No hay nada más difícil que mantener una campaña de largo plazo cuando no hay logros que mostrar. Es lo que debe estar pasando por la cabeza de quienes lideran el plan de acción internacional en Haiti, el más pobre de nuestros países hemisféricos y escenario de un sinnúmero de catástrofes, desde la caída del presidente Bernard Aristide en 2004.

La más reciente es el cólera. Para ningún país ha sido fácil enfrentar esta epidemia, a la cual Karl Marx definió como la venganza de India contra el colonialismo occidental. No obstante, y contrario a los que muchos creen, Haití fue de los pocos países que se mantuvieron libres de la enfermedad gracias a la aplicación de correctas políticas en salud, según nos recuerda la académica Deborah Jenson, de la Universidad de Duke. La actual epidemia es un fenómeno nuevo y que habría sido introducido por algunas de las delegaciones internacionales convocadas por la ONU en la Misión para la Estabilización de Haití (Minustah).

No obstante, el cólera no es una venganza de nadie contra nada. Cualquier análisis minucioso demuestra que el apoyo internacional a través de la Minustah ha sido fundamental, aunque los resultados no se perciban de la manera esperada. Incluso pese a que, según el Índice de Estados Fallidos, elaborado por el think tank estadounidense Fund for Peace, Haití ha ido subiendo año a año en el ránking, acercándose a Somalia, Chad, Sudán y Afganistán, entre otros.

Claramente es tiempo de rediseñar la estrategia en Haití. El objetivo, lejos de retroceder, debe seguir siendo el fortalecer al Estado haitiano, prácticamente destruido con el conflicto armado de 2004. Desde entonces, los planes de ayuda al país se fueron extendiendo de manera caótica y descoordinada, gran parte de ella focalizada a través de ONG cuyos objetivos incluso se contraponían a los del desarrollo estatal. 

Pero el riesgo de un Estado fracasado en medio del Caribe implica una catástrofe humanitaria mayor, con gravísimas implicancias geopolíticas en una zona altamente deseada por el narcotráfico y el terrorismo internacional.

Los países de la región que han colaborado en Haití deben reconocer que Haití es un tema regional de la más alta prioridad, para el que deben renovar su compromiso hasta la estabilidad definitiva.