En poco más de 48 horas, durante la segunda quincena de abril, desfilaron por Beijing el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y la presidenta de Brasil Dilma Rousseff. “La agenda de la presidenta es esencialmente económica”, dijo Roberto Dias, editor adjunto del Cuaderno de Mercado del diario Folha de São Paulo.

El mismo lenguaje empleó Zapatero, un eufemismo para evitar referirse a los Derechos Humanos, tema tabú para todo huésped oficial del presidente Hu Jintao.

Pero la liebre, según la tradición, no es una apostadora ciega, y Zapatero tuvo que aprenderlo sobre la marcha. Tras anunciar con bombos y platillos que el fondo soberano China Investment Corporation (CIC) invertiría en España € 9.000 millones en títulos de deuda pública y en la reforma del sistema de cajas de ahorro, fuentes del Ejecutivo español tuvieron que aclarar que se trataba de estudios preliminares. Del destacado artista visual Ai Wawei, encarcelado a comienzos de mes y acusado de delitos económicos, o de las decenas de disidentes detenidos, ni una palabra.

Mejor le fue a la mandataria brasileña, quien firmó numerosos acuerdos en el área comercial y tecnológica. Sin mayor estrés en sus cuentas públicas y rico en recursos naturales estratégicos para China, Brasil logró asegurar inversiones en el área de la soja y tecnológica y solidificar las operaciones de Embraer en el gigante asiático.

La liebre china también dio otro ejemplo de su particular sentido estratégico internacional a comienzos de mes, durante la inauguración del nuevo estadio de San José, Costa Rica. No sólo fue construido por un ejército de 600 disciplinados obreros chinos; Beijing donó los US$ 100 millones que costó la obro como premio a la decisión del gobierno costarricense de Óscar Arias de romper relaciones con Taiwán.

“En el mediano y largo plazo toda Centroamérica terminará vinculada con China, pese a los esfuerzos de Taiwán para impedirlo”, dijo a la agencia AFP el analista costarricense Rodolfo Cerdas.