Ha surgido una prueba más de que los subsidios directos a los pobres a cambio de que envíen a sus niños a la escuela son efectivos. “Entre los niños de las familias de ingresos más bajos, pequeñas diferencias en los ingresos se asocian con diferencias relativamente grandes en la superficie de varias regiones en el cerebro asociadas con destrezas importantes para el éxito académico”, dice Kimberly G.

Noble, director del NEED (Neurocognition, Early Experience and Development) del Laboratorio del Centro Médico de la Universidad de Columbia.

Resume así el trabajo en el cual se investigó a 1.099 niños y jóvenes de tres a veinte años, aislando los efectos del cuidado y educación de los padres (o familias), así como sus antecedentes genéticos. “Mientras que de ninguna manera implicamos las circunstancias socioeconómicas lleven a cambios inmutables en el desarrollo cerebral o la cognición, nuestros datos sugieren que un acceso amplio a recursos, como los que pueden ser pagados por los más prósperos, pueden llevar a diferencias en la estructura del cerebro de los niños”, complementa otra investigadora, Elizabeth Sowell, del Instituto para el Desarrollo de la Mente, perteneciente al Hospital de Niños de Los Ángeles.

A fin de cuentas es bastante obvio. “El ingreso familiar está ligado a factores como la nutrición, el acceso a cuidado médico, escuelas, zonas de juego y –a veces- a la calidad del aire”, concluye Sowell.