América Latina entró de lleno en la política global del Medio Oriente. Brasil inició el paso al reconocer a Palestina como un Estado independiente y sus fronteras de 1967, antes de la ocupación israelí, lo cual implica la integridad de los territorios palestinos: la franja de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este. El gesto diplomático fue rápidamente seguido primero por Argentina, y luego por Ecuador y Bolivia. Al cierre de esta edición, Uruguay, Chile y Paraguay analizaban replicarlo.

No son los primeros en hacerlo en la región. Cuba, Nicaragua, Costa Rica y Venezuela ya lo habían hecho. No obstante, es la decisión brasileña acompañada por la argentina la que le ha dado un peso continental al reconocimiento de Palestina en un momento en que no son pocos los que han expresado un agotamiento de paciencia ante los nulos avances de las conversaciones de paz entre israelíes y palestinos.

La medida fue calificada de “imprudente” y “prematura” por EE.UU., el aliado más fuerte de Israel en el planeta. Los países europeos la observan con detención; aunque ninguno ha hecho el reconocimiento oficial del Estado palestino, buscan estrategias alternativas para Oriente Medio. Inglaterra de hecho recientemente elevó el estatus de su oficina de representación en Palestina a la de misión diplomática, gesto que podría ser replicado por otros países del viejo continente. Un cambio simbólico en una región y en un tiempo donde los símbolos han sido más relevantes que los principios jurídicos. En 1947, la Resolución 181 de las Naciones Unidas aprobada por la mayoría de la Asamblea Plenaria recomendó el término del mandato británico de Palestina y la partición del territorio en dos Estados: Israel y Palestina. Se trata de una resolución que, pese a no cumplirse, sigue vigente. Hoy los palestinos viven en un conjunto de asentamientos desconectados entre sí, rodeados de muros amenazantes y vigilados por francotiradores. Tienen que movilizarse en su propio territorio bajo el control de policías y agentes de otro país, no tienen el control de recursos naturales, como el agua, tan escasa en la zona, y su comercio exterior está sujeto a la voluntad y discrecionalidad de agentes extranjeros.

La decisión brasileña no se inspira en la simple simpatía de un gobierno de centroizquierda a una causa históricamente respaldada por esa sensibilidad. El profesionalismo de Itamaraty, el centro de la diplomacia brasileña, apunta mucho más lejos que las causas ideológicas. De hecho, Israel es el único país del mundo fuera del Mercosur con que Brasil ha firmado un acuerdo de libre comercio. No es secreto que el objetivo brasileño es ofrecer una referencia alternativa en los delicados temas del Medio Oriente buscando fortalecer su liderazgo en la comunidad internacional. Aunque se le pueden atribuir fracasos, como la reciente iniciativa conjunta con Turquía para abordar las armas nucleares de Irán, cuando se habla del Medio Oriente ninguna potencia mundial puede mostrar un registro diplomático inmaculado.

Su ambición por ocupar un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y ser un referente internacional entre los países del BRIC y de los diálogos Sur-Sur es consecuente con un orden global multipolar, en el que América Latina no puede quedar fuera. Por ello que Argentina se sumó rápidamente. “Nuestro país apoya las iniciativas de diálogo y paz de la comunidad internacional para una salida pacífica al conflicto palestino-israelí”, dijo el canciller argentino, Héctor Timerman, quien es de origen judío. “El gobierno argentino cree que ha llegado el momento de reconocer el Estado palestino como libre e independiente”.

El mensaje hemisférico llegó al mismo Israel, que pese a declarar las decisiones de los países latinoamericanos como altamente perjudiciales, su ministro de Industria y Comercio, Ben Eliezer, urgió a sus autoridades a reiniciar las negociaciones de paz. Si no, “todo el mundo podría reconocer al Estado de Palestina dentro de un año”.

Será uno de los temas a seguir de cerca en 2011. Si la decisión diplomática brasileña genera una presión global para que se reinicien las conversaciones que encaminen a una solución, podría convertirse en el legado internacional más importante del gobierno de Lula.