Si la felicidad se pudiera medir, en el caso de Argentina puede decirse que ha aumentado un 19 por ciento desde 2006. Al menos ésa es la cantidad que se expandió el consumo del dulce de leche, producto asociado al disfrute sin otra culpa que la de los kilitos de más, a orillas del Río de la Plata. De hecho, su producción alcanzó en 2010 casi 131.000 toneladas. Un récord a nivel histórico, representando un 8,3% del total de los productos lácteos elaborados el año pasado.
Según la consultora argentina ABECEB, “durante la última década (2001/2010) la producción anual promedio de dulce de leche fue de 115,500 toneladas, un 14,7% mayor que en los 90”. La mayor parte se debe a que el consumo per cápita se ha incrementado fuertemente. De 2,1 kg por persona en los años 80, se pasó a los 2,8 en los 90 y 2005, creciendo a 3 kg entre 2006 y hoy. “Estos importantes aumentos responden a la expansión del consumo de snacks que contienen dulce de leche entre sus ingredientes, como alfajores, galletitas, etc.”, explica la consultora.
Otra de las causas es el apetito de los chilenos, ya que “el principal destino del dulce de leche argentino en el resto del mundo es, desde 2004, el vecino Chile. En 2010 las ventas hacia allí sumaban unas 3.390 toneladas por US$ 4,75 millones”, con lo que casi el 14% del consumo interno de Chile fue de producción argentina.
El vicio ha ido ganando adeptos no sólo en el Cono Sur: alrededor del 12 por ciento de la ventas se destinan a EE.UU. y Canadá, un 5,3 por ciento a países de la Unión Europea y un 8,5% al resto del mundo, donde dos “enemigos” históricos, Siria e Israel, se han puesto de acuerdo en que la antigua delicatessen colonial puede endulzar sus días.