Llamó la atención de algunos periodistas internacionales en El Cairo que, en medio de los festejos en la plaza Tahrir, dos parejas hubieran decidido casarse. Aparte de la energía positiva que imperaba en la ciudad tras la caída de Hosni Mubarak, había una razón práctica: la esperanza de que casarse en Egipto deje de ser un lujo para los jóvenes. En una cultura donde el hombre ha sido tradicionalmente el proveedor (y donde el sexo prematrimonial está prohibido), las altas tasas de desempleo son uno de los factores que explican la enorme frustración volcada a las calles. Así lo sostiene la historiadora Hanan Kholoussy, autora del libro For Better, For Worse: The Marriage Crisis that Made Modern Egypt.

Pero más allá de las frustraciones amorosas de sus ciudadanos, los países árabes encarnan una gran disyuntiva geoestratégica: son ricos en petróleo y pobres en agua, y por ende dependen de alimentos importados. Egipto firmó en agosto del año pasado un Acuerdo de Libre Comercio con el Mercosur, y empresas como Hassad Food, filial del fondo soberano de Qatar, o Al Dahra Agricultural Company, de Abu Dhabi, son muy activas en Brasil.

Aunque la producción de crudo no se ha visto afectada mayormente, el escalamiento de la crisis ha provocado un alza importante en los precios del crudo y la lectura de consenso es que los días de un suministro “seguro” de crudo a Occidente están en entredicho. Cables filtrados por Wikileaks revelaron, por ejemplo, que Arabia Saudita sobreestimó tanto sus reservas como su capacidad productiva. Si cayese Gadafi en Libia y las masas saudíes se rebelaran contra la monarquía wahabita, el número de proveedores fiables se reduciría a Canadá (un productor de petróleos pesados) e Irak, y las reservas venezolanas se volverían más y más estratégicas.
Por ahora, para el analista chileno Raúl Sohr, “el gran ganador de la crisis es Irán”, ya que “con Mubarak ha desaparecido el gran poder pro-occidental de la región que amenazaba su poderío”.

Así, mientras no sólo los solteros aguardan tiempos mejores en El Cairo, Túnez y otras capitales de la región, Ahmadinejead y Chávez también sonríen. Al menos hasta que harten la paciencia de sus ciudadanos con reelecciones eternas.