Quizás como “de Dios nada puede decirse”, como proclamó el místico cristiano Meister Eckhart, la Iglesia Católica, Apostólica y Romana -con sus ventriloquías de lo eterno- ha sido, es y será fuente de habladurías más barrocas que el arte de muchos de sus templos. La renuncia del Papa Benedicto, el teólogo Joseph Ratzinger, es hoy motivo de una nueva profusión verbal planetaria. Los escasos abandonos anteriores corres-ponden mayormente a situaciones de “papas” paralelos (o que se hunden en el mito); éste, por el contrario, generó no únicamente incredulidad y polémica, sino problemas prácticos: ¿cómo deberá llamarse el pontífice retirado?, ¿dónde será mejor que resida al estar vivo y haber fijado él mismo la fecha de su cese?, ¿debe adelantarse el cónclave? 

En cambio, lo que sigue la tradición son, justamente, las especulaciones en torno a la reunión del colegio cardenalicio de cuyas votaciones emerge el hombre que se sienta en el trono de San Pedro. Tradición que incluye, como una muñeca rusa reciente, otra que se ha ido asentando en los últimos cónclaves: la posibilidad de que el elegido sea un religioso latinoamericano.

Si bien hay provincianismo orgulloso en el deseo de muchos fieles de la región que desean que ello ocurra, también es verdad que una entidad que se proclama universal y trascendente durante demasiados siglos eligió solo a religiosos italianos, duchos en manejarse dentro de la burocracia de un estado religioso y de una manera igualmente provinciana. 

Los latinoamericanos que se mencionan en carrera son el brasileño Odilo Scherer, arzobispo de São Paulo (63 años), el cardenal hondureño Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga (70 años) y el arzobispo primado de México Norberto Rivera (66 años). Las posibilidades de este último, no obstante, parecen ya nulas desde que la Corte de Jus-ticia en Los Ángeles, Estados Unidos, desea que declare en una causa, sindicándolo de encubrir al cura Nicolás Aguilar, acusado de abusos sexuales.

Pero para John L. Allen Jr., hombre en Roma del National Catholic Reporter, hay una posibilidad de que el nuevo vicario de Cristo sea un “americano” nada latino: no el mencionado por la prensa estadounidense, el cardenal de Nueva York, Timothy Dolan, sino el cardenal Sean O’Malley, de Boston, “en parte por la fortaleza de su perfil como reformador en el tema de los escándalos de abusos sexuales de la Iglesia, en parte porque su simplicidad capuchina es percibida como un antídoto a la reputación vaticana por la intriga y juegos de poder”.

¿Está preparado el mundo para un papa “yanqui”? Tal vez no todavía, pero sí para uno de un poco más al norte: el cardenal franco-canadiense Marc Ouellet (69 años) podría ser la figura de consenso. Teólogo, superior de la Congregación para los Obispos en la Curia Romana, se lo sindica como cercano al papa saliente. Y tiene un plus “latinoamericano”, ya que vivió 20 años en Colombia como profesor en los seminarios de Bogotá, Cali y Manizales. Un canadiense de “alma colombiana” sin duda tendría la simpatía de los fieles latinos.