El viernes 22 de octubre uno de los mayores aserraderos de América Latina anunció el cierre definitivo de sus operaciones. Bossetti, ubicado en la provincia argentina de Misiones, se dedicaba exclusivamente a la exportación de pino, pero no logró superar la fuerte caída en la demanda internacional de madera aserrada que se inició con la crisis de 2008. Desde el año pasado la planta venía trabajando con un solo turno y ha acumulado un inventario equivalente a todo un año de producción.

La estocada final provino de un villano que está recorriendo toda América Latina: el tipo de cambio.

En los últimos 12 meses el peso argentino se ha apreciado 13,4% frente al dólar. Una situación difícil para una empresa que produce en pesos, pero vende en dólares. En otras palabras, sus costos de producción aumentaban debido a la apreciación del peso, mientras que sus ingresos bajaban debido al menor valor de la moneda estadounidense.

Miles de pequeños y medianos exportadores de América Latina temen un destino similar al de Bossetti debido a la mayor crisis cambiaria que han azota do al mundo en las últimas décadas. Casi todas las monedas de la región se han apreciado tanto, que banqueros centrales y ministros de Finanzas temen que sectores enteros puedan quedar gravemente dañados o incluso desaparecer. Guido Mantega, el ministro de Finanzas de Brasil, habló sin tapujos de una “guerra internacional de divisas”.

Ni todas las medidas tomadas por el gobierno brasileño han evitado la apreciación del real.

Lo cierto es que Bossetti –y las monedas latinoamericanas– son víctimas de los desequilibrios que afectan a la economía mundial y que tienen como protagonistas centrales a Estados Unidos y China.

Washington acusa a Beijing de mantener su moneda, el yuan, artificialmente baja para promover sus exportaciones, mientras que los chinos acusan a los estadounidenses de mantener sus tasas de interés demasiado bajas, lo que lleva a que los capitales fluyan hacia China en busca de mejores retornos. Y hacia América Latina también, ya que aquí las tasas de interés están más altas que en los países desarrollados y las perspectivas de crecimiento son bastante mejores.

“Lo que parecía una disputa bilateral entre Estados Unidos y China acerca del valor del yuan, se ha convertido en una polémica generalizada sobre flujos de capital y tipos de cambio”, dice Jean Pisan-Ferry, director del centro de estudios económicos Bruegel, con sede en Bruselas. “Lo que estamos presenciando es un enfrentamiento macroeconómico global entre los mercados emergentes y los avanzados”.

Con tanto capital fluyendo a la región, las monedas locales tienden a apreciarse. Pe-ro también hay otro aspecto. “Las monedas latinoamericanas se están apreciando porque el yuan no se aprecia, o al menos no lo suficiente, trasladando la presión a las monedas de nuestros países”, dice Augusto de la Torre, economista jefe para América Latina y el Caribe del Banco Mundial.

Desde 2009, por ejemplo, el peso mexicano se ha apreciado 9% frente al dólar, mientras que la moneda de China, que es el mayor rival de México en la batalla por el mercado estadounidense, lo ha hecho en 3%. Esto ejerce una fuerte presión sobre los productores mexicanos, que día a día están perdiendo competitividad.

En Chile, varias viñas familiares están pensando seriamente en dejar de exportar, ya que los márgenes del negocio son relativamente bajos y desaparecen casi por completo con la caída del dólar. En algunos casos, exportar simplemente significa generar pérdidas. Desde fines de junio, el peso chileno se ha apreciado 12% frente a la divisa estadounidense.

LA ENFERMEDAD HOLANDESA

Muchas economías latinoamericanas sufren los síntomas de la llamada “enfermedad holandesa”: tras un período de bonanza en las exportaciones de recursos naturales, los enormes ingresos generados vuelven al país y lo inundan de divisas. El resultado es que la moneda local se aprecia. Además, el boom genera todos los incentivos para elevar aún más las exportaciones de las materias primas y descuidar otros sectores productivos o el ahorro.

A diferencia de otros ciclos parecidos, como el que vivió Argentina en los años 20 y 30, esta vez las cosas pueden ser aún peores, ya que se suma un elemento relativamente nuevo: inversionistas internacionales en una búsqueda insaciable por encontrar los mejores retornos.

Las enormes cantidades de capital que han fluido hacia los mercados emergentes en busca de mayores retornos han empeorado aún más la situación cambiaria. Basta con ver los altos retornos que han tenido este año las bolsas de São Paulo, Lima, Bogotá o Santiago. Así, lo que hace cinco o 10 años era una bendición –inversión extranjera– ahora se ha vuelto una maldición que agrava el problema cambiario.

¿QUÉ HACER?
La respuesta de los banqueros centrales en América Latina ha sido acumular divisas para evitar que sus monedas se aprecien aún más (ver columna de John Edmunds). Según De la Torre, del Banco Mundial, la región ha puesto “demasiado peso sobre los hombros de los bancos centrales”, que además están batallando con incipientes focos de inflación, y dice que se requiere un mayor apoyo fiscal.
Juan Alberto Fuentes, ex ministro de Finanzas de Guatemala y actualmente asesor regional de la Cepal, es de la misma opinión. “En el contexto de una crisis cambiaria como ésta, la política fiscal es especialmente importante, y los fondos de estabilización sí son una propuesta que amerita desarrollarse”, dice.

Desde mediados de la década, Chile, por ejemplo, cuenta con fondos de estabilización donde ha estacionado una parte importante de sus ingresos del cobre. Noruega, un país que depende de las exportaciones de petróleo, fue el que inventó estos fondos soberanos para evitar precisamente contraer la enfermedad holandesa.

A su manera, otros países han seguido un camino parecido. El gobierno colombiano, por ejemplo, decidió que los ingresos fiscales generados por la estatal Ecopetrol se mantendrán en un fondo en el extranjero. No quiere que esos US$ 1.400 millones presionen aún más el peso colombiano.

Brasil ha sido el país latinoamericano más activo en tratar de contener la crisis cambiaria y también el que más ha reclamado en los foros mundiales. Para contener la avalancha de divisas y capitales especulativos, no sólo ha acumulado reservas a un ritmo frenético, sino que ha triplicado en las últimas semanas un impuesto a las inversiones extranjeras en instrumentos de renta fija, pasando de 2% a 6%. Y no descarta imponer otros controles de capital.

El éxito ha sido relativo. Al cierre de esta edición el real registraba una caída de 0,77% respecto al dólar, y una apreciación de 2,18% en el año.

“No es mucho lo que nuestros países pueden hacer dado el carácter global de este problema”, dice De la Torre. En un informe a inversionistas, el Bank of America es bastante más duro. “Brasil se ha involucrado en una guerra imposible de ganar”.

Para el economista mexicano Gerardo Esquivel, economista del Colegio de México, un centro de investigación y educación superior, el problema es de coordinación y asimetría de intereses: “Claramente Brasil está más cerca de la posición china, mientras que Méxi-co se beneficiaría con una revaluación del yuan, ya que haría que sus productos sean más competitivos en el mercado estadounidense”.