Todos los veranos, los frentes de atraque del puerto de Barcelona se llenan de cruceros turísticos. Provenientes de todo el mundo, los visitantes vienen tras el sol del Mediterráneo, la arquitectura de Gaudí, la buena mesa y las agitadas noches de la capital catalana. Sin embargo, la crisis europea se ha sentido con fuerza durante la última temporada. “Este año llegaron menos ingleses y alemanes, que son los grupos más importantes”, dice Valeria Gamboa, operadora turística chileno-francesa con sede en Barcelona. “Además vinieron por menos tiempo y salieron mucho menos de tapas”.

No es de extrañar. Pese a los generosos esquemas de bienestar que permiten absorber el impacto de una recesión sobre la demanda agregada, 2009 fue un año para olvidar en el viejo continente. El PIB consolidado de la Eurozona se contrajo en 4,2% y para este año se espera un crecimiento de 1%, con algunos países todavía en terreno negativo y otros, como España, prácticamente estancados. “La crisis económica ya prácticamente pasó en términos de producción industrial y consumo”, dice en Frankfurt el economista alemán Hans Jäckel, del DZ Bank. “Lo que estamos viendo ahora son las repercusiones financieras”.

Entre mayo y noviembre pasados la inestabilidad se instaló en los mercados, sembrando dudas acerca del futuro de la Unión Monetaria y los mecanismos de gobernabilidad del bloque. Para muchos analistas el culpable tiene nombre y apellido: la canciller de Alemania, Angela Merkel. En mayo se negó a ayudar a Grecia, pero cuando la crisis escaló y comenzó a contagiar a otros países, debió abrirse a crear un fondo de rescate de € 110.000 millones. “No permitiremos que los contribuyentes paguen todo el costo de una crisis futura”, dijo durante las tensas negociaciones para crear un programa de rescate permanente para los Estados insolventes. Y no bajó el tono durante la reunión del G20 en Seúl a mediados de noviembre: “No podemos explicarles constantemente a nuestros electores que deben pagar en lugar de aquellos que hacen dinero tomando riesgos”.

El problema es que este tipo de declaraciones activan la peor pesadilla de los mercados: una “quita de deuda” que obligaría a los inversionistas a enfrentar violentos descalces de activos en sus balances. Ante tal perspectiva castigaron con saña los títulos públicos irlandeses y portugueses, dos países con elevadísimo déficit fiscal y un historial de burbujas inmobiliarias.

Durante las últimas dos décadas Irlanda fue sinónimo de éxito y un modelo a seguir para muchos países emergentes, pero el antiguo tigre celta ya no ruge: su economía se contrajo un 7,9% en 2009 y las últimas cifras de desempleo rondan el 15%. Por suerte el humor sigue siendo un rasgo irlandés. Fergal McCarth, un artista visual de Dublín, construyó casas verdes y hoteles rojos estilo Monopoly, pero a gran escala, y los arrojó al río Liffey como señales del fin de una época de especulación desmesurada.

Salvavidas de plomo. El problema no es tanto la viabilidad económica, sino la incapacidad de los líderes europeos de ponerse de acuerdo. Los continuos desencuentros y desmentidos entre gobiernos y autoridades a ratos recuerdan una ópera bufa. Adalides de la integración latinoamericana: a tomar nota.

“Hemos tenido un conjunto restringido de políticas”, dice el economista francés Jerôme Creel, de la Escuela Superior de Comercio de París. “Por otra parte, Merkel ha tenido problemas en gestionar la crisis y en proponer una salida”.

Para Mary Else Sarotte, profesora de relaciones internacionales de la universidad de Southern California y autora del libro La Lucha por Crear la Europa de la Post-Guerra Fría, la actual crisis se debe en gran parte a las fallas estructurales del tratado de Maastrich, que fijó los fundamentos de la unión monetaria en 1992: “Europa comparte una moneda pero no una tesorería”, dice. “Pero tener una Secretaría del Tesoro como la de Estados Unidos hubiera requerido más unidad política de la que los líderes europeos [de 1990] hubieran querido”.

Sarotte menciona, además de la falta de coordinación, los criterios laxos para admitir a Estados más débiles (Grecia) y el rol excesivo que se les asignó a los mercados financieros como mecanismo de ajuste. Los hechos le dan razón.

Es cierto que Europa no está en recesión. Pero las perspectivas de corto y mediano plazo son grises. Para reducir el déficit fiscal, equivalente hoy al 11,5% del PIB, el primer ministro británico, James Cameron, anunció un programa de recorte de gastos por US$ 130.000 millones, el más radical desde la Segunda Guerra Mundial. Podría costar medio millón de empleos fiscales y reducir drásticamente el alcance de la seguridad social. 

En España José Luis Rodríguez Zapatero ha debido hacer algo similar: recortar los sueldos de los funcionarios y extender la edad de jubilación de la población para cuadrar un presupuesto vapuleado por la crisis. Con una tasa de desempleo de 20%, especialmente fuerte en regiones como Valencia, Andalucía y Murcia, y la cerrada oposición tanto de la derecha parlamentaria como los sindicatos de izquierda, el presidente español no ha tenido espacio para vender su “Sangre, Sudor y Lágrimas”.

“Hay un desasosiego general y particular en los jóvenes”, dice José Luis Curbelo, economista y director del Instituto Vasco de la Competitividad. “Son la generación mejor educada de la historia de España, hijos de 10 años de crecimiento económico; ahora salen al mercado laboral y se encuentran con un país paralizado”.

Con la grúa inmobiliaria detenida, decenas de miles de inmigrantes han regresado a sus países o han reducido el nivel de remesas que envían a sus casas. Las secuelas se sienten hasta en pueblos y pequeñas ciudades de Ecuador y Colombia que viven de estos euros. Según las últimas cifras del Ministerio del Trabajo y la Inmigración, el número de latinoamericanos, que trabajan legalmente en España se redujo un 17% en septiembre. Y en Colombia, según estadísticas del Banco de la República, las remesas provenientes desde España cayeron en un 13% durante el primer semestre de 2010.

Ttrabajo v/s placer. Muy distinta es la situación en Alemania, donde apenas 6,7% de la fuerza laboral está sin trabajo y las órdenes de compra de autos y maquinaria pesada no paran de llegar desde el exterior.

La generación mejor educada de la historia de España sale al mercado laboral en el peor momento.


“La expansión de las exportaciones alemanas no ha sido en detrimento de China, Brasil o el mundo emergente, sino de sus propios socios europeos”, dice Jerôme Creel, del ESCP. Entre las supuestas trampas alemanas estaría beneficiarse de un euro más débil de lo que sería hoy su antigua moneda nacional, el marco, y haber congelado los salarios reales. “Exportábamos y mucho incluso cuando el euro estaba en su peak respecto del dólar”, dice Hans Jäckel, del DZ Bank. “En cualquier caso esperamos un crecimiento razonable de la demanda interna y menos dependencia de las exportaciones como motor económico”.

El contraste entre Alemania y sus vecinos ilustra las contradicciones de la Eurozona ya no en términos políticos y financieros, sino de cultura y productividad. “Dienst ist Dienst, Schnapps ist Schnapps”, dice un proverbio alemán cuya traducción sería, más o menos, “primero el trabajo, después el placer”. En España, en cambio, no es raro estos días ver a un desempleado yéndose de vacaciones con el dinero del subsidio de desempleo, cuenta Valeria Gamboa.

Cabe preguntarse por qué los desempleados españoles o griegos no buscan trabajo en Alemania. Según un estudio de la Comisión Europea (2008), sólo 1% de la fuerza laboral se desplaza de un Estado a otro, versus 2% en Australia y 3% en Estados Uni-dos. “Existen grandes diferencias de lengua y cultura al interior de la UE”, dice Jerôme Creel en París. “Y son un freno especialmente a la movilidad de la mano de obra menos calificada en los países más ricos”. 

Si los desempleados no se mueven dentro de la UE en busca de mejores oportunidades, ¿qué hacen? Pues votan, y por los duros. Una nueva generación de partidos de ultraderecha está llegando a los Parlamentos. El resultado son coaliciones frágiles como en Bélgica y Holanda, y gobiernos que demuestran dureza verbal o incluso legal con los extranjeros. Es el caso de Nicolas Sarkozy: por una parte reforma el sistema de pensiones, por otra expulsa a los gitanos.

Alemania, ¿dónde estás? A la erosión de los antiguos consensos nacionales y la dificultad para coordinar un número creciente de Estados con agendas distintas, se suma el creciente euroesceptismo alemán. “La antigua Alemania Occidental fue uno de los países más interesados en impulsar la integración europea”, dice Mary Else Sarotte. “Bajo Merkel actúan de manera más vacilante”. El costo de la reunificación (que llevó al país a no cumplir con los equilibrios macroeconómicos que ella misma ayudó a fijar para la UE) dio por resultado una potencia más “introvertida”, preocupada de sí misma y con una menor sintonía con sus vecinos, como ha quedado de manifiesto durante las crisis griega e irlandesa. “Los problemas que causaron las crisis aún están vigentes y tardarán más tiempo en resolverse”, dice Sarotte. “Por ello la discusión se centra ahora en si el tratado de Maastrich debe ser revisado, y hasta qué punto”.

¿Un Fondo Monetario Europeo? ¿Expulsión de los Estados incumplidores? ¿Castigo a los prestamistas poco diligentes? Los líderes europeos tienen este mes para acordar un sistema que devuelva la confianza a los mercados y que deberá entrar en funcionamiento a partir de 2013, fecha en que expira el fondo por € 750.000 millones que crearon en mayo y que aún no logra aplacar las dudas sobre la moneda única. Miles de millones para que los europeos no pierdan masivamente sus trabajos y puedan seguir consumiendo.

Mientras tanto, los cruceros siguen llegando a Barcelona, algunos repletos. Pero los turistas vienen con la billetera apretada. “No consumen nada de lo que no sea “todo incluido” o gratis a bordo”, dice Valeria Gamboa.