En la comunidad agrícola de Licapa, en la región peruana de Ayacucho, el temor es grande. La producción de lana y carne es cada vez menor: las alpacas no se quieren reproducir y las vicuñas invaden las zonas de las alpacas; a las plagas de polillas se suman las de langostas y hasta las hierbas, dicen, crecen menos.

El calentamiento global ha acelerado el derretimiento de los glaciares andinos, lo que está cambiando todo el sistema climático, económico y hasta social de cientos de pueblos de los Andes que hace siglos viven y se sustentan en sus valles.

Para frenar la desaparición de los glaciares, que son los grandes reguladores de agua de los valles andinos, los campesinos de Licapa han puesto su esperanza en una iniciativa de Eduardo Gold Aráoz, jefe de la ONG Glaciares del Perú: pintar de blanco áreas antes ocupadas por los hielos eternos con el fin de promover el enfriamiento de la tierra y la posibilidad de que los glaciares se vuelvan a formar.

Aunque la idea suena algo excéntrica, el Banco Mundial otorgó a la ONG US$ 200.000 para poner a prueba la iniciativa. Y el respaldo que está recibiendo de los habitantes de las zonas afectadas es una muestra de la urgencia que éstos sienten por detener un proceso que, en diferente medida e intensidad, afecta las regiones andinas desde Colombia a Chile.

Según Gold, Perú ha perdido ya 30% de sus glaciares, con lo cual quedan unos 1.200 kilómetros cuadrados en el país. Mantenerlos, asegura, no sólo es bueno para la provisión de agua de las sierras y la costa, sino que el frío de los glaciares ayuda a compensar el calentamiento que producen las emisiones de dióxido de carbono (CO2) de los automóviles. “Si calculamos que cada automóvil emite cerca de seis toneladas de CO2 al año, con esos 1.200 km2 compensamos el calentamiento que producen 60 millones de vehículos”, asegura. El problema, dice Gold es que “perdemos los hielos a un ritmo en el cual, dentro de 20 años, sólo compensaremos la emisión de cinco millones de automóviles”.

La mayoría de los gobiernos de la región, excepto el de Bolivia, no están preparados ni buscando moderar la desaparición de los glaciares.

Como la situación aún no resulta catastrófica y, en muchos casos, no ha afectado a los grandes centros productivos de los países andinos, la mayoría de los gobiernos de la región, con excepción del de Bolivia, no están ni preparados ni menos buscando formas de moderar o neutralizar la desaparición de los glaciares. Ello pese a que muchos expertos anticipan que los cambios en agricultura, infraestructura y energía que resultarán de la desaparición de los hielos podrían cambiar el mapa económico y social de muchas regiones e incluso países enteros.

“En Perú el gobierno dice: ‘No se puede hacer nada. Se acaban los glaciares aquí y en el mundo’. Y ese discurso no lo quieren cambiar”, dice Gold al referirse a cómo el gobierno de Alan García enfrenta el problema.

“El tema todavía no hace parte de la conciencia colectiva de nuestra dirigencia política”, dice Juan Mayr, ex ministro de Medio Ambiente de Colombia y fundador de la Fundación Pro-Sierra Nevada de Santa Marta. “La dirigencia es muy cortoplacista. Y éste es un fenómeno muy incipiente. Tenemos que cambiar el sistema económico mundial y transformar el modelo de desarrollo para verdaderamente encarar el problema”, asegura el ex ministro. Esto explica, según Mayr, el fracaso de la Cumbre de Copenhague a fines de 2009. “Me pareció absurdo que hayan ido todos los presidentes sin tener previamente un acuerdo, así gastamos lo que debía ser la última instancia”.
Gran parte de la descoordinación mundial para enfrentar el tema se debe básicamente a grupos que creen que el calentamiento detectado no corresponde a la acción humana, sino a ciclos climáticos propios de la tierra y que, por lo tanto, tomar medidas fuertes no tiene sentido, y a quienes creen que mayores regulaciones en este ámbito afectarán sus intereses comerciales.

De lo que nadie duda es que el calentamiento es real y que las emisiones de gases invernadero contribuyen al aumento de las temperaturas.

En un trabajo científico sobre el tema publicado en la revista Nature a fines de abril, un equipo liderado por Joeri Rogelj y Malte Meinshausen concluye que hacia 2020 las emisiones globales podrían ser 20% más altas que las actuales. Lo cual significa una probabilidad mayor a 50% de que el calentamiento exceda los 3ºC hacia el año 2100. Y aún en el caso que las naciones del mundo acordaran disminuir a la mitad las emisiones en 2015, el estudio asevera que todavía existe un 50% de posibilidades de que el calentamiento exceda 2ºC y que casi ciertamente excederá 1,5Cº.

JUSTICIA CLIMÁTICA
En Bolivia, el pintoresco refugio-restaurante de estilo austríaco de Chacaltaya, cerca de La Paz, es una señal clara de los cambios. Alguna vez fue la pista de esquí en uso más alta del planeta y hasta 1987 aún se podía esquiar ahí en verano. Hoy sólo tiene unos bloques de hielo huérfanos y el refugio cuelga de un peñón rocoso y seco.
No muy lejos de allí, en las faldas del imponente Illimani, está el pequeño pueblo de Khapi, en el cual viven unas 40 familias. Al igual que las de Licapa, ellos también sufren con el derretimiento del glaciar. Apoyados por el gobierno y representados por abogados, los habitantes han impulsado el concepto de “deuda climática”: que los países y empresas que más contribuyen al derretimiento glaciar paguen a los grupos perjudicados por el alza de temperatura.

El presidente boliviano, Evo Morales, lanzó esta idea en junio del año pasado, pero detrás del concepto se encuentran Pablo Solón, embajador de Bolivia ante la ONU, y Angélica Navarro, la negociadora boliviana en temas climáticos. Solón impulsa la creación de una Corte de Justicia Climática global. El concepto fue parte central de la cumbre alternativa del cambio climático que tuvo lugar en Cochabamba hace un mes. Hernán Giardini, experto en cambio climático de Greenpeace Argentina, estuvo en la cumbre y dice que “hubo mucha discusión sobre la necesidad de crear un tribunal de justicia climática que sirva para que, si no hay justicia interna en los países, se acuda a él”.

Según Giardini, la idea es que algunas naciones financien fondos que “que sirvan para la adaptación y para mejorar las matrices energéticas, por ejemplo”. El tema es complejo, ya que surgen preguntas como cuánto es esa deuda y cómo se distribuye, afirma el experto de Greenpeace. De todas formas, Bolivia buscará introducir la deuda climática en el encuentro mundial que se celebrará en Cancún en noviembre.

AVANZA EL DESIERTO
Mientras en Colombia, Perú, Bolivia y Ecuador los regímenes de lluvias alterados y la desaparición de los glaciares impactan centros productivos y humanos vitales (en Colombia la zona andina concentra 80% de la población urbana y 85% del PIB), en las regiones andinas de Argentina y Chile los cambios se producen en zonas poco habitadas, ya muy secas y alejadas de los núcleos del poder central. Para Giardini, a mediano plazo la mayor desertificación esperada afectará la generación hidroeléctrica y la producción vitivinícola y de aceitunas en Argentina.

Al otro lado de la cordillera, Chile podría llevarse una sorpresa muy desagradable cuando los efectos del calentamiento lleguen a su Valle Central, la principal zona agrícola de ese país. “Los modelos son bastante coincidentes en pronosticar una reducción de la pluviometría de toda la zona central del país, que va entre 10% y 25%”, dice Fernando Santibáñez, doctor en bioclimatología e investigador del Centro de Agricultura y Medio Ambiente de la Universidad de Chile. “Esto es como si las zonas áridas del borde del desierto de Atacama se desplazaran hacia el sur”.

Algunos expertos chilenos calculan que en los próximos 100 años toda la agricultura chilena se desplazará unos 200 kilómetros hacia el sur.

Según Santibáñez, el cambio climático puede tener efectos en “las cuencas bastante más al sur, incluida la zona  húmeda de Los Lagos”. Esto último por medio de la “escorrentía”, es decir, el momento y forma que toman los deshielos y el flujo del agua en los ríos. “El caudal de los ríos descenderá más o menos en igual proporción que la pluviometría, es decir, entre 10% y hasta 30% y se prevé un desplazamiento estacional de la escorrentía como consecuencia del alza en la línea de nieves”.

¿Qué significa esto? “Que más agua líquida escurra en invierno y menos nieve quede para alimentar los caudales de verano. Esto enfrenta a la agricultura a un problema importante que tiene que resolverse por la vía del aumento de la eficiencia de riego y el mejoramiento de su infraestructura”, afirma el experto chileno. De no ocurrir, los costos sociales y humanos podrían ser muy importantes.

Irónicamente, un mundo más cálido podría volver en ventajas ciertos rasgos geográficos que por mucho tiempo fueron considerados obstáculos al desarrollo y la integración: se trata de su aislamiento entre dos grandes océanos y su larga extensión norte sur.

“Creo que Chile y Argentina tienen grandes oportunidades si consideramos que el mundo en general se verá más complicado con el cambio climático que el Cono Sur sudamericano. Esto por una razón física, pues el efecto oceánico, especialmente hacia el extremo sur del continente, amortiguará el calentamiento, luego nuestros dos países van a ganar ventajas competitivas relativas en el contexto mundial”, dice Santibáñez. “Como tenemos oportunidades y problemas comunes, la complementación agrícola podría ofrecernos grandes oportunidades en un mundo aproblemado por el cambio climático”.

CUMBRES BLANCAS
Aunque la ONG de Eduardo Gold aún no ha recibido los fondos del Banco Mundial, su grupo y los habitantes de la zona ya se han arremangado las camisas. “Estamos pintando la montaña de Shalon Sombrero en el Abra Apachata. La cumbre está a 5.000 metros y pintamos a 3.900 metros”, cuenta. Todavía es demasiado pronto para ver resultados concretos, pero el experto asegura que han logrado que alguna pequeña capa de hielo reaparezca donde hacía largo tiempo no se la veía.

Claro que desde Lima se sigue viendo con escepticismo su iniciativa. En diciembre, el ministro de Ambiente peruano Antonio Brack, aseguró que “pintar de blanco los Andes es una tontería”. Según el ministro, la viabilidad es dudosa pues “costaría unos US$ 1.500 millones y habría que renovar cada dos años la pintura”.

Pero Gold no se deja amilanar y prefiere apostar a su idea. “Creemos que vamos a interesar a grupos económicos para que inviertan”.

De hecho, si algunos han propuesto sembrar nubes o instalar espejos en el espacio (que devuelvan la luz como la pintura de Gold) su geoingeniería modesta, barata, casera y ya probada en los calurosos pueblos del Mediterráneo, merece la oportunidad de demostrar que puede hacerse algo para que las montañas andinas sigan siendo la fuente de sustento y futura prosperidad para millones de latinoamericanos.