Pocos presidentes en América Latina han recibido tantos votos como Juan Manuel Santos. El colombiano, heredero político del presidente saliente, Álvaro Uribe, recibió 70% de las preferencias del electorado en el tercer país más poblado de América Latina.

De hecho, recibió dos millones de votos más que con los que Uribe ganó su elección anterior, reflejo del enorme apoyo y las mayores expectativas que hay sobre el presidente entrante en un país con desafíos complejos.

Pese a la disminución que ha tenido la violencia en Colombia, el crónico conflicto con las guerrillas y con los carteles de la droga sigue siendo una fuente de inestabilidad para ese país. La economía, pese a que ha ganado fortaleza gracias a la política de seguridad democrática y profundas reformas que favorecen la inversión extranjera, aún no consigue reducir las altas tasas de desempleo (una de las mayores de toda América Latina), resolver el quebrado sistema de salud ni lidiar con el persistente déficit fiscal.

Los conflictos políticos con sus países vecinos además han derivado en fuertes tensiones comerciales con éstos, especialmente con Venezuela, país que se había transformado en el principal socio mercantil de Colombia. Una situación que empeoró con la obstaculización legislativa que tuvieron las negociaciones por un acuerdo de Libre Comercio con Estados Unidos, en el cual el país había centrado gran parte de sus apuestas de integración comercial.

De hecho, hoy Colombia es, después de Brasil y Venezuela, la economía con menor apertura económica de América Latina, si se estima ésta como proporción del comercio internacional (importaciones más exportaciones) sobre el PIB.

Santos es un político de carácter fuerte y de estilo pragmático, favorecido con una formación política en varios frentes. En la década de los 70 vivió nueve años en Londres, representando a los empresarios cafeteros en una organización internacional. Además de ser subdirector de uno de los principales diarios del país, fue ministro de Comercio Exterior con César Gaviria, ministro de Hacienda con Andrés Pastrana y ministro de Defensa con Álvaro Uribe.

En su gestión como ministro de Uribe protagonizó algunos de los eventos más cuestionables de ese gobierno, como el escándalo de los falsos positivos (civiles muertos a los que se hizo pasar como víctimas de la lucha contra las Farc), el reconocimiento de las ejecuciones extrajudiciales en Colombia por parte de las Fuerzas Armadas bajo su mando, así como la Operación Fénix, que terminó con un bombardeo en territorio ecuatoriano en su batalla contra las Farc, violando así todas las normativas y acuerdos internacionales.

Su cercanía con Uribe, a quien mantendrá como asesor, genera incertidumbre sobre la independencia que podría tener el poder judicial para investigar las vinculaciones de aliados políticos del ex presidente con los paramilitares, dadas las presiones que ya han existido desde el ejecutivo sobre los responsables de juzgar.

Santos no ha obviado los temas: ha reconocido muchos de los desafíos que Colombia tiene con la seguridad, con la institucionalidad democrática y con los derechos humanos, los que explicitó durante el último trecho de su campaña. Son claves para el reconocimiento internacional que Colombia necesita y que por ahora, por ejemplo, han sido el principal obstáculo para el TLC con EE.UU.

De lograr restablecer los vínculos internacionales y la legitimidad internacional de sus instituciones, Santos podrá conducir a Colombia a transformarse en el nuevo milagro económico de América Latina. Tal como lo fue Chile en los 90 o Brasil en los últimos años.

Hoy Colombia es el cuarto receptor de inversión extranjera directa en la región, después de Brasil, Chile y México. Su industria diversificada, la buena calidad de sus recursos humanos, su acceso a dos océanos y la enorme cantidad de recursos no explotados pueden llevar a una Colombia estable, segura y democrática y convertirse en el protagonista de un gran boom económico. Es el milagro que todos esperamos de Santos.