El último 29 de abril un grupo de bloggers, inversores y techies del Silicon Valley partieron hacia São Paulo, la primera escala de Geeks On A Plane (GOAP, por sus siglas en inglés), un viaje anual para tender puentes con pares, emprendedores e innovadores de otras latitudes.

"Hay conciencia de que la innovación hay que buscarla en cualquier lugar del mundo y América Latina se mueve hacia la sociedad del conocimiento. Algunos países por dinámica propia, otros por gran esfuerzo de sus gobiernos”, dice el español Pedro Moneo, miembro de la comitiva, CEO de la firma de inversiones Opinno y editor responsable de  Technology Review en español, emblemática publicación del MIT.

Durante la última década los países de la región han identificado la inversión en investigación y desarrollo e innovación como una prioridad. Brasil duplicó la inversión en I+D del 0,7% al 1,4% del PIB; Argentina comenzó en 2003 con un préstamo del BID por US$ 280 millones; en 2007 creó un ministerio para el área al modo brasileño y en 2009 sumó otro acuerdo con el BID, ahora por US$ 750 millones. Perú lanzó en 2006 el Fincyt, dependiente del consejo de ministros, y ejecutó su presupuesto en tiempo récord. En Colombia, Colciencias, después de varios programas exitosos durante 2009, lanzó un programa a 10 años.

En los últimos 25 años la misma producción de commodities absorbió sorprendentes volúmenes de innovación. En Brasil, Petrobras ha liderado un clúster de innovación para la industria petrolera que le ha permitido consolidarse como líder en la perforación en aguas profundas, capturando 23% de las operaciones mundiales. Desde hace un lustro la empresa invierte más de US$ 280 millones en I+D en 50 áreas temáticas y ha armado una red de más de 130 instituciones de investigación. A eso hay que sumar el círculo de proveedores. Sólo en el campus de la Universidad Federal de Rio de Janeiro siete empresas de la talla de Schlumberger y Halliburton están radicando centros de investigación.

Ni qué hablar del sector agropecuario, sobre todo las producciones extensivas de Brasil y Argentina. Después de inversiones de largo plazo en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, en Argentina, y la Empresa Brasileña de Investigaciones Agropecuarias (Embrapa),  se creó una masa crítica de productores que han implementado una serie de paquetes tecnológicos, como la siembra directa, la agricultura de precisión y la utilización de semillas genéticamente modificadas.

Presencia obligada en la lista: el etanol de caña brasileño, por lejos el más competitivo del mercado internacional.  Desde mejoras genéticas que permitieron más que doblar los rendimientos, hasta mejoras en los procesos productivos en las plantas de producción. Ahora su objetivo es lograr una nueva generación de biocombustible y expandir la producción independientemente de la frontera agrícola.

Por otra parte, los aprendizajes en genómica y biología molecular abren un abanico de posibilidades tan extenso como la biodiversidad. Un ejemplo es BiosChile, empresa que aprovecha los moluscos bivalvos extrayéndoles la pegotina, un adhesivo natural para producir distintas proteínas.

Los conocimientos en materiales y nanotecnología también están siendo aprovechados por el sector industrial. “Aceros especiales, minerales con nuevas propiedades y plásticos biodegradables que han sido desarrollados en nuestras universidades y hoy se aprovechan en la industria”, dice desde Campinas Felipe Mattos, CEO de Inventta, unidad de negocios del brasileño Instituto de la Innovación. Por lo pronto, la brasileña Brasken o la argentina Tenaris han lanzado sus laboratorios y redes para multiplicar la alquimia y obtener productos de mayor valor agregado.

Pero sin duda la gran vedette son las tecnologías de la información y las comunicaciones. “Por las grandes inversiones privadas y del gobierno que se están haciendo en Chile, Brasil, Colombia y Argentina, en los próximos 25 años es posible que el nuevo Facebook o Google venga de América Latina”, dice Mattos. ¿Descabellado? En todo caso varios geeks de la región han dado de que hablar. Están los ejemplos de los mexicanos Miguel de Icaza y Federico Mena, que en 1997 lanzaron el proyecto Gnome, actualmente el entorno de escritorio más popular entre los usuarios de Linux y Unix. Empresas de servicios como la mexicana Softec, o las argentinas Globant y Prominente, han logrado posicionarse permanentemente en top 100 de los mejores proveedores globales de outsourcing según la International Association of Outsourcing Professionals® (IAOP).

“Y hoy las posibilidades son mucho mejores que en la época de las puntocom”, dice Pedro Moneo, editor de Technology Review. “El mercado es 10 veces mayor, los costos de banda ancha 10 veces menores, los lenguajes de programación mucho más versátiles y, además, en español se puede integrar todo un bloque internacional”.

Todo por delante. Sin embargo, algunos indicadores advierten que la innovación en América Latina aún es emergente y sectorizada. Si la innovación, y especialmente la I+D, explican entre el 40% y el 70% del crecimiento de la productividad en el largo plazo, en América Latina queda mucho por hacer.  Entre 1990 y 2005 la productividad latinoamericana aumentó en sólo 1,5% anual contra 2,4 % de los países desarrollados y 4% en Asia.

Pese a los anuncios y proyectos, el crecimiento de la inversión en I+D ha sido marginal. Sólo Brasil la duplicó con respecto al PIB y explica el 60% del gasto regional en la materia. Menos de 40% de la actividad de I+D lo lleva delante el sector privado y eso preocupa a los analistas. “Una patente no es innovación, una patente en un plan de negocio, y un equipo de gestión sí lo es”, dice Nathan Young, CEO de Neos, empresa chilena especializada en transferencia tecnológica.

Para peor, según estudios del BID, más de la mitad de la innovación privada es adquisición de capital, proporción que crece a medida que disminuye la escala del mercado. “Y la compra de tecnología cerrada acerca a la empresa hacia la frontera productiva, pero no genera una innovación distintiva”, dice Gustavo Crespi, analista en ciencia y tecnología del organismo multilateral.

Varios países están buscando alternativas. Argentina está inyectando recursos para incentivar la relación universidad-empresa subsidiando la contratación de investigadores. El Tecnológico de Monterrey, en  México, armó cinco clústers para conectar startups, grandes empresas y el pool de talentos de la universidad. En Chile se lanzó Start-up Chile, un llamado internacional para radicarse al menos seis meses en el país para desarrollar proyectos, a cambio de un subsidio de sólo US$ 40.000 y visado inmediato. En un primer llamado para 110  plazas recibieron  328 aplicaciones de 28 países diferentes, incluyendo emprendedores del MIT, Harvard, Stanford, Wharton, y la London School of Economic, entre otros. Para fines de 2011 serán 300 los subsidios otorgados.

“Con muy poco dinero habrán insertado lo más innovador y esforzado del mundo para impulsar la cultura de la innovación”, dice Moneo, el editor de Technology Review, aprestándose a tomar el avión a Buenos Aires, la última escala de los Geeks On A Plane.