“Pasar de una cultura basada principalmente en el interés propio a una basada principalmente en promover la felicidad de los otros”. Ése es el objetivo ambicioso, casi épico, de Acción por la Felicidad (Action for Happiness), según afirma el economista Richard Layard, uno de sus fundadores. Lanzada en Londres en abril pasado, sus herramientas, por el contrario, son muy modestas: actos de bondad realizados al azar, “guerrilleros abrazadores”, el empoderamiento vía pequeños actos de generosidad.
En Brasil la actitud es más ampulosa. Muchos diputados piden que se incluya el derecho “a la búsqueda de la felicidad” en la Constitución, mediante una reforma. Pero tanto esto último como el proyecto de Layard –y su grupo de ya 4.000 miembros– es parte de una tendencia a incluir “la felicidad” como vara de medición por parte de los gobiernos y objetivo de la política económica. Sin embargo, tal camino puede ser espinoso.

"En Argentina el 70% de la gente dice ser feliz o muy feliz”, dice la economista Victoria Giarrizo. “Pero el 68% dice que su bienestar es regular, malo o muy malo. Hay una paradoja aquí”. La experta mide el bienestar con su consultora CERX y cree que se debe ser cauto en este tema: “Puede aparecer un gobierno que empobrezca un país y diga que mide que la gente está más feliz. No creo que los gobiernos deban medir la felicidad, sí el sentimiento de bienestar”.

¿Hay una diferencia? “Claro, podés no estar feliz, pero tú bienestar puede estar bien”. A veces, el acceso a agua potable es algo mejor que varios abrazos.