El optimismo no es una mala medicina. En el World Economic Forum de Davos, Suiza, es saludable ver cómo se percibe la región: hay consenso de que la que viene será la década de América Latina. Una frase escogida con cuidado para diferenciar lo ocurrido en los 80, la década perdida,10 años caracterizados por el estancamiento económico y la falta de reformas relevantes. Hoy, en cambio, América Latina está de moda.

Y hace sentido. En medio de la transformación que está llevando los ejes del crecimiento y de la riqueza del mundo desarrollado al mundo emergente, América Latina luce como un ganador.

La importancia estratégica que están teniendo las materias primas para alimentar y dar vivienda a los millones de personas que se suman al consumo en Asia, así como la estabilidad macro demostrada en esta última crisis, donde no tuvimos una Grecia, justifican el optimismo.

Pero en las modas hay que hacer precisiones. La que viene no será una década para toda América Latina. La región reúne realidades que van desde Haití a Brasil, desde Paraguay a México, y no todos los países tendrán 10 años asegurados de crecimiento y de incremento de bienestar.

Venezuela es posiblemente el país que más decepciones mostrará. La gestión macro tiene al país en recesión en medio de un boom de materias primas y ha espantado a los inversionistas locales y extranjeros por las arbitrariedades del gobierno del presidente Hugo Chávez. La inflación y la cada vez menor capacidad de la petrolera estatal Pdvsa para generar recursos afectan directamente a los consumidores de hoy y a las bases económicas para los años que vienen. Algo similar ocurre con los países ALBA, aunque en distintos grados. Más en Nicaragua, menos en Bolivia, donde a pesar de los conflictos sociales y políticos recientes, el análisis objetivo señala que el país está mejor de lo que estaba hace algunos años. No obstante, eso no es suficiente para crear confianzas y generar un ciclo virtuoso de crecimiento sostenido.

El caso mexicano es también incierto. La segunda mayor economía de la región era la estrella de los mercados emergentes hace 10 años. Pero a la crisis estadounidense, la criminalidad y el narcotráfico se ha sumado su crónica incapacidad para generar altas tasas de crecimiento. Pero las cosas podrían cambiar. El enriquecimiento de China obligará, tarde o temprano, a que las autoridades económicas permitan una apreciación del yuan, lo que mejoraría la competitividad de la industria mexicana, sumándose a la depreciación que ya ha tenido el peso mexicano por su vinculación con el depreciado dólar. No obstante, estos factores exógenos deben ser acompañados de reformas profundas que permitan recuperar la competitividad perdida.

Argentina tendrá que hacer un ajuste fuerte en los años que vienen. No será en 2011 y no será en 2012, años que estarán marcados por las elecciones presidenciales que vienen. Las cuentas macro del país andan bien: hay superávit fiscal, hay superávit comercial y una buena cantidad de reservas internacionales. La presidenta Cristina Fernández, además, ha ido mejorando las relaciones con el FMI y con el Club de París, por lo que el capital de credibilidad sobre Argentina ha ido aumentando. No obstante, la alta tasa de inflación real, que los análisis serios sitúan entre 20% y 25% para 2010, podría tener algunos puntos adicionales en 2011, lo que va a llevará a las autoridades económicas a encarecer el costo del dinero y permitir la apreciación del peso.

Las buenas perspectivas corresponden esencialmente a un puñado de países: Brasil, Perú, Panamá, Colombia y República Dominicana, además de Chile, cuyo estrellato entre los emergentes y la inversión internacional empezó en los 90. Hay razones fundamentadas para creer que tendrán años positivos en la década que viene, aun considerando los riesgos que persisten en cada uno de ellos.

No obstante, para que el resto de la región pueda subirse a la moda del optimismo sobre bases sólidas, son muchos a los que les falta hacer su tarea.