-¿Qué cabe esperar  de un eventual triunfo en octubre?

-Creo que el régimen se tornará más discrecional y más intolerante con la disidencia. El Estado ya ha comenzado a castigar a importantes actores de la oposición y funcionarios altos han afirmado recientemente que no creen en el concepto de frenos y contrapesos y en la separación de poderes. El régimen podría nunca llegar a prohibir completamente la competencia política, pero se moverá de manera agresiva para detener las acciones de aquellos que tengan capacidad de hacer resistencia.  

-Muchos venezolanos temen una radicalización del régimen, de ganar las elecciones. ¿Cree que este miedo tiene fundamentos?

-Sí, si por radicalización entendemos el control estatal de la economía. Es la dirección que han seguido en todos los sectores desde 2007, con excepción del petróleo, donde se han moderado.

-¿Cree usted que los opositores han aprendido la lección y tienen ahora una propuesta electoral seria?

-Definitivamente sí. Han aprendido más o menos a evitar los escollos del pasado: abstenerse demasiado, pedir prematuramente la renuncia del presidente, abrazar un discurso punitivo, eludir  los sacrificios necesarios para lograr la  unidad o recurrir a dirigentes políticos del pasado. Hoy piden “defender el voto”.  Ahora bien, es incorrecto asumir que la oposición no ha podido ganar por sus errores. Sus problemas derivan del hecho que en América Latina los presidentes en ejercicio tienen la ventaja, especialmente en períodos de bonanza económica y booms de consumo, y especialmente cuando adoptan un discurso de odio hacia la oposición. El populismo agresivo en América Latina ha logrado retener el poder  mientras tenga dinero para gastar. Y caen cuando se quedan sin caja. El PSUV no ha llegado a este punto de aprieto económico todavía.

-¿Cuán tenues (o sólidas) son las posibilidades de la oposición para ganar el voto cambiante, a los chavistas desilusionados o un número crítico de votos populares?

-Ésa es la pregunta crítica. Tiene una posibilidad importante, pero no asegurada. Mi corazonada es que las personas indecisas han desarrollado un fuerte temor al cambio, o más bien una cierta desconfianza hacia una fuerza política desconocida. Esto es un problema para la oposición. Debe prometer un cambio sustancial, y no está claro que esto sea lo que los votantes indecisos quieren oír.

-¿Cree usted que incidan en los resultados el miedo a represalias y a que el voto no sea del todo secreto?

-Si, estos temores son más fuertes entre aquellos que interactúan estrechamente con los chavistas: los que trabajan en el sector público, viven en barrios con mayoría chavista o estudian en escuelas gubernamentales. Tienen más de una razón de temer ser descubiertos y sufrir las consecuencias.

-Otro escenario plausible es que Chávez no pueda terminar su mandato por problemas de salud. ¿Qué ocurriría si Chávez muere? ¿Tiene futuro un chavismo sin Chávez?

-Parte del problema es que el propio Chávez ha hecho todo lo que tenía a su alcance para mantener el asunto de la sucesión como un enigma. En democracia esto no debe ser nunca un misterio. Hay reglas claras para decidir el tema de la sucesión. Pero en Venezuela es un misterio total quién será el sucesor y, más todavía, si se respetarán las reglas. La Constitución señala claramente que, si el presidente muere en los primeros cuatro años de su mandato, el vicepresidente debe asumir y llamar a elecciones en los siguientes 30 días. Pero quién sabe si Chávez intentará modificar este artículo, o cuán comprometido está con su vicepresidente. Una cosa es segura: que el tema de la sucesión dependerá de los distintos sectores al interior de las fuerzas armadas. Algo que no cabe esperar en una democracia.