertir en más productividad antes que en más ladrillos.

“La falla más importante es la falta de competitividad de las economías más débiles de la eurozona. Porque al no refrenar su exceso de inflación cuando se unieron al euro, se han vuelto altamente no competitivas”, dice Douglas McWilliams, titular del Centre for Economics and Business Research (CEBR) de Londres, en el último informe sobre la crisis. Ahora, la ironía es que si Grecia perdió un 24% de su participación en los mercados de exportación (Francia el 20% e Italia el 18), la de “España se ha incrementado en un 24%, Irlanda un 18% y la de Portugal, un 14%”. No fue suficiente para alcanzar al núcleo de la eurozona. Con tasas de interés “alemanas” durante el boom los precios españoles e italianos también se “germanizaron”.