Son muchos los datos que confirman que el mercado de la música es mucho más digital de lo que se piensa. En 2004 los formatos físicos de consumo de música mundial correspondían a US$22.300 millones de facturación en el mercado, mientras que la música digital representaba apenas US$400 millones. Nueve años después –según la Federación Internacional de la Industria Fonográfica– esta cifra se situó en US$5.900 millones (de un total de US$15.000 millones que generó la industria en 2013). En América Latina, por ejemplo, la recaudación por música online aumentó en 124% de 2010 a 2013, muy por encima de la media global de 28%. En el Perú, por ejemplo, en 2013 el crecimiento fue de 149%. “Incluso con toda la polémica que envuelve este nuevo formato de distribución, el sistema para compartir música digital ganó espacio y otras soluciones fueron desarrolladas, lo que generó cambios también en el sector comercial”, afirma, en Lima, Rafael Santos, analista de marketing digital.

Los grandes responsables por esa mutación en la región latina y en el resto del planeta son los servicios por suscripción vía streaming (transmisión instantánea de datos) y las radios online, cada vez con más difusión.

El más polémico de ellos es el streaming, que divide opiniones en el mercado, pues es visto por algunos como el enemigo de la industria y, por otros, como un gran salvador.

El gigante

Y si del tema se habla, es inevitable ir al encuentro de Spotify, el mayor servicio de streaming en el mundo. Rompió la marca de 60 millones de usuarios hasta el final del año pasado, 15 millones de los cuales son suscriptores. Gustavo Diament, director general del sitio para América Latina, afirma que el éxito del servicio puede explicarse por tres factores: el social, la personalización y la curaduría humana.

El sitio posee más de 300 editores en todo el mundo, los que se encuentran haciendo playlist específicas (ya existen más de un millón y medio de ellas), que van desde las mejores canciones para hacer ejercicios hasta aquellas esenciales después de una ruptura amorosa. Aparte, la empresa se distancia de sus competidores usando un algoritmo diferenciado: por medio de la música que el usuario escucha, el sitio le ofrece sugerencias de nuevos artistas y canciones. “Uno de los movimientos más importantes al respecto fue la compra el año pasado de la empresa big data aplicada al mundo de la música, Echo Nest, por US$100 millones”, recuerda Diament.

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La compañía no revela el número de usuarios en Brasil o América Latina, pero divulga datos de su público. La mayoría está compuesta por hombres (58%) de 21 a 25 años. “Al margen de eso, por día, cada usuario pasa en promedio 150 minutos en Spotify, un nivel de compromiso que ninguna plataforma digital alcanza, ni siquiera las redes sociales”, afirma. Y aclara que su éxito se debe también a que “nuestro modelo de negocio funciona como un embudo, que atrae al usuario por el servicio gratuito, lo interesa, y lo lleva a suscribirse para tener la posibilidad de descargar contenidos y no tener publicidad”, dice Diament.

¿La amenaza?

Pero el modelo no gusta a todos, en particular a los fans de la cantante Taylor Swift. “La piratería, el compartir archivos y el streaming hicieron que las ventas de álbumes bajaran drásticamente y cada artista lidió con ese golpe de maneras diferentes. Música y arte, y el arte que es importante y extraño. Las cosas que son importantes y raras son valiosas.

Las cosas que son valiosas deberían ser pagadas. En mi opinión, la música no debería ser gratuita”, escribió la cantante norteamericana hace un año en el Wall Street Journal.

Con siete premios Grammy, la cantante lleva vendidos más de 25 millones de álbumes en los Estados Unidos. Con tales espaldas, Swift retiró luego toda su discografía de Spotify. Nadie de tamaña notoriedad había abandonado la plataforma antes.

El episodio levantó la discusión: ¿Spotify remunera de manera justa a los artistas de su catálogo? Diament afirma con convicción que sí: “Nosotros en nuestros seis años de historia ya pagamos US$2.000 millones al mercado de la música, más del 70% de nuestra facturación es directamente enviada para pagar los derechos de las canciones. Este valor es adicional; no existía antes en el mercado de la música”, defiende el ejecutivo.

¿Y por qué algunos reclaman? ¿Por cómo se redistribuyen los beneficios? “Nuestros acuerdos son con las productoras, agregadores y distribuidoras de contenidos musicales. Poseemos más de 300.000 de este tipo. Estas empresas reciben el dinero de Spotify y ellas lo distribuyen entre los artistas. Lo que recibe cada artista varía de acuerdo al contrato individual que cada uno tenga con su sello”, explica.

No obstante, Swift ha cantado victoria con el recién llegado competidor de Spotify: Apple Music. La artista, tras una pulseada, logró que la compañía de la manzana acepte pagar de manera directa a los músicos, un cambio de vastas implicancias.

Pero, para muchos, tanto Swift como Spotify tienen un enemigo común: la piratería.

En Brasil, por ejemplo, la comercialización de productos ilegales movió más de US$250.000 millones en 2013, según el presidente del Foro Nacional contra la Piratería y la Ilegalidad (FNCP), Edson Luiz Vismona. El número supera al producto interno bruto (PIB) de la mayoría de los países de la región, y llega incluso a quedar por encima del de Colombia.

Está claro que, con sus defectos, estas plataformas contribuyen a luchar contra la piratería.