Aunque el dicho popular indique que “la moda no incomoda”, la industria del vestuario vive días de ajuste, más allá de las polémicas en torno a la talla física de las modelos, el upgrade está llegando a las bases mismas de la industria. Bajo el concepto “¿Sabes quién hizo tu ropa?”, varios grupos ligados al diseño independiente, de manera especial en Europa y Estados Unidos, desarrollan una corriente bastante inquieta y que, a la vuelta de los años, ha instaurado algo así como un nuevo marco teórico para el mercado de la moda.

En la elaboración de una prenda entran en juego diversos procesos y decisiones, y la apuesta es el desarrollo sostenible, el medio ambiente, mejores condiciones laborales de los trabajadores y la prohibición del trabajo infantil, entre otros puntos. La idea surge en el marco del Fashion Revolution Day, que se desarrolla cada 24 de abril y que conmemora la muerte de más de mil trabajadoras textiles en Bangladesh, aplastadas tras el derrumbe del edificio en el que laboraban.

Otro ejemplo de este nuevo activismo es “The true cost”, un documental dirigido por el estadounidense Andrew Morgan y que causó gran impacto en Cannes este año. Su temática son los excesos de la industria textil y del vestuario. Entre ellos, el uso mortal de plaguicidas en la cosecha de algodón en India y la contaminación en muchos ríos de ese país, debido al uso de químicos en fábricas de ropa; las increíbles montañas de vestimenta desechada por variados y pequeños defectos en Haití, al lado de la pobreza más extrema; o el suicidio de miles de productores de algodón en el sur de Asia, debido a las deudas contraídas por la compra de semillas transgénicas.

El documental reúne entrevistas a personas influyentes y líderes en el mundo de la moda, incluyendo a Stella McCartney, Livia Firth y Vandana Shiva, quienes abogan por un urgente y nuevo criterio en la industria.

Vestir la miseria ajena

Para la investigadora española Patricia Soley­Beltrán, autora del libro Divinas: Modelos, poder y mentiras, ganador del Premio Anagrama de Ensayo, el nuevo movimiento de la industria “es de gran trascendencia y evolucionará hasta donde las compañías sepan reaccionar, a riesgo de perder su clientela”.

Para Soley­Beltrán, “si la industria no deja atrás las condiciones de explotación de recursos físicos y de personas, cada vez más consumidores responsables la abandonarán”.

Lo dice alguien que no sólo es una historiadora doctorada en sociología: Soley­Beltrán tuvo una exitosa carrera como modelo durante más de una década. Para ella ,“saber captar en profundidad los cambios para poder desarrollar narrativas auténticas, que realmente conecten con los nuevos modos de ver de los consumidores, será lo que haga que una compañía de moda sobreviva o no”.

En América Latina los focos principales en la industria de la moda se concentran en Brasil, México, Colombia y Chile, que más o menos copan el 80% del valor económico de la actividad. En los últimos años, se suma la dinámica actividad de Perú, que se arrima con fuerza a este grupo y que es además un productor relevante de algodón. De hecho a las tradicionales y exitosas semanas de moda que se efectúan en São Paulo, Bogotá y Santiago, Lima suma una plaza cada vez más activa.

En ese contexto nació, en abril pasado, la Asociación de Moda Sostenible del Perú (Amsp). La entidad es la primera de su tipo en la región y busca, por un lado, potenciar a todos los actores que participan en la cadena de valor de la moda y, por otro, que el consumo sea juicioso y consecuente.

“Creemos que la moda debe comportarse con responsabilidad y compromiso: junto con generar beneficios intangibles como felicidad y bienestar, también debe preocuparse del medio ambiente, de las condiciones laborales y sociales de sus colaboradores, artesanos y proveedores”, explica Ornella Paz, una de sus fundadoras.

El objetivo fundamental de Amsp es impactar en la conciencia de los consumidores para que, al adquirir productos relacionados con la moda, se pregunten por su origen.

“Queremos crear conciencia en cada participante del proceso de elaboración de una prenda. Desde la etapa de producción hasta la venta, uso, consumo, distribución y reutilización”, destaca Paz.

En Chile, Pablo Galaz, coordinador de Fashion Revolution, apunta a que “todo lo bello que tiene la creatividad de la moda se ve opacado por la ambición de algunos actores de la industria”. Galaz, quien espera sumar a creadores consagrados de la industria en su iniciativa, enfatiza también el poder de los consumidores como catalizadores del cambio “hacia una industria de la moda más ética”.

Los conceptos que más trabajan en este tipo de agrupaciones son los de asociatividad, especialmente para el acceso a materias primas adecuadas y de calidad; abogan también por la transparencia en el trato con proveedores y el posicionamiento conjunto.

En el caso de América Latina, otro aspecto importante tiene que ver con la apropiación de diseños e ideas de culturas indígenas. Para Patricia Soley­Beltrán se trata de un aspecto importante que debe enfrentar la industria.

“Dar a conocer reconociendo, en justicia, las autorías originales, siempre dará más y mejor rendimiento a una marca que la apropiación indebida”, señala la premiada autora de Divinas, para quien “la ética es una dinámica con la que ganan consumidores y empresas”.

Cadena global

Parte del problema es el crecimiento acelerado de la industria, que hoy factura unos US$300.000 millones a nivel mundial, en un contexto de fuerte competencia global.

Algo se ha avanzado desde la semana fatídica de mayo de 2013, cuando al incendio y colapso del edifico del Rana Plaza de Bangladesh siguió el colapso del techo de una importante fábrica de zapatos en Camboya. El gobierno de Bangladesh, respondiendo a la presión internacional, inició acciones legales contra los dueños del establecimiento y elevó el salario mínimo de los trabajadores del sector. Varios de los contratistas, incluyendo marcas como H&M, Zara, C&A y Tesco, firmaron un acuerdo vinculante para financiar mejoras concretas en las condiciones laborales en los países “maquiladores” del sudeste asiático.

Pero los salarios y condiciones laborales no son la única paradoja de la industria de la moda. El uso de semillas transgénicas de algodón es especialmente intenso en China, el mayor productor mundial, seguido de India. Es además un cultivo extremadamente intensivo en agua. Un reportaje de la National Public Radio mostró hace poco cómo la materia prima (algodón) es producida industrialmente y con altísima tecnología en campos del sur de EE.UU., exportada a Indonesia, donde se elabora con máquinas alemanas, y reexportada a su vez de vuelta a Norteamérica para consumo de las masas. Algo que muy pocos consumidores siquiera sospechan.